sábado, 06 de diciembre de 2008


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LA IMPORTANCIA DE
LAS ABEJAS


A Daniel Estrada y a Eli Expósito

 

A lomos de una yegua rojiza, Juan , padre, e Isidro, hijo, se dirigen al colmenar de Tijera (Tijera es un paraje de Muelas de los Caballeros, en la provincia de Zamora). A la altura del cementerio, se les une una tercera persona que, en contra de lo que pudiera parecer,  no es el Espíritu Santo, sino un ocasional compañero de viaje. Se llama José Antonio y  lleva perro y montura.

-Los cementerios siempre me producen escalofríos –reflexionó el incorporado en voz alta.

-Hombre, en el invierno son lógicos –repuso Juan con un rictus de sorna.

-Lógicos o cronológicos, lo cierto es que la carne se me pone de gallina.

-Entonces, José Antonio, el caldo lo tienes de balde.

 

El lugar llamado Tijera, donde se curva el Fontirín para adentrarse, después,  en territorios ignotos, es la parte más baja que Isidro anduvo nunca del río, un río cuyas aguas transparentes permiten ver a las truchas cuando salen de sus escondrijos bajo las piedras. Y es ahí, bajo las piedras, donde a veces son sorprendidas por determinados pescadores aventureros que, emulando a un gato famoso, suelen pescar con botas. Otros pescan con cañas de bambú, pasando del mosquito a la cucharilla, tal vez de la paciencia al desánimo. El trasmallo se considera un aparejo depredador y está prohibido por ley, como la nasa. No digamos las redes o los venenos.

-¿Y la lombriz? –inquirió en este punto José Antonio.

-Quien pesca con lombriz –repuso Juan- no sólo no transgrede la ley, sino que es un inocente y un cándido. A no ser que las lombrices sean las propias, porque entonces está ahorrando el ricino.

-Tan cierto es lo que acabas de decir, Juan,  que incluso tiene un nombre: pescar a ojete.

-¿Con lombrices? No sé, José Antonio, la versión original venía con un garbanzo en el culo...

 

A pesar de la edad, o precisamente por ella, a Isidro no le impresionaban estas conversaciones de chirigota que, asumidas por la costumbre, tomaba exactamente por lo que valían. En cambio, había otras cosas que, siendo mucho más naturales, no le dejaban de impresionar:

-¿Sabes, papá?: ayer vi una culebra que estaba tragándose a una trucha.

-¡Vaya! ¿Era la primera que veías?

-Sí, la primera. La tenía engullida por la mitad y no podía moverse ¡Menuda boca, Dios, parecía que se le iba a desencajar!

-Claro, la trucha sería grande y... –razonó Juan, un tanto  absurdamente- ¿Y tú qué hiciste? –concluyó.

-Nada, las empujé con un palo hasta la orilla y las estuve mirando un buen rato; luego las dejé donde estaban.

-¿Y no sentiste una especie de repelús?

-Al principio, sí, un poco. Luego las miré tranquilamente y... ¡qué quieres!, al final me dio pena.

-¿Pena?  -se sorprendió Juan- ¿Por qué?

-Hombre... –razonó Isidro, tratando de justificar su sentimiento- la trucha estaba muerta, la pobre; y  la culebra era inválida... ¿Cuánto le costará digerirla?

-No lo sé, Isidro, pero tiene todo el tiempo del mundo...


 
http://album.miarroba.com/Mariano.Estrada/21/78/


Al llegar a Villarrío, donde la primavera es un manto que estremece, José Antonio procede a despedirse de sus circunstanciales compañeros de viaje, pero antes se ve en la necesidad de decir:

-Virgen Santa, Juan, ¿será por flores?... Si este año no hay miel es que las abejas son zánganos.

-Así es –contestó Juan, desde una satisfacción no contenida- a finales de semana las colmenas pueden ser hervideros; además,  los robles van a atiborrarse de enjambres.

-¿Enjambres? –se sorprendió José Antonio- Yo soy lego en abejas, Juan, pero si veo un enjambre lo que hago es que salgo zumbando.

 -Bien se ve, José Antonio –se apresuró a decir Juan- que tu reina no es de este mundo. Pero estás en un error: las abejas de un enjambre pierden el instinto de la picadura. Mucho las tienes que cabrear para que piquen...

