Mi?rcoles, 07 de febrero de 2007
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LA DESGRACIA TEN?A NOMBRE DE PERRO

A Tere y a Charo, que recordar?n muy bien estas cosas

Transcurrida la primera juventud, cuando Isidro ya era, sin remedio, todo lo hombre que se pod?a ser desde su metro sesenta y cinco de estatura, algo m?s dotado en inteligencia, pero no lo suficiente como para entrar en los servicios de espionaje, y algo m?s dotado de coraz?n, aunque no haya muerto de amores finalmente, ni haya dado el alma a ciertas causas honrosas con m?s o menos grados de humanidad. Es decir, cuando Isidro era el hombre que sus padres, ya muertos, hubieran deseado que fuera... Entonces, s?lo entonces, Isidro se dio cuenta de que los para?sos perdidos son los ?nicos cielos posibles, ahora y en la hora de nuestra muerte, incluso antes y despu?s. Pero sus padres, que hab?an arrastrado sus cuerpos por aquella tierra tan dura y tan poco generosa en su correspondencia con las inexcusables abnegaciones, le hab?an dicho siempre que ?l estaba llamado a otras cosas m?s altas: m?s grandes y m?s altas. Sin embargo, desde la ciega transparencia de los besos, Isidro ve?a aquellas otras cosas como una caverna de oscuridad.
- ?Qu? cosas? ?pregunt?, plasmando en la pregunta todos los temores del mundo.
- Tenedor de libros, hijo, un oficio de sabios ?contest? su padre, con tono de seriedad y de respeto.
?Tenedor de libros? Tornadera de diccionarios. Horca de palabras. Pincho malo. Mala espina... ?Qu? oficio era ?se? ?C?mo se ten?an los libros, qui?n te los daba? ?Y d?nde hab?a que tenerlos, y para qu?? ?Y hab?a que estudiar para ser una cosa tan tonta? Un mundo incomprensible, una cueva oscura. Cada vez que ve?a un tenedor lo ve?a clavado en el Cat?n, ?nico habitante, en libros, de su casa, para luego transformarse en un tridente sostenido por un demonio. Yo te arrojo al averno... Tambi?n se imaginaba de rodillas, con dos gruesos diccionarios en cada mano y la maestra expectante y vigilante para que no se inclinara el ecce homo de los castigos, la balanza justiciera de los brazos en cruz... Tenedor y cuchillo, a veces cuchillo solo. ?Esos brazos, muchacho, arriba Espa?a?.
- Yo no quiero ser esa cosa ?concluy? tajantemente.
- Bien, pues ser?s ingeniero de caminos.
Y entonces se ve?a de caminero, como Ambrosio el Zurdo, con una pala al hombro paseando por los bordes de la carretera, diz que arreglando las cunetas ?Cun eta mano o cun eta ota? La carretera era de grijas y gravilla, coches no hab?a casi ninguno, los carros campaban a su antojo tirados por su lenta caballer?a rusticana, tanto por carreteras como por caminos, incluso campo a trav?s ?Qu? ten?a que hacer all? un ingeniero?
- Sustituir al burro ?dijo Juan, entre "br?mulas" y "v?rulas". Y como Isidro se quedara mirando, puntualiz?:
- Los burros van por lo f?cil, es verdad, pero hacen muchas curvas y los coches de hoy en d?a se saldr?an por la tangente.

El carro en el que viajaban emit?a unas sonatas de alta pedrer?a de granito y regios golpes de tango, que en las cuestas arriba era el tango de la lentitud, parsimonioso y eterno. El cielo era azul y contrastaba con los colores melosos del oto?o: robles ocres, casta?os y chopos amarillos... La temperatura era suave, casi veraniega, y la tarde se inclinaba hacia un ocaso de sombra venturosa. En aquellos momentos, la idea de que se pudiera ser m?s feliz, a Isidro no le hubiera cabido en la cabeza. Sus padres hablaban y re?an, ?l o?a y callaba, sent?a y se empapaba. Nada m?s. El carro prolongaba su concierto de ejes contra bujes, de quejumbres extra?das a las maderas, de llantas que se bat?an machacona y tenazmente con los morrillos. El amor ten?a el tama?o de los ?rboles, de los montes, de las amplias lontananzas que abarcaban la imaginaci?n y los ojos.
