Mi?rcoles, 23 de mayo de 2007
Cuando yo era niño, pocas personas había en el mundo, si es que había alguna, que fueran más entrañables que mi abuelo. Luego me hice joven y el abuelo pasó a estar más en un segundo plano, pero entonces apareció Victor Manuel con el suyo que, si os acordáis, estaba sentado en el quicio de la puerta. Y no se había apagado aún el cigarro al que se aferraba aquel entrañable picador, cuando Alberto Cortéz vino a rescatar al suyo a Galicia…

Pero todo tiene su fin, como decía una canción de los primeros setenta, y yo creí que el fin de los abuelos había llegado aquel día en que un indefenso viejo, que era abuelo sin duda, había sido abandonado en una gasolinera por una familia que se quería ir sin estorbos de vacaciones. Los abuelos –me dije- no caben ya en este desarrollismo implacable y desalmado que es tan feroz, al menos, como el mismísimo lobo de Caperucita.

Pero hete tú que un día, y cuando nadie lo esperaba, va Zapatero y desentierra al suyo. La historia ya la sabéis, por lo que no hace falta que os la cuente. Lo que sí os voy a contar es una pequeña anécdota del mío, de quien puedo decir que, además de un cuentista entrañable, era un metafísico inverso, es decir, sus pensamientos le trascendían siempre hacia abajo.

Un abrazo


In extremis

Mi abuelo era un hombre de una imaginación ardorosa y casi ilimitada inteligencia. Lástima que, además de estos dones, tuviera una visión mefistofélica del mundo que, para su propia desgracia, le llevaba por caminos tortuosos hacia descabellados infiernos.

-¿Qué es el infierno? –le dije yo un día.
- El infierno –contestó- es el calvario de las malas conciencias. Imagínate que escupes a tu madre y que ésta, por influjos de su misma maternidad, no te inflige un castigo, sino que calla, sufre, se entristece… Tú tienes buen corazón, es obvio, luego tu mala conciencia empezará a atormentarte. Eso es justamente el infierno.
-¿Tú tienes mala conciencia? –le pregunté sorprendido.
- Así es, hijo, tengo mala conciencia.
- ¿Por qué? ¿Qué hiciste?
- Vendí mi alma al Diablo y, con el alma, la voluntad.
- Pero tú eres buena persona…
- Ese es el quid, que soy buena persona. Si mi conciencia estuviera desbaratada, mi alma, que ha abominado de Dios, sería dichosa en sus servicios diabólicos. Pero el Diablo, que es una fuerza incontenible, no puede cambiarme la naturaleza, que tiene un norte divino ¿Me comprendes? Ahí se funda el infierno. En mi alma nacen flores que acabarán siendo ortigas.

A punto ya de morir, solicitó mi presencia. Yo tenía un nudo en el pecho que, impensadamente, fue volviéndose llanto al oírle pronunciar estas palabras:

- Hay algo que el Diablo no ha conseguido, hijo mío: quitarme el amor que te tengo. A este amor me doy para que, al menos en el último trance, florezca en mi alma una rosa.


Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Del libro Vindicación de J.L. Borges

Tags: In extremis, abuelo, niño

Publicado por Mariano.Estrada @ 13:10
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 23 de mayo de 2007 | 14:01
Los abuelos, siempre cont?ndonos historias entra?ables, ahora la mayor?a los escucha poco, que pena. El m?o como el de Victor Manuel "picando negro carb?n, quem? su vida".
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 23 de mayo de 2007 | 18:38
Hubo otros abuelos que te has dejado pa atr?s. Puede que el m?s famoso fuera el abuelo de Heidi.
Los abuelos de antes ten?an un rol importante en la familia. Ahora, como bien dices, solo valen de estorbo. Pero los que desprecian a los abuelos se convertir?n un d?a en abuelos despreciados. Seguro.