Lunes, 28 de septiembre de 2009


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Historias de la Plaza de Matalera


La alfombra verde que veis en el suelo, no es de césped plantado o sembrado por la mano del hombre, sino de hierba natural. Como la de Hyde Park, vamos (aunque ignoro como es ésta, sólo lo supongo). Eso sí, en menor extensión y un tanto más descuidada. La verdad es que cuando fue tomada la foto necesitaba un buen corte. Eso, o que alguien metiera las ovejas, las vacas... Lástima que no ande ya por el barrio el burro de Benito, aquel que llevó a mis hijos a un callejón sin salida.

Lo que pasa es que si lo pastan las ovejas queda lleno de "caganachas", si lo pastan las vacas queda lleno de "bostas". Si lo pastan los burros queda lleno de "cagajones". Sólo cuando jugábamos al balópié, el centro quedaba como si hubiera pasado por allí el caballo de Atila.

Al final acababa corriéndonos a gorrazos la señora María, "La Mormuela", que vivía justo enfrente, en el lado Este de la Plaza (A la derecha según se mira la foto)

Un abrazo
Mariano

La Mormuela

Lo curioso es que cuando nevaba, la plaza se transformaba en un gran manto blanco (Un poeta diría en un gran manto de armiño. Estaréis de acuerdo, ¿no?). Por entonces, y hablo de muchos años atrás, hubo algunas nevadas importantes, tal vez debiera decir morrocotudas ¿Eh, Tere? Yo recuerdo que, en varias ocasiones, la nieve tapó completamente las puertas de las casas cuyas fachadas daban al oeste, como la de la Mormuela, vamos, la de la señora María, a la derecha de la foto. Y fue precisamente en esa casa donde a mi tío Manuel, pastor y soltero, se le ocurrió la idea feliz de hacer un arco de triunfo. Es decir, en vez de quitar la nieve por lo sencillo, como hacía todo quisque, decidió hacer un “buraco” (así se refería él a los agujeros) para poder entrar a la casa. Qué romántico ¿no? Por cierto, un arco de triunfo cuyas dovelas inconsistentes se le cayeron después en el cuello, en uno de sus tránsitos innecesarios y para regocijo de todos. (Él decía que le había caído en el pescuezo, y aun en el pezuesco). Tránsitos innecesarios, como digo, pero de intencionalidad muy presumida, ya que entonces vivía allí Evelia, moza de buen ver y hermana de Baldomero… ¿Os acordáis? Sí, hombre, sí, el de Donadillo, el que luego se haría guardia civil.

Pues bien, el tal Baldomero, antes de enfundarse el tricorno de la Benemérita, como hizo tiempo después,  me enseñó a mí a apagar bien los cigarros, cosa que hubieran tenido que enseñarle oportunamente a Nerón. Desde luego, él presumía de tener una técnica infalible para ese menester, que consistía en hundirlos en una bosta de vaca, a ser posible recién salida del horno.

- Ya lo creo que sí –me recalcó, al ver que yo arrugaba un poco el hocico- Y si no hay bostas cercanas, puedes apagarlos en la propia. Total, sólo tienes que bajarte los pantalones y hacer purrún-pún-pún, o sea dejar que todo discurra con la naturalidad con la que cagan los animales. ¿O te crees que ellos piensan en la caída libre de los cuerpos? Eso sí, luego te pasas una berza, porque una cosa no quita para la otra. Pero la pava ya la dejas hincada en la almohadilla, por si las moscas, y ya no hay fuego que valga ni Cristo que lo fundó. ¿Comprendes, chaval?
- Sí
- Pues aprieta el culo y dale al pedal

Este Baldomero tenía unas cosas ciertamente curiosas. Por ejemplo, en un momento dado se dio cuenta de que yo le miraba con interés y él pensó que sabía perfectamente el motivo:
-Quieres saber por qué enciendo un cigarro con otro, ¿no? –preguntó retóricamente, mientras apagaba la colilla del anterior en el correspondiente mojoncito de caca- Pues, mira, majo, “el que ahorra una cerilla cuando puede, tiene una cerilla cuando quiere”.

- ¿Eso te dijo, Mariano? ¿De verdad?
- Que se mueran mis padres
- Claro, como ya no viven
- Pues entonces que me caiga muerto ahora mismo…

De Evelia hace tiempo que no sé nada de nada, de Baldomero, tampoco. La Mormuela murió, naturalmente. De ella puedo decir que al final andaba a gatas, la pobre, por la Plaza de Matalera
-¿Cómo que a gatas?
- Pues a gatas, chaval, como los gatos, como los niños pequeños… ¿Cómo quieres que te lo diga?

