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Desde la flor del almendro
Cada vez que escribo un libro, cosa que no ocurre todos los días, tiendo a situarme mentalmente en un punto concreto del escenario que pretendo abarcar. Y es desde ese punto desde el que luego realizo las excursiones que requiera cada poema, si es que hablamos de un libro de poesía. Por ejemplo, en el libro “Hojas lentas de otoño”, ese punto era el cementerio de Muelas de los Caballeros. Cosa natural, si partimos de la base de que allí está enterrada mi madre y el libro es un canto de amor y de muerte.
El libro “Desde la flor del almendro”, cuya inspiración procede de ese maravilloso valle que, pasando por Guadalest, va de Altea a Confrides, tiene su centro neurálgico en los alrededores del Trestellador, en el término municipal de Benimantell. Y, más concretamente, en una masía extraída directamente del libro Años y Leguas, que, para mí, es el mayor prodigio literario de Gabriel Miró.
Pues bien, mañana –ciertamente muy bien acompañado-, voy al lugar exacto del crimen, donde espero que, a pesar del frío de este invierno, ya habrán florecido algunos almendros. De momento, he cargado las pilas. Las de la cámara, digo. Porque, para ir a ese valle –hubo un tiempo en que iba muy a menudo- las mías están siempre cargadas.
Ignoro lo que vamos a comer, porque no he sido yo quien se ha ocupado de la reserva, pero juraría sin temor a equivocarme que comeremos olleta de blat. Previamente, andaremos sin prisa los caminos de luz que bordean los almendros. Y así, envueltos en calma y en belleza, ganaremos la comida despacio.
Dejo aquí los dos prólogos que encabezan el libro de marras. Uno de ellos es mío. El otro es de Miguel Ángel Lozano Marco, Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, especialista en Azorín y, seguramente, el hombre que más sabe de Gabriel Miró.
Ah, y también os dejo un pequeño poema ¿Cómo iba a faltar? Sería un poco raro, dado que la poesía es mi revolución particular, perenne y voluntariosa.
Un abrazo
Prólogo de Miguel Ángel Lozano De entre los temas poéticos privilegiados por la tradición es posible que el del paisaje sea el que requiera, para su adecuada expresión, una lograda madurez en el poeta. El paisaje no es superficie, sino hondura y densidad, y sólo una prolongada convivencia con él -como sucede en los matrimonios bien avenidos- propicia las claves para su comprensión. Se conoce sólo a costa de entregas, porque no estaremos en el camino adecuado hasta que no comprendamos que el paisaje es el que nos va haciendo a su medida, a fuerza de costumbre. Mariano Estrada ha penetrado en el secreto del paisaje. Ha sabido ver que las formas detenidas en un momento no son más que un engaño; que en cada instante todo participa del flujo de la vida; que todo está conmovido por radical dinamismo en un ejercicio de “presunta eternidad”. El poeta como vidente que ha “aprendido a ver en las heridas / su más oculto fondo”, ha calado en ese fondo dionisíaco, eterno y dinámico: en la germinación vegetal, en el aliento del mar y en las tiernas violencias del amor, en la savia y la sangre que se acompasan con un eterno ritmo ignorante de días. Y al fin me reconozco en el paisaje, dice en uno de sus versos. La conciencia de sí mismo se resuelve en palabras, y éstas realizan el prodigio de diferenciar en medio de tanta confusión, de re-ordenar un caos primigenio sin traicionar la verdad de los enlaces. Para lograr el prodigio de la diferenciación es imprescindible, además de la conciencia, un lenguaje rico, variado y expresivo. El lenguaje intenta poner orden en esta fusión total del tiempo y la materia. El lenguaje es así vida destilada de los días, de los años vividos, y de las leguas recorridas con atenta mirada; vida destilada que preserva los instantes en que se ha palpitado, no para dar la medida del tiempo, sino para acompasar su ritmo con la eterna pulsación del mundo. Miguel Ángel Lozano
Prólogo del autor
En las breves líneas que ilustran la solapa de mi último libro publicado, Azumbres de la noche, manifiesto que fue escrito donde tiene su aposento la luz, entre las brisas salobres de este undoso Mar llamado Mediterráneo. Lo que entonces no sabía es que el mediterráneo lo llevaba yo dentro, al menos en alguna de sus formas o interpretaciones. Lo supe al esbozar otro libro: el que ahora está en tus manos, lector, pues aparte de la luz o el mar, tan tópicos como ineludibles (tan propicios, por tanto, para la impregnación, la subyugación e incluso la dulía), aparte de "esas cosas", digo, se deja ver el paisaje: ése que yo he aprendido a amar en los 21 últimos años de mi vida: pinos y palmeras, hortales y collados, regatones, trochas, cambroneras... Y especialmente el almendro, con su tronco de vieja soledad, con su flor de luna.
Ni que decir tiene que el paisaje de mi niñez, tan otro, tan distinto, queda preservado amorosamente en los claros sin tacha de mi alma. Frente a él, y a pesar de tan honda caladura, el mediterráneo es un beso reciente. No se excluyen, no obstante; quizás se complementan; los dos habitan en mí de una forma civilizada y enriquecedora. Eso sí, me duelen ambos porque ambos corren peligro: uno por obligadas incurias, otro por excesivos hormigones.
Y entre estos dos azúcares de amor, yo, amante pródigo, confieso que un paisaje de almendros -especialmente en un lugar adecuado, como lo son ciertos valles de la Marina (Alicante)-, es de tal belleza que a mí me arrastra a las fimbrias nebulosas de la realidad o íntima frontera del ensueño. Es decir, me deja boquiabierto, desverbado, humildemente desnudo.
Lo penoso es pensar que sobre estos enclaves milenarios, cargados ya de lastres insufribles, pero bellos aún, pueda alzarse una sentencia última de mutilación o varias más sutiles de velada muerte. Por lo cuál, desde esa flor dulce de luna, cárdena o albina, con toda la belleza subsidiaria del paisaje, yo vindico el almendro no sólo como exaltación de un pasado, sino también y, sobre todo, como parte inexcusable de nuestro destino.
Mariano Estrada
Caía una lumbre mojada en las
copas de los almendros...
Gabriel Miró (Años y Leguas)
DECURSO
Cuando me tiemble el corazón
en las cenizas de la tarde,
mi luz será un cayado
de mareas en
constante mar.
Sobre ellas andaré,
por cuérnagos de luna,
oliendo a intimidad y a epifanía,
gozando en el jazmín
los atributos de la sombra
o el espeso decurso de la noche
hacia un amanecer
claro de almendros.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com
Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios
Día 24 de enero del 2009: Fuego en La Marina Baixa
El proyectado día de almendros y olleta de blat, se convirtió en un temporal de viento a 120 km/hora y, por causa de éste, en un fuego horroroso que obligo a la evacuación de más de 14.000 personas en la Marina Baixa, concretamente de los municipios de Benidorm, Alfaz, Finestrat, Polop y La Nucía.
Parece ser que el aire derribó una torre de alta tensión y éste fue el origen del fuego. Las consecuencias son graves, por lo que se refiere a viviendas y arbolado. Por fortuna, parece que no hay que lamentar la muerte de ninguna persona.
Un abrazo