-¿Cabrearlas yo? ¡Ni churros, hombre! Y te digo más, Juan,  acabas de conjurar el peligro de por vida...

A medida que avanzaba  la mañana, la mente de Isidro se iba acabando de despejar. Máxime cuando los pensamientos, tras la última conversación de los mayores, estaban taladrados por las abejas.

-Papá –dijo, mientras miraba las espaldas de José Antonio- ¿Es verdad que las abejas son machorras?

-Sí, salvo la reina, que es la que pone los huevos.

-Pues a mí me parecen delicadas y femeninas, como las mujeres.

-Y lo son, pero también son estériles como las mulas ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

-No sé, yo me acuerdo de Justa, la hermana del pastor, ya sabes. Es una mujer pero parece un hombre. Las abejas, en cambio,  jamás parecen zánganos.

-Menos mal, Isidro, así no se matan entre ellas.

-¿Y por qué los matarán,  por holgazanes?

-¿A los zánganos? No creo –Contestó Juan, serena y razonadamente- Lo hacen porque, cumplida su misión, las abejas los juzgan  inservibles.

-Entonces, papá, ¿por qué no matamos nosotros a los viejos?

-¡Vaya una pregunta, muchacho! –se admiró Juan, en tanto meditaba una respuesta- Las abejas –dijo finalmente- actúan por instinto. A nosotros, por fortuna, nos mueve el corazón y las razones.

 

Cuando a Isidro le decían en la escuela que mayo era el mes de las flores, nadie le hablaba jamás de las abejas, sino de la Virgen. ¿Por qué? Es más, nadie pensaba en las abejas cuando, por indicación de maestros o de curas,  salía a coger flores a los prados para ofrecérselas a La Virgen.  Y para colmo, a la Virgen se la honraba con flores pero, como éstas, posteriormente, no se veían muy bien en el altar debido a que la Iglesia era oscura, entonces se iluminaban con cirios. ¿Y a alguien se le ocurría pensar que los cirios  provenían de la cera donde las abejas depositaban la miel? No, la Virgen se llevaba las flores y los cirios, porque tenía de antemano la veneración, lo cual se relaciona con la fe. Y la fe mueve montañas, ciertamente,  pero sugiere la sumisión de la voluntad, y la sumisión de la voluntad asume el reconocimiento de la concepción sin mancilla. Virgen y madre. Génesis misteriosa. No ha conocido varón. Para ella los cirios y las flores.

-Papá: ¿las abejas son importantes?

-No sé, Isidro, ¿es importante la miel?

A Isidro se le fueron los pensamientos a las rebanadas de pan de la merienda y reconoció gustosamente:

-   Sí, la miel es importante, pero, si quitáramos la miel, ¿las abejas seguirían siendo Importantes?

-Tú dirás, muchacho, ¿son importantes las lagartijas y las mariposas?



 

Las colmenas eran troncos de roble vaciados interiormente, sobre los que se ponía, después, una losa plana de pizarra. Entre el vaciado de los troncos y la colocación de la losa, mediaban unos cuantos agujeros, por los que las abejas se comunicaban con el mundo, y una serie de travesaños que servían de sujeción a los panales de cera.

Las colmenas de Juan estaban en el interior de un recinto, levemente escarpado y pizarroso, en el lateral este del Fontirín, quedando hacia el oeste el agua y la vista. Las flores emergían por todas partes, ya que el monte limítrofe era un brezo profuso y extendido. Los alrededores del colmenar, incluidas las paredes y los peñascales, acogían a una hueste prolija de lagartijas. ¿Eran importantes las lagartijas? “Tú dirás, muchacho”. Las mariposas trazaban sobre las flores un número incontable de revoloteos. ¿Eran importantes las mariposas?

-¡Siiií! –gritó Isidro de pronto-. ¡Las abejas son importantes!

-Vaya –replicó Juan- ¿Y cómo lo has sabido?

-No lo sé, papá, sólo te puedo decir que estaba viendo un campo enorme de flores donde, extrañamente,  no revoloteaban las abejas ni las mariposas, y pensé: esas flores no pueden ser sólo para la Virgen, porque juntas no cabrían en todas las Catedrales del mundo....  Pero las flores, cortadas por manos invisibles, llegaban en manojos a la Iglesia, amontonándose en el altar, donde crecían y crecían... Hasta tal punto crecieron que los fieles, “venid y vamos todos”, se vieron aplastados contra los muros, “con flores a porfía”, donde antes se proyectaban  sus cánticos, “con flores a María”, y ahora se ahogaban sus estertores, “que Madre nuestra es”.... Ninguna mariposa, ni una triste abeja, ni un solo abejorro...