Lo cierto es que salía a la Plaza, que estaba con la hierba pelada por nuestros continuos pateos futbolísticos, y se ponía a gatear en redondo, como si estuviera trillando en la era.
Daba pena, la mujer, con lo enérgica que había sido en la vida y los paseos que había dado hasta el Nabal, esa finca con árboles y pozo que ahora es de Geli, el de las ovejas, vamos, el que ha dejado hace poco las ovejas en beneficio de las abejas de Isidro, su hermano menor.

- Sidra, venga usted aquí.

La que habla ahora es la señora Felisa, la madre de “Sidra”, o sea de Isidro. Y la madre de Geli, de Juan, de Antonio, de Fernando, de Gladis, de Elsa, de Carmina. Porque antes, las madres de Muelas eran casi gallegas en esto de darle hijos al cielo. Y si no que se lo pregunten a Leonor, la mujer del cabrero, hombre llamado Jesús que no es que anduviera sobre las aguas, es que un día se empeñó en que tenía 24 años y un hijo de 22, que no deja de ser un milagro. O una intrepidez, por lo menos.
- Que sí, hombre, que sí, veinticuatro.
- Ya, y tienes un hijo de veintidós…
- Eso mismo
El hijo al que se refería se llamaba Suso, pero también Amancio
- Amancio, baja…
Pero Amancio, que se había subido a la parra, se negaba a bajar porque su padre le esperaba en el suelo con el cinturón en la mano. “No, que me pegas con la hebilla”

- Sidra, he dicho que venga usted aquí –volvió a sonar la voz de la señora Felisa-

En el nabal que ahora es de Geli, un día hubo guindas auténticas, de las agrias, de las de hacer aguardiente. No cerezas, guindas ¿Sabéis lo que os digo, no? Pues eso. Y uvas de San Juan. No peras de San Juan, uvas. Y manzanas y peras y una parra de uvas de las otras, y un moral de moras blancas, y cerezas y castañas y trigo y centeno y alguna vez algarrobas ¿Y nabos? También nabos ¿No te he dicho ya que era un nabal, coño? ¡Coño, un nabal! Ah, y una caseta y una noria para regar y algunas veces un burro con orejeras para darle vueltas al mundo por donde asomaban los cangilones ¿El burro de Benito? ¡Qué dices, hombre, pues no tenía que llover para que el de Benito naciera…El burro de allí, el del nabal, supongo que el burro de la Mormuela y, en todo caso, el de su difunto marido, Ti Odoro… Y ahora que lo pienso mejor ¿se llamaba Ti Odoro el difunto marido de la Mormuela? Yo creo que ti. Ya, pero se llamaba también Odoro?

He aquí el suspense. La revelación se hará el próximo día ¿Se llamaba Odoro el difunto marido de la Mormuela? ¿Llevaba un “ti” delante o le llamaban señor? Porque en Muelas, queridos amigos, le llamaban señor a todo el mundo. Con sus excepciones, claro. Véase el caso de Severiana ¿Sería Odoro una de ellas? Ya veis que el suspense se acentúa, tanto que ahora es suspensé…No faltéis a los toros, que habrá cornada. Y cornada de Luton, muy cerca de London, en las mismísimas narices de Sherlock Holmes. ¿No oís como dobla el Big Ben? ¿Por quién será?

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

 


Tags: plaza, Matalera, historias, Muelas

Publicado por Mariano.Estrada @ 13:41
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Lunes, 28 de septiembre de 2009 | 18:29
Gracias por esos retazos de recuerdos con los que nos deleitas y tus poemas.Mariano Santiso
Publicado por Mariano.Estrada
Lunes, 28 de septiembre de 2009 | 18:44
A partir de una cierta edad, que no concreto para no despertar las alarmas, somos puro recuerdo, querido Mariano, especialmente para aquellos que, como t? y como yo, le damos a la plumilla. Y menos mal, ser?a peor que no record?ramos nada, ?no?
En fin, creo que escribir es una buena forma de ejercitar la memoria. Hay quien, adem?s, gana dinero con ello...
Un abrazo
Publicado por Mariano.Estrada
Martes, 29 de septiembre de 2009 | 20:21
IMPRESI?N DE MUELAS (Fragmento, hasta donde sale el barrio de Matalera)

Entrando por los Carriles
se llena el alma de Muelas.
En una punta el Pi?edo,
en otra punta la Iglesia.
Un mar azul de pizarra
con las fachadas de piedra.
En medio, como v?g?as,
dos colosales choperas:
una que espera de frente
y otra detr?s, pero espera.
M?s esquinado hacia arriba
el barrio de Matalera:
todo un verdor de casta?os
que vierten sombras muy negras.
A mano izquierda el Cheriz,
al otro lado la Vega.
Y all? en el fondo el Fenal,
casi jard?n, casi selva.
...

Mariano Estrada, del libro "Trozos de cazuela compartida"