
Esperando a Telefónica con humor
Son las siete y veinte de la mañana del lunes 26 de abril del año 2010, cosa que sólo ocurre una vez en la vida, tal como sentenció Heráclito el Oscuro (1), hace ya unos años. Esto lo veo con claridad meridiana. Lo que no tengo muy claro es que sea yo quien lo escribe, pues a estas horas duermo. Y un bello durmiente no se despega de sus sábanas a no ser que vaya con los brazos por delante, como fantasma autopropulsado. O que se halle ante una necesidad perentoria, cosa que acostumbra a ocurrir a las seis y media. O que, eventualmente, tenga que engrasar el perineo y/o el escroto, que suelen andar juntos por las llamadas zonas pudendas ¿Qué iba a hacer yo, si me picaban? Me había acostado a las tres, tal como me propuse previamente: a la una, a las dos, a las tres. Siempre hago lo mismo. Y me costó un buen rato dormirme, de manera que he dormido poco. Incluso menos que poco. Tan poco que a lo mejor he dormido en catalán, como he pensado después.
Mi mujer ha puesto la tele para ir oyéndola mientras dispone y azacanea, la usa como si fuera una radio, para enterarse de las noticias y del tiempo. A mí no me gusta la tele ni para oírla. Al menos a estas horas de la mañana en las que a Dios le sería fácil matar del todo su obra, como dijo Borges, no el de las nueces, sino el de Fervor de Buenos Aires ¿O fue el otro, el del barrio del Alto, el del Aleph, el de la batalla de Junín, el de los tigres que se rayan, el de los caminos que se bifurcan? No me gusta la tele por las mañanas, repito. Y menos aún si no soy yo el que la oye propiamente, sino alguien que se ha levantado por mí y que tiene cara de zombi, porque yo ya he dado a entender que a esas horas ando aún en los brazos de Morfeo. ¿Dónde podría a estar mejor? En fin, Nacho, que hoy sí me pude levantar, a pesar de lo que he dicho, porque hoy se me hizo pronto. El espejo me asegura que estás más Cano que yo. Sin embargo, yo estoy más ano que tú y mucho más torrojo.
Me he tomado un café para engañar al estómago y unas galletas maría, que, a pesar de su nombre, nada tienen que ver con la hierba. Curiosamente, mi madre se llamaba María y mi padre les daba hierba a las vacas. Pero era hierba del prado, donde pastaban los pintores de Madrid, Villa y Corte. En la corte de Muelas, por otro nombre cubil o cuadra, hacían cuerpo los cerdos. Y las vacas. Mis padres les daban la hierba y ellas ponían el jugo para rumiar, el gástrico. Y el libro para leer, ya que eran vacas muy cultas. Las vacas no necesitaban café. Yo sí, para mojar, ya que de otra forma no mojo, y las galletas requieren lubricante para atravesar el coleto, porque están secas, como la paja, como la Yerma de Lorca, como el olmo de Machado, como los bueyes de don Arturo, como las tierras del Este del Edén, que están en Almería… O como un pueblo de Valladolid que está al lado de Rueda y se lubrica todo el tiempo con vino. A los habitantes de ese pueblo, cuyo nombre es La Seca, ya no les quedan puntos en el permiso de conducir. Se los quitó Navarro para echárselos a Reyes, esa chica que le reclama la paternidad de su hijo ¿Cómo se llama? Ivonne. No, el niño. El niño se llama Torres, un rubio que ha adquirido solera en el Manzanares y en el Liverpool y en los robles añosos de Del Bosque, perdón por el tartamudeo.
Mi reclamación tiene un asunto más humilde, pero jode también. Y mucho. Tal vez por eso me está picando tanto el escroto (bolsa elemental que baja y sube, y que ahora anda un tanto alicaída o morotumbada, por la crisis). Cada día me pica un poco más, el escroto. También el perineo. Son ya veintiocho lunas seguidas las que no tengo Internet, querida Telefónica, con la salvedad de unos breves paréntesis, en los que me llegan los flujos excedentarios que yo voy tomando a cucharadas, como Sabines se tomaba la luna. A veces a piquitos, a veces con la puntita. Y con toda la paciencia de Job, porque la paciencia es la telonera de la esperanza, y la Esperanza es lo último que Gallardón quiere perder en su vida.
O sea: empiezo a estar a punto de ebullición, que es una especie de calentamiento general que se coge por las mañanas, antes de levantarte, cuando alguien te enciende los farolillos y la sangre se transforma en un burbujeo abrasador de turbulentas apologías termodinámicas. ¿A algún hermeneuta le interesa saber lo que he querido decir? Pues que espere a que me baje el flemón, que de momento está que se sube por las paredes.
Explicación de la falla:
Yo dije: “Telefónica, ven”. Y telefónica vino. Pero no fue para emborracharse de éxito, precisamente. Hace casi un mes de esa llamada y Telefónica no ha logrado reponer un raquítico MEGA en mi escuálida línea de ADSL. Un mega, “tan poca cosa, y qué energía ambiciosa me hace sentir. ¡Morir! ¿Quién dice morir?...”
Al terminar este artículo he recibido un correo de Telefónica cuyo asunto dice: “Los nuevos empresarios como tú están de suerte” Vaya, y yo sin pasar aún por la ducha....
(1).- Heráclito se refería al agua cuando dijo: “Uno no puede bañarse dos veces en el mismo río”, pero yo creo que su sentencia es aplicable también al proceloso río del tiempo, que fluye incesantemente.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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