-¡Caramba! –susurró Juan, entre ahogos y enternecimientos- Sí que has ido tú lejos con los dibujos...

Pero Isidro, que estaba como ausente, no dio muestras de oír el comentario de su padre, de modo que prosiguió con la linde:

-Entonces miré hacia el exterior y vi la escuela sin niños, los aleros sin golondrinas, las calles sin gatos y sin perros. Y de pronto me vi sólo en el mundo: sin padres, sin hermanos, sin amigos, sin sonrisas... Por eso temblaba cuando grité. ¿Te diste cuenta? Por eso te he cogido la mano...

-Pues ahora me la tienes que soltar, amigo, porque acabas de reencontrarte con el mundo y porque, mira, ya nos están esperando las abejas.

 

Cuando llegaron al colmenar, al que Isidro accedió con el respeto conveniente y, por lo tanto, con la debida protección, Juan se dirigió a la colmena más próxima a la entrada y, remangándose la camisa, metió dentro los brazos y los dejó a merced de las abejas durante algunos segundos. Cinco, diez, quince, veinte...  Isidro miraba a su padre desde una confianza absoluta, por supuesto, pero también con el corazón asombrado y encogido. Veinticinco, treinta, treinta y cinco... Un tiempo, en todo caso, que a Isidro le pareció la eternidad.

-Ya sabes, Isidro, que con esto se me quita el reúma –le aclaró su padre, mientras sacaba los brazos de la colmena.

-¿Y no sientes dolor? –le preguntó Isidro.

-Claro que lo siento...

-¿Y por qué no se te tuerce la cara?

-¿A ti se te torcería?

-Ya lo creo, incluso si me picara una sola.

-No sé, a lo mejor quiero hacerme el valiente...

-Sí, sí, el valiente...

Se quedó pensativo unos momentos y, sin dejar de mirar a su padre, prosiguió con el interrogatorio:

-¿Y por qué no se te hinchan los brazos, vamos a ver?

-No lo sé, Isidro, quizás por la costumbre  –contestó Juan,  casi desmigando las palabras- Pero quiero decirte una cosa: las picaduras de abeja no son malas en sí, siempre que no sean excesivas. Y, lo que es más importante, siempre que no tengas alergias. ¿Tú tienes alergias, Isidro?

-¿Alergias? No las conozco ni de nombre, papá,  pero, si son como el miedo, se me van a juntar con las lombrices...

-Son peor que el miedo, Isidro; tanto es así que “alergia y picadura pueden acabar en sepultura”.

De Tijera hacia arriba, el río tiene parajes intransitables que a Isidro le parecen particularmente maravillosos.  Hay zonas abruptas y peñascosas,  que están cubiertas de ramas enmarañadas en un mestizaje selvático: salgueras, urces, carrizos, escobas, helechos, zarzamoras, escaramujos...  Hasta los robles se acercan a la orilla a compartir la humedad con los humeros, árboles genuinos y definitorios, formas vegetales, acaso trascendencias del agua. 
 

http://album.miarroba.com/Mariano.Estrada/67/186/

De vuelta hacia el pueblo, montado en su alazán y con su padre al lado, Isidro va recreándose en un río cuyo cauce no se deja ver, pero que puede imaginar perfectamente, porque él ha estado allí, por dentro, en esa soledad íntima y sonora, en esa insospechada magnificencia,  donde los árboles hacen arco al agua y ésta se estanca o se derrama, caprichosa y libremente,  en repentinos saltos de espuma.

Y en medio de esa nube, a Isidro se le va asomando a los ojos una sonrisa tranquila ¿Es feliz? Sin duda. Pero él no tiene conciencia de su felicidad, ni siquiera de una forma remota, sino que se limita a vivir cada momento, involucrando en su vida no sólo a sus padres, a sus hermanos y a sus amigos, sino también a las culebras, a las truchas, a las lagartijas...  y especialmente a los árboles, a los que se sube tan a menudo, a los que abraza y a los que quiere, sintiéndose savia de sus savias, hoja de sus hojas, madera de sus maderas. Desde esa dimensión, en ese espacio ancho de naturaleza compartida, ¿no iban a ser importantes las abejas y las mariposas?

 

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

Blog http://paisajes.blogcindario.com

Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios

 

 

 


Tags: Importancia, colmena, abejas

Publicado por Mariano.Estrada @ 13:34
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Comentarios
Publicado por Invitado
sábado, 06 de diciembre de 2008 | 20:33
Poema sobre las abejas hermoso, entretenido e ilustrativo. Cierto es que pueden ser peligrosas, ya que si una persona es alérgica puede llegar hasta la muerte.

Sin embargo, como dece el poema, las picaduras, pueden llegar a ser buenas -si no son en demasía - para el reúma. Y la miel, el polen o la cera, son productos alimenticios e inclusive curativos de enfermedades

En definitiva, Mariano, que según dicen las personas: DIos creo a todos los animales con algún fin, de lo que se deduce, que todos son útiles para alguna cosa, aunque algunos no nos gusten.

Aunque estoy en desacuerdo con una estrofa que habla Juan, o Isidro (no recueredo quién afirmaba algo sobre la muerte de los zánganos). Solo decir que ahí se equivocan, porque el planteamiento está mal, el hombre es mucho peor que la abeja, ellas se apartan de los zánganos y su final es matarlos, nosotros...bueno, el hombre no solo puede matar a una persona vieja e inseervible, sino que mata a niños, jóvenes y adulto

JMP.
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 12:32
Querido José Miguel:

Nuestro común amigo Agustín Zaragozá, el filósofo sueco (de Sueca), diría que las abejas están organizadas mediante un tipo de sociedad, el holismo, que viene a concebir la realidad como un todo distinto de la suma de las partes que la componen.

En cuanto a nosotros, los humanos, lo más parecido que hemos conseguido organizar ha sido el socialismo real, y ya ves lo que ocurrió. Y es que en la especie humana prima ante todo el individualismo, que es justamente lo contrario.

Ya sabes que las abejas han atraído siempre la atención de grandes pensadores. Uno de ellos llegó a decir que si las abejas desaparecieran, los hombres desapareceríamos también en muy pocos años…De manera que nos conviene cuidarlas, aunque de vez en cuando nos piquen.

Es cierto que las picaduras humanas suelen ser más graves y dolorosas…

Un abrazo
Publicado por justino
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 14:27
Precioso artículo. Como siempre. Un abrazo
Publicado por justino
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 14:31
Precioso artículo. Como siempre. Un abrazo
Publicado por Invitado
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 14:34
Precioso artículo. Como siempre. Un abrazo
Publicado por Invitado
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 15:54
Querido Mariano,

Yo no sé si faltasen las abejas, el hombre desaparecería pronto, creo que al ritmo que vamos, ni eso es necesario. EStoy de acuerdo en todo lo que dice tu artículo o poema, y sobre todo - aunque de vez en cuando recibamos algún picotazo- y más todavía en que hay que cuidarlas y protegerlas, yo no puedo ver como alguién mata a una abeja cuando se le aproxima.

Del amigo Agustín, ni hablemos, ayer comimos Fany y yo con él en su apartamento de Cullera, ¡nos invitó y todo! Pero la verdad es que después de comer nos fuimos a dar un paseo para rebajar los hidratos de carbono, y siempre me voy haciendo la misma pregunta ¿como puede este tío escribir tan bien, si cuando vamos hablando me desespera? Deberías leer el artículo que ha escrito sobre Humet en el Semanal Digital. Paseando me dijo que un día tenemos que ir a Navarrés para ver su tumba, y me pregunta ¿Dónde está Navarrés?
Y me voy a callar porque hay cosas más fuertes.Bueno, tengo autorización suya.

Abr

JMP
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 18:25
Gracias por tu opinión, Justino.
Veo que has tenido algún problema con el mecanismo de los comentarios. Parece ser que como mejor funciona es usando la casilla de "Invitado". Luego pones tu nombre debajo del texto y ya está.
Seguro que el este relato de abejas te ha llevado a "las abejas del Valle", en La Virgen del Camino. Bueno, pues ya sabes que salieron de ahí, de Tijera, donde mi padre tenía un colmenar.

Un abrazo
Publicado por Invitado
domingo, 07 de diciembre de 2008 | 20:08
Las abejas, tan pequeñas pero tan importantes, más importantes que los seres humanos dentro de la cadena alimenticia, ya que sin ellas no hay polinización de ninguna planta. Sin las abejas no hay frutos, no has semillas, no hay más plantas nuevas. Al no haber plantas nuevas ni frutos, los animales y el hombre, no tendremos que comer.



…Si la raza humana desapareciera del planeta lo único que provocaría sería el florecimiento de la vida en todos los sentidos de la palabra.
Publicado por Invitado
lunes, 08 de diciembre de 2008 | 12:24
Querido Mariano: gracias por volver a "polinizar" nuestra mente y nuestra sensibilidad. Se te echaba de menos. Ya creía que se trataba de otra avería (tan frecuente en mi equipo) pero deduzco que estarías en ese afanoso laboreo dentro de la colmena para volver a ofrecernos dulzuras de buena miel literaria y criterios de juicio frente a los desmanes de los adinerados.
Has vuelto a evocar en mí otros tiempos en los que mis ojos infantiles no perdían detalle de las tareas de apicultura que realizaba mi tía Genoveva. Más de una vez tuve que ir en busca de algún enjambre huído. Qué fantástico espectáculo observar la masa viva y cimbreante de decenas o centenas de miles de abejas colgada de una rama de árbol que luego obedecían dóciles a entrar en el "cepo" (creo recordar que así se le nombraba)una vez que se conseguía introducir en él a la reina.
Un abrazo. Santos
Publicado por Invitado
lunes, 08 de diciembre de 2008 | 12:33
Querido Mariano: gracias por volver a "polinizar" nuestra mente y nuestra sensibilidad. Se te echaba de menos. Ya creía que se trataba de otra avería (tan frecuente en mi equipo) pero deduzco que estarías en ese afanoso laboreo dentro de la colmena para volver a ofrecernos dulzuras de buena miel literaria y criterios de juicio frente a los desmanes de los adinerados.
Has vuelto a evocar en mí otros tiempos en los que mis ojos infantiles no perdían detalle de las tareas de apicultura que realizaba mi tía Genoveva. Más de una vez tuve que ir en busca de algún enjambre huído. Qué fantástico espectáculo observar la masa viva y cimbreante de decenas o centenas de miles de abejas colgada de una rama de árbol que luego obedecían dóciles a entrar en el "cepo" (creo recordar que así se le nombraba)una vez que se conseguía introducir en él a la reina.
Lástima que mi paisaje de brezos haya desaparecido. Así se evitarán incendios, pero también mucho más, me temo.
Un abrazo. Santos
Publicado por Lidia
martes, 09 de diciembre de 2008 | 0:24
¡Querido Mariano, qué maravilla de historia-cuento-poema sobre las naturaleza en general y sobre las abejas en particular nos has regalado! Muchas gracias por escribirlo y compartirlo.

El mundo de las abejas siempre me ha fascinado. Que unos bichitos tan pequeños y aparentemente no dotados de inteligencia sean capaces de organizarse para fabricar tantos productos tan perfectos y útiles se me antoja casi mágico, o sobrenatural, o milagroso... ¡o yo qué sé! En todo caso es un portento. Además estas pequeñas criaturas resultan vitales para el mantenimiento del ecosistema. Creo que fue Einstein quien dijo eso de que si las abejas se extinguieran, la Humanidad sólo podría sobrevivir cuatro años. Aunque también es cierto, como dice JMP, que no necesitamos que desaparezcan para destruirnos unos a otros, lamentablemente.

(Continúa)
Publicado por Lidia
martes, 09 de diciembre de 2008 | 0:29
Te voy a regalar unos versos de Dulce M. Loynaz sobre las abejas que seguro te gustan tanto como a mí (aunque quizá ya los conozcas):

"APIS MELLIFICA

Visión dinámica:
Embriaguez de rosa,
miel en tránsito y oro en grano vivo;
hélices para el vuelo de algún sueño...

Visión estática:
Panal labrado,
catedrál gótica de cera."

Pues eso... ¡besos de rosamiel!
Publicado por Mariano.Estrada
martes, 09 de diciembre de 2008 | 2:39
Querido Santos:

Todo el mundo que de algún modo ha entrado en él, dice que el mundo de las abejas es fascinante. Yo también lo creo. Y creo que los que hemos tenido la ocasión de contemplarlo de cerca en algún momento de nuestra vida, hemos sido realmente afortunados.

Este relato no lo he escrito ahora, sino hace ya tiempo. El silencio al que aludes tiene otras causas, en las que ahora no procede entrar, pero no te equivocas del todo: también he escrito un libro.

Gracias por tus palabras.

Un abrazo
Publicado por Mariano.Estrada
martes, 09 de diciembre de 2008 | 19:01
Lidia:

Tus palabras son siempre disfrutadas.

Me ha sorprendido gratamente el poema que nos has dejado de Dulce Mª Loynaz, de quien he leído algo, pero tal vez no lo suficiente. Desde luego, no conocía esa pequeña joya sobre las abejas, con su visión dinámica y estática. La “catedral gótica de cera” me ha llevado, sin quererlo yo, al techo de la Basílica “Santa Maria la Maggiore”, en Roma. Ya ves si hay dinamismo en la abeja de mi pensamiento. Un techo renacentista, que a mí me impresionó el día en que lo vi y, desde entonces, lo tengo muy vivo en el recuerdo.

Gracias por dejarnos aquí esa…

MIEL IMPREVISTA

Volvió la abeja a mi rosal.
Le dije:
- Es tarde para mieles; aún me dura
el invierno.
Volvió la abeja...

...Elije
-le dije-otra dulzura, otra frescura
inocente...

(era la abeja obscura
Y se obstinaba en la colora hueca...)
¡Clavó su sed sobre la rosa seca!...

Y se fue cargada de dulzura...

Dulce Mª Loynaz

Un beso de miel
Mariano
Publicado por Lidia
miércoles, 10 de diciembre de 2008 | 1:49
¡Amm! Ese poema también me gusta mucho, la verdad es que estuve dudando entre los dos.
Estoy impaciente por leer tu nuevo libro, querido Marito. ¿Cuándo podremos hacerlo?
¡Besos curiosos y expectantes!
Publicado por Lidia
miércoles, 10 de diciembre de 2008 | 1:54
Por cierto, ¿has bajado ya del techo de la Basílica o te has quedado revoloteando allí cual abejorro?
(Jisjisjis)
Besos divertidos...
Publicado por mariano santiso
miércoles, 10 de diciembre de 2008 | 16:53
Gracias Mariano por este relato.
Creo que cada día que pasa al hacernos mayores las pequeñas cosas se convierten en importantes.
Nuestra mirada recupera los recuerdos olvidadados y sucesos de hace muchos años se nos hacen de pronto presente con toda nitidez, recordando los olores, los sonidos, los colores, las sensaciones...
Las abejas y las hormigas y su perfecta organización siempre me han dado mucho que pensar.
Me alegro de reencontrarte, has vuelto al arbolillo en el que te he buscado muchas veces.
Un abrazo
Mariano Santiso
Publicado por Mariano.Estrada
jueves, 11 de diciembre de 2008 | 2:44
Querido Mariano:

Aquel arbolillo seco se convirtió en una naranja de Navidad ¿Sabes que a mí, de niño, los Reyes me dejaban naranjas en los zapatos? Y te puedo asegurar que era un gozo comerlas, porque en Zamora no las había. La primera vez que yo vi naranjas en un árbol fue en una calle de Córdoba. Y caí en la tentación de probarlas, claro. Nadie me dijo que eran bordes…
Me alegro de verte por aquí. Y de que te haya gustado el relato de las abejas.

Un abrazo
Publicado por Invitado
domingo, 14 de diciembre de 2008 | 13:30
Querido Estrada: Ameno relato que invita a ser leído sin pausa alguna, como todo lo que escribes.
Felices Navidades y que el Nuevo Año te traiga lo que más desées.
Cistierna
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 14 de diciembre de 2008 | 17:59
Estrada, Valdés: vínculos que nos llevan a cierta época y a cierto lugar. Nada nuevo. Espacio y tiempo ¿Sabes que de ahí, de ese paraje llamado Tijera, salió la colmena matriz de las que Félix M. del Cura puso en el Valle? Por cierto, decíamos “el Valle” como si no hubiera otro. Y los había ¿Recuerdas el Valle de Josafat? Por no hablar del Valle de lágrimas, del Valle de los Caídos, del Valle-Inclán… Hoy, si es algo, es el Valle de la Memoria o Valle de Vibot.

Gracias por tus palabras, querido Valdés, y Felices Fiestas.