martes, 27 de julio de 2010

Fotomontaje de Justino Blanco Villacé

 

El camino

 

A nadie se le oculta que el camino de los seres humanos, a lo largo de la vida, tiene muchos e importantes avatares. En los períodos de la infancia y de la adolescencia, además, está la tremenda dificultad de que hay que dar sobre él los primeros pasos: unos pasos que, aunque inseguros y balbucientes, pueden ser definitorios y decisivos en el siempre irremediable futuro. Y no voy a perderme en cuestiones puramente semánticas, todo el mundo sabe que la expresión “no ha encontrado el camino”, significa que, de todos los iniciados por alguien -que a veces son numerosos-, no se ha  identificado aún con ninguno. Lo cual puede ser deprimente, sobre todo si se sabe que hay personas que no sólo lo han encontrado a la primera,  sino que encima, y al margen de sus mayores o menores dificultades,  ha resultado ser realmente el camino, es decir, el adecuado, el apropiado, el auténtico, el suyo ¿Y a qué llamo yo encontrar el camino? Pues a encontrar la orientación, sencillamente ¿A qué otra cosa, si no? El camino puede ser tortuoso, confuso, llano, ramificado, dubitativo, múltiple, diverso…  (En realidad suele ser una combinación de estas y otras cosas). Pero tú, caminante, tienes que saber siempre dónde tienes los pies y, sobre todo, dónde tienes el Norte ¿Y qué pasa en el Norte? Pues el Norte te indica claramente que aunque te pierdas te encontrarás; que los recesos, los retrocesos o desandares, las dudas, las contradicciones, los escollos,  incluso los desánimos, los descréditos, los empujones, las zancadillas y las caídas, no son otra cosa que el bagaje vital, el fortalecimiento del músculo, la acumulación de experiencias, la maduración como persona, el enriquecimiento del espíritu…  Es decir, el camino. Porque todo eso, más lineal o más zigzagueante, es justamente el camino.

En la España de la posguerra, desbrozar un camino era tarea harto difícil, sobre todo en las zonas rurales, donde el único camino posible, aparte de empinado y angosto, era el camino familiar, por el que andaban al tiempo, y/o sucesivamente, los abuelos, los padres y los hijos, a veces los hijos de los hijos. En la mayoría de los casos, incluso, se arracimaban todos en una misma casa, comían de la misma comida y trabajaban en las mismas tierras. Y no había más caminos que los que a ellas llevaban. Más aún, nadie pensaba que se pudiera hacer otra cosa en el mundo. En los pueblos de la Carballeda zamorana, esto fue así hasta que algunos inconformistas y/o rebeldes, entre los que se encontraba mi padre, dejaron volar sus pensamientos más allá de las fronteras municipales o comarcales. Así fue como mi hermana mayor fue a estudiar a Granada, que no es precisamente el pueblo de al lado. Y así fue como yo, unos años después, me vi metido en un autobús de la empresa Fernández que me dejó en las mismísimas puertas de la Fundación Virgen del Camino. Esto ocurría en septiembre de 1960, cuando Muelas de los Caballeros contaba con todos sus habitantes, menos uno: un niño, como yo, que había ingresado un año antes en el Seminario de Astorga. O sea que fraile o cura. No había otra alternativa posible ¿Vocación? Bueno, yo declaro que la mía se la sacó de la chistera mi padre: “Este va a estudiar con los frailes como yo me llamo Daniel ¿De qué otro modo puede salir de esta vida arrastrada?”

¿Habrá que recordar que Daniel es el profeta de los leones? ¿Y no era en León, precisamente, donde estaba la Virgen del Camino? En aquel justo momento quedó echada mi suerte para los próximos años. Alea jacta est, hubiera dicho mi padre de haber sabido latín. Como no lo sabía, dijo: muchacho, éstas son lentejas, pero tú no estás en disposición de dejarlas. Eamus enim –repliqué yo,  aceptando su decisión y expresando con mímica unos vocablos que aún no había aprendido.

¿Quiere esto decir que mi padre engañó deliberadamente a los frailes? No, mi padre pensaba en mí, en mi futuro, y hasta puede que me viera realmente de dominico. Lo demás lo puso la vida. Ni siquiera yo era consciente de estas cosas que ahora veo tan claras. El día en que lo fui, ya con 18 años, me volví a plantar en casa para sorpresa y disgusto de mi madre, a la que nada había dicho. Mi padre estaba entonces en territorios gabachos, tratando de ganar con sus manos el pan nuestro de cada día. Era la época de la emigración. Los pueblos habían roto el duro cinturón del aislamiento.