?Qui?n pod?a pensar, desde la afabilidad de esos instantes, que el tiempo atmosf?rico iba a dar una vuelta de campana para transformarse en aquella horrible tormenta en la que los cielos resplandec?an y se resquebrajaban y la lluvia ca?a con una intensidad aterradora?

La Serrer?a de Donado ten?a las puertas cerradas, de modo que descargaron los troncos que, no sin ciertas dificultades, hab?an cargado anteriormente en el sobrante de Valdelaseras. Dificultades provenientes de que una de las vacas estaba a medio domar y quiso andar a la contra. La Virgen de La Peregrina, cuya romer?a se celebra en septiembre, sol?a traer unas l?grimas copiosas en oto?o, pero no en su dimensi?n de diluvio universal, como era el caso, ni en sus retumbes de dios escandinavo y enfurecido, sino con ponderada intensidad y no menos clemente mansedumbre. ?Habr?a pecado alguien de soberbia, que es pecado fan?tico e inmundo?
Descargados los troncos, cosa que hicieron con soltura y con apremio, el cielo se romp?a en largas grietas el?ctricas que, no por casualidad, sino por algo sem?nticamente parecido, se convert?an en fuegos deslumbrantes que, a su vez, dejaban en la noche una oscuridad infinita. Tanta que los ojos, tras aquel aparato incandescente, se quedaban inservibles durante unos interminables segundos, incluidos los ojos de las vacas que, sin gobernante y sin tim?n, se sal?an de la carretera por sus tangentes sin curva. Juan no sab?a qu? hacer, salvo tratar de encarrilar a aquellos pobres animales desorientados desde unos ramalillos invisibles y escurridizos. Ana apretaba a su hijo contra su coraz?n, donde tambi?n apretaba sus miedos. Finalmente, los tres se daban de bruces contra las l?gicas prevenciones de las vacas que, temerosas y perdidas, acababan deteni?ndose en la oscuridad de la carretera y en la incertidumbre repentina del mundo. Con acertada decisi?n, el carro hab?a quedado aparcado en la Serrer?a.
- ?Sab?is lo que podemos hacer? ?dijo Isidro, que parec?a el m?s clarividente de los cinco.
- ?Qu?? ?respondieron sus padres a una. Las vacas no dijeron ni mu, pues aunque a veces se expresan claramente en el lenguaje de Brahma, los intr?pidos bramidos de Thor las hab?an acobardado y enmudecido.
- Pues, mirad, yo cierro los ojos y los aprieto bien con la mano hasta que pasen los rel?mpagos. Luego los abro y os gu?o. Vosotros me avis?is cuando terminen los resplandores...
Esa fue la forma en que a Isidro, de quien su padre dec?a que era listo como las avispas, pero no cre?a que tanto, se le hab?a aparecido la Virgen de la Peregrina, patrona de un pueblo tan peque?o que casi pod?a meter todas sus casas, incluidos los pajares y los corrales, en aquel esplendoroso santuario de piedra que tanta devoci?n suscitaba no ya entre los vecinos, sino entre los vecinos de los vecinos de los vecinos, en un rosario extenso que trascend?a las parameras de Le?n, la Maragater?a de Astorga y la famosa Burga de Orense.
Pero ello no contuvo las desatadas furias de los cielos; al contrario, tan inclementes se mostraban ?stos que hicieron proferir a su padre:
- ?L? ?spera, c?mo relampampija!
Por su parte, y seg?n lo convenido, Ana estaba al quite de los deslumbramientos, esperando los principios de la oscuridad.
- ?Ahora, Isidro, ahora!... ?Ves algo? ?le espet? en el momento oportuno.
- ?S?, s?...! ?contest? Isidro, con una voz que trataba de trasmitir confianza y alegr?a (?l estaba seguro de su ?xito, puesto que, antes de anunciar aquel plan, lo hab?a experimentado por su cuenta). Su madre le apretaba la mano con gratitud, casi con l?grimas.
