sábado, 19 de febrero de 2011

Foto tomada en Relleu, Alicante, el 14-02-2011

 

Árboles y desiertos: Memorias del olivo

 

En la localidad alicantina de Tárbena, que es una joya perdida-ganada-reconquistada-repoblada, queda uno de aquellos dos “cipreses de bronce” a los que se refirió Gabriel Miró en su libro “Años y leguas”. Gerardo Diego inmortalizó “El ciprés de Silos” en un poema que no necesita presentación. José María Gironella, autor que ahora es muy poco recordado, legó a la posteridad un libro que se titula “Los cipreses creen en Dios”. Por su parte, Miguel Delibes nos advirtió de que “La sombra del ciprés es alargada”.

Lo que quiero decir es que, en esta bendita tierra, de una forma o de otra,  los árboles han tirado mucho de las plumas de los escritores, de las egregias y de las que no lo son tanto.

La obra de Antonio Machado está sembrada de álamos, de pinos y de encinas. Además, específicamente, don Antonio escribió el  poema “A un olmo seco”, que todos conocemos desde la escuela. Claudio Rodríguez dedicó uno de los suyos a “Los almendros de Marialba”. Camilo José Cela, tras años de trabajo y tozudez, nos dejó su “Madera de boj”, que en realidad es un recuento de muertos en la tumultuosa Costa de la muerte.  Rafael Sánchez Ferlosio describió de una forma increíble el fantástico castaño de “Alfanuhí”, que era todo él de colores. Marina Mayoral se ha pasado algunos ratos de su vida escribiendo “Bajo el magnolio”. Santa Montefiori lo hizo “A la sombra del ombú”...

Y, salvando las distancias, yo mismo tengo un libro titulado “Hojas lentas de otoño” que, además de hablar de la muerte, habla de las hojas del roble, árbol que le da nombre a la tierra donde nací, la Carballeda zamorana. Y en la tierra alicantina de la Marina Baixa, en la que vivo desde hace 37 años, escribí “Desde la flor del almendro”…

Esto es sólo un apunte, naturalmente. Un apunte sacado a vuela pluma de los posos de la memoria, a la que fueron pegándose tras persistentes y desordenadas lecturas.  No es, por tanto, un recuento. Y mucho menos un recuento exhaustivo, cuya realización requeriría tiempo y paciencia. Si alguien tiene estas cosas, yo le cedo gratuitamente la idea. Puede ser un trabajo gratificante.

Sin embargo, para mis inmediatos propósitos, con lo dicho hasta aquí tengo más que de sobra. Porque mis inmediatos propósitos se reducen únicamente a llamar la atención. ¿Sobre qué? Veamos:

Es verdad que nuestra literatura está llena de árboles, como no podía ser de otro modo, ya que, en términos generales, hemos vivido siempre entre ellos. El problema es que en determinadas regiones españolas, especialmente del Sur y del Este –y siempre según los entendidos- está empezando a oler a desierto. Y esto es algo por lo que debiéramos estar preocupados ¿Lo estamos? Yo sinceramente lo dudo.

Un abrazo

 

Memorias del olivo

 

Regreso al corazón

donde la noche,

con su alud íntimo de dudas,

me ofrece un arrabal

          de hidropesía y piedra.

 

Y aunque es la luz del alma

un ojo diametral

o contrapunto ciego,

la luna,

con sus óvalos altos de ceniza,

persiste en derramarse en

esos troncos de sed, en esas

memorias

               tristes

                        del olivo.

 

Del libro “Desde la flor del almendro”

 

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

Blog: http://marianoestradavazquez.blogspot.com/

Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

 

Vive en La Ermita (Villajoyosa). Se llama Olivera Grossa. Mide 7 metros de altura y casi tres de diámetro en la base. Se le calculan 1400 años de edad. Es una auténtica maravilla. Más datos, aquí: http://www.fotolog.com/josejosejose86/33743350, que es de donde yo he tomado éstos. Espero que a Jose no le importe.


Publicado por Mariano.Estrada @ 12:49
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Comentarios
Publicado por Invitado
sábado, 19 de febrero de 2011 | 18:05

 

Mariano :

            Con el gustazo enorme que me da leer tus escritos, que espero siempre con expectación, esta vez no puedo menos que recordar, porque hace a tus comentarios, las páginas de “ Mi planta de naranja –lima ”, novela de la literatura brasileña con la autoría de José Mauro de Vasconcelos , en cuyo argumento, la fantasía de un niño de cinco años – Zezé – la toma de confidente para sus sinsabores y , aún más, dota  a su  planta de naranja- lima a la que llama Minguito o Xururuca, de la capacidad de hablar y caminar.

(Sigue...)

Publicado por Invitado
sábado, 19 de febrero de 2011 | 18:06

(...Viene de la anterior)

Una de las más tiernas – y dramáticas a la vez – novelas que tuve el placer de leer y releer.

Me permito recomendar su lectura, a partir de los siete años de edad…y hasta los cien o más, si diera la vista, la audición y el sentimiento para ello.

Un abrazo chaqueñísimo - correntinísimo.

                                             Victoria ( La de este lado del Atlántico sur )

                                            

Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 20 de febrero de 2011 | 17:53

Hola, Victoria:

Gracias por la recomendación de esa novela de José Mauro de Vasconcelos, naturalmente desconocida para mí, ya que en realidad conozco muy poco de la literatura brasileña, lo que sin duda es una lástima.

Es curioso, sin embargo, cómo unas cosas nos remiten a otras. Este texto mío te ha llevado a “Mi planta de naranja-lima” y ésta me ha llevado a mí a las peripecias de otro niño al que un escritor italiano, Italo Calvino, hizo subir a los árboles para no volver a bajar. Me estoy refiriendo a la famosa novela “El barón rampante” que yo tuve la suerte de leer cuando rondaba los treinta años de edad.

Gracias por este jugoso comentario. Tal vez un día nos subamos nosotros a ese curioso árbol que, a juzgar por su nombre, es una suerte de híbrido de naranja y limón. Y tal vez, a través de ese niño, hablemos un día con él. Un abrazo