Quiero dejar constancia aquí de un profundo agradecimiento a mi padre, que tanto se preocupó por mí, y a mí madre, que fue tan abnegada y comprensiva. También quiero expresar mi agradecimiento a una persona buena que, desde el anonimato, pagaba aquellas trescientas y pico pesetas que, si no recuerdo mal, costaba el colegio. Y al Padre Arenillas, que fue quien la buscó desde su observatorio de San Esteban, en Salamanca. Y a todos los profesores que tuvieron alguna influencia en mi formación, que, por supuesto, no se limitó a lo religioso, sino que fue resueltamente humanista. Y a mi hermana Antonia que, además de la mayor, era mi sol sostenido. Ella quiso ser misionera desde niña, antes de que mi padre la llevara a Granada, donde tomó los hábitos de la Orden de Santo Domingo. Luego se fue a  la selva de Kamarata (Venezuela), después al Zaïre, donde estuvo 22 años, y ahora está en Kiev, donde ha fundado la Casa de los Niños (Dim Ditey, en ruso). Ella encontró el camino a la primera. Supo que era el suyo, se aferró a él con inquebrantable resolución y por él ha transitado durante toda la vida. En la actualidad tiene 65 años y la declarada admiración de su hermano, que, desde convicciones y compromisos diferentes, reconoce en las Misiones (y en los misioneros) la generosa labor en la que la Iglesia puede lavar sus numerosos errores.

Posdata:

Este artículo fue escrito el día 25 de mayo del año 2007 con motivo de la celebración del 50 aniversario del Colegio Virgen del Camino (León), donde yo estudié y viví entre los años 1960 y 1965. Por entonces se editaba en el Colegio una revista titulada “Camino”, de la que se pretendió sacar un último número, pero esto  no llegó a hacerse.

El encuentro tuvo lugar en octubre de 2007, con la participación de unas 600 personas,  aunque lo cierto es que, de una u otra forma, estuvimos todo el año de celebraciones. Mi compañero y amigo Justino Blanco Villacé, leonés de Valderas, pergeñó el magnífico montaje fotográfico que veis y que dio mucho juego en el Blog de Antiguos Alumnos que dirige Josemari Cortés Aranaz, de la Plaza de la Inmaculada.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

El futuro está en las rosas: http://marianoestradavazquez.blogspot.com/


Publicado por Mariano.Estrada @ 9:38
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Comentarios
Publicado por Invitado
miércoles, 28 de julio de 2010 | 12:50

Cierto es, Mariano, que muchos de los hijos del campo entraban en los
seminarios, no para ser curas precisamente, sinó para poder estudiar
el bachiller, al menos, y poder ser algo más que el padre agricultor o
el padre tendero. Esa fue la suerte de uno de mis primos. Mi tío, que
llevaba como podía una tienda de ultramarinos y siete hijos pequeños a
sus espaldas, pidió una beca para el mayor, que le concedieron, y así
pudo hacer el muchacho el bachiller con bastante éxito, por cierto.
También es cierto que mi primo colgó los hábitos al momento de obtener
su preciado título, como gracieta inmisericorde a los que le acogieron
con ánimo de que se hiciera pastor de almas. Estaba el muchacho
siempre muy enamoriscado con  unas y con otras para llegar a ser un
casto y devoto sacerdote. Hoy es un astuto hombre de negocios, casado
y con dos hijos ya titulados también.

Sigue...

Publicado por Invitado
miércoles, 28 de julio de 2010 | 12:51

(Viene de la anteior)

Esta es la historia de muchos hijos de la posguerra. Todos, y gracias
al sacrificio de nuestros padres, hemos ído a la escuela, al
instituto, nos hemos licenciado y hemos logrado situarnos en un mundo
laboral, que ellos nunca pudieron alcanzar. También yo les estoy
profundamente agradecida. Sin ellos sería como veleta que lleva el
viento, inculta y castigada por trabajos físicos mucho más
destructores, al menos en lo físico... Es un canto a la entrega y la
generosidad de mis viejos. ¡Nunca podré devolverles todo el bien que
me han hecho!
Un abrazo.
Ascensión.

Publicado por Invitado
jueves, 29 de julio de 2010 | 2:36

Imagino que lo que nos llega con ciertos tintes de lejanía y de tristeza que provee la pena lo recordarás decorado con, no pocos, tintes de cariño y agrado... no fuiste ni fraile ni cura, ohhh qué gran orador para esas largas misas que me dan sueño!! agradezco que en su lugar te hicieras arquitecto de la poesía, constructor de versos y diseñador de ladrillos de rimas con trazos de amor... Que suerte que contaras y cuentes aún con personas tan grandes en alma que no caben en la medida normal de las vulgares personas que poblamos el mundo (me refiero a Antonia), bonita aportación. Un abrazo.

Publicado por Mariano.Estrada
jueves, 29 de julio de 2010 | 11:01

Hola, Ascensión: tu comentario es como una prolongación de mi artículo. Ni que decir tiene que estoy completamente de acuerdo con tu exposición, que, como digo, complementa la mía. No es la primera vez que coinciden nuestras visiones de algún aspecto de la realidad que hemos vivido, tal vez sea porque, aun estando geograficamente tan lejos, hemos vivido unas  cosas muy parecidas. Nada más que añadir, salvo un sincero agradecimiento. Un abrazo

Publicado por Mariano.Estrada
jueves, 29 de julio de 2010 | 11:09

Hola, Anónimo/a:

Efectivamente, yo recuerdo esas cosas con mucho cariño. En realidad recuerdo con mucho cariño todas etapas de mi vida. En cuanto a Antonia, tienes razón, es una suerte haberla tenido y seguirla teniendo de referencia. Gracias por tu magnífico comentario. Un abrazo