- As? me gusta, hijo ?le anim?- Valiente, como tu abuelo, que rompi? la cincha a pedos.
La alegr?a era grande. La felicidad ensombrecida por la tormenta hab?a sido parcialmente recuperada. Isidro estaba contento, casi exultante, casi luminoso; se sent?a peque?o como un ni?o, pero ?til y responsable como un David armado con pac?ficas hondas de inteligencia. No era para menos, pues aquella idea feliz estaba sacando a sus padres de un apuro engorroso. Y de paso lo hac?a con las vacas que, por supuesto, eran parte sustantiva de la familia. Es cierto que prosegu?an los chuzos y los truenos y las emanaciones luminosas y cegadoras, que el infierno no hab?a cerrado a?n sus puertas de fuego y chaparr?n, que los corazones lat?an con la insistencia cercana del peligro. Pero all? estaba Muelas ya, de frente, m?s que vislumbrado intuido, a menos de un kil?metro de sus agobios y comezones, con toda la felicidad que, sin duda, se iba a restablecer a su ya inminente llegada. Lo que no pudo restablecerse tan pronto fue la electricidad de las bombillas, cuyos voltajes eran corrientes y molientes, casi como aquellos de la tahona de Pe?alavega que fueron anteriores a los postes de madera alquitranados y a la catenaria repetida de los tendidos. De modo que prendieron la lumbre y el candil, se cambiaron de ropa, tomaron una cena frugal y, finalmente, despu?s de reconocerse agraciados por el cielo, se metieron felices en la cama.
Ya de ma?ana, contenidas las furias celestiales y a la luz hermosa del sol, vieron con espanto que, detr?s de aquel monte de alegr?a, la felicidad era trunca. Ahora tocaba la desgracia y la desgracia ten?a nombre de perro: se llamaba Tot?...
M?s que un perro al uso, Tot? era una especie de confluencia de manifestaciones familiares que, de otra forma, hubieran tenido una dif?cil canalizaci?n, algo as? como un v?nculo amoroso en el que todos se encontraban a gusto. Hab?a otros perros en la casa, tres o cuatro, seg?n, todos ellos queridos, por supuesto. Pero ?ste era Tot?, el ungido por las estrellas, el que hab?a nacido con bula, el que llevaba en su ingenuidad y en su descaro un trozo del coraz?n de sus due?os, especialmente de Isidro, quien, por haber crecido con ?l, ten?a el alma llena de sus innumerables ara?azos, de sus juguetonas dentelladas, de su inagotable y amorosa saliva.
El d?a anterior, por causas que no es necesario recordar, Tot? hab?a quedado amarrado a la cancela de un cobertizo, hecha de tablas de roble a media altura y colocadas de punta. Al parecer, el perro se hab?a asustado con la tormenta y hab?a tratado de saltar hacia la parte de dentro, donde acaso esperaba sentirse protegido. Y efectivamente, salt?, pero la cuerda a la que estaba atado era corta. No lleg? al suelo, a pesar de que el pobre lo intent? con desesperaci?n, estirando completamente las patas. Cuando Juan se percat? de la desgracia, ten?a la lengua fuera y estaba r?gido y fr?o, tal como corresponde a un cad?ver.
En la casa qued? un tufo de dolor, un ahogo triste y un halo de resignaci?n y de muerte. Isidro llor? con soledad, con impotencia, con la amarga desesperaci?n de un ni?o indefenso. De nada le val?an los consuelos, tan poco convincentes, que trataban de darle sus padres. Despu?s de todo, los corazones de sus padres tambi?n estaban llenos de desolaci?n y de angustia. Tot? era un perro lanudo que ten?a un cascabel dorado y una cara de bendici?n y de mimo.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Publicado por Mariano.Estrada @ 19:17
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 08 de febrero de 2007 | 18:16
Aquellos eran tiempos muy duros, muy dif?ciles. Para ganarse la vida, la gente se march? para Bilbao, Francia o Alemania... La Serrer?a de Donado no existe desde hace ya mucho tiempo. Es casi imposible ver un carro o una vaca...S?lo queda la Virgen de la Peregrina, que aguanta el chaparr?n cobijada en el fabuloso Santuario de Donado. Saludos