
Charo y Platero, Muelas de los Caballeros 1967
El burro y la tapia
El día que nació Platero a mi hermana Charo le faltaban dos dientes de los de arriba. De esto hace cuarenta y cinco años. Ahora Platero es un recuerdo imborrable en nuestras vidas y mi hermana tiene una sonrisa maravillosa y una dentadura perfecta. Aquel era un tiempo de amores desbordados, de risa a todas horas, de sopas en la cocina, de patatas en la huerta y de agua fresca en el pozo.
Tener en casa un burrito como Platero era un privilegio del que uno, entonces, no se daba ni cuenta. Y tener una preciosa hermanita desdentada que juraba con él y con nosotros, sus hermanos mayores, con los perros recién nacidos, con los gatos que merodeaban por doquier y ronroneaban junto al fuego, es algo que se aproxima mucho a la felicidad. Tal vez la felicidad no sea otra cosa que el hecho de gozar intensamente de lo que tienes y de no desear más de lo que tienes, vivir en la armonía apacible de una casa con vacas y corderos y cerezas y peras de San Juan y amaneceres a toque de campana para encender el corazón y la lumbre y desperezar los músculos o los huesos y sacar a pastar a las ovejas.
Esa era entonces la vida: una casa grande, una huerta frondosa, unas tierras desperdigadas por el campo, unos prados verdes, un carro de madera, unas gallinas, unos cerdos, un arado, unos conejos…Y envueltos en todas esas cosas, dominándolas, humanizándolas y haciéndolas posibles, unos padres enormes, buenos, amorosos, ubicuos a menudo, a veces invisibles y siempre protectores.
Desgraciadamente, Platero fue creciendo poco a poco y un día se lo llevaron de nuestra casa. Eso es lo único malo de vivir con animales, que se van o se mueren o se los llevan cuando tú ya les has cogido el cariño. Y el cariño se pega a los sentimientos como las lapas y luego se desgarra y duele cuando, de una forma de otra, la vida te lo acaba quitando o rompiendo.
A Platero se lo llevaron un nefasto día y no supimos más de él. Supongo que se acostumbraría pronto a sus nuevos amos, a quienes serviría en los trajines del campo y de la casa. Supongo que aprendería a rebuznar o, mejor dicho, a mejorar los rebuznos. Y supongo también que en algunos momentos de su vida, especialmente en los de la ardorosa juventud, le pasaría alguna cosa semejante a la que se relata en este poema que, por supuesto, está tomado de la realidad, aunque el modelo no tenga dueño ni nombre.
Un abrazo
Foto tomada de internet sin ánimo de lucro
El burro y la tapia
La tapia tiene un boquete
por donde el burro se escapa.
Ponle unos palos,
ponle unas zarzas.
Allí las sombras son frescas
y tiene yerbas a esgaya
¿Por qué se escapa?
Hay que ponerle unos palos,
hay que ponerle unas zarzas.
Las zarzas todas las quita,
los palos todos los salta;
los grillos todos los rompe
y siempre arranca la estaca.
Quizás le pique la mosca.
Lo que le pica es el alma.
Del otro lado del aire
hay una burra que canta.
Entonces es burro suelto.
¿A qué cerrarle la tapia?
Del libro “Tierra conmovida” (1987)
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://marianoestradavazquez.blogspot.com/
Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

Foto tomada de internet sin ánimo de lucro
En la casa de mi abuela también tenían burro, Pernales era el nombre. Duro y fuerte, pero más astuto y escapista no conocieron otro en leguas a la redonda. Lo ataran como lo ataran, buscaba siempre vía para desaparecer por un tiempo. Nunca se supo adónde íba, pero volvía siempre como lobo hambriento, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Murió de viejo, de una mala cornada de una vaca sin entrañas. Se le lloró tanto, que aún se rayan los ojos al calor de su recuerdo.
Un abrazo. Ascensión.
En la casa de mi abuela también tenían burro, Pernales era el nombre. Duro y fuerte, pero más astuto y escapista no conocieron otro en leguas a la redonda. Lo ataran como lo ataran, buscaba siempre vía para desaparecer por un tiempo. Nunca se supo adónde íba, pero volvía siempre como lobo hambriento, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Murió de viejo, de una mala cornada de una vaca sin entrañas. Se le lloró tanto, que aún se rayan los ojos al calor de su recuerdo.
Un abrazo, poeta. Ascensión.
Hay que recuerdos me traes amigo,he de decir que este poema dedicado al "burro",me fascino,y sabes porque?,porque en mi casa siempre hemos tenido un "burro",para ayudar a las tareas del campo.
Hace tiempo que ya no tenemos animales,hace tiempo todo cámbio pero mientras viva jamas dejare de querer a ese animal tan bueno,entrañable,trabajador,ese animal que espero jamas desaparezca de este mundo........él burro.
Muchas gracias de nuevo poeta por traer a mi mente recuerdos maravillosos.
PD; por cierto uno de mis burros se llamaba "platero.
Aladino
Hola, Ascensión:
Pues el Pernales y el burro del poema eran tal para cual, lo que pasa es que el Pernales lo llevaba a escondidas ¿Cómo que no sabíais dónde iba? Pues iba a ver a la novia. Y volvía hambriento y cansado. Normal. Esas cosas pueden dejar a uno baldado, aunque sea burro. Lo que es una pena es lo de la cornada. Las vacas suelen ser pachorronas y buenas, pero como salga una torcida, hay que dejarla sola con sus cuernos. Así era la vaca de Severiana.
Interesante lo que nos cuentas. Gracias. Un abrazo
Hola, Aladino: no cabe duda de que has sido un hombre afortunado. Los que crecimos en estos tiempos teníamos mucho mayor contacto con la naturaleza de lo que tienen ahora. En realidad, ahora no tienen ninguno. Y lo tienen que buscar por ahí, en pequeñas dosis. Hablo en genaral, ya sé que hay gente que por fortuna lo sigue teniendo. Creo que a nosotros nos ha venido muy bien habernos criado entre animales y árboles y plantas, siempre en contacto con la tierra. Y con la familia.
Gracias y un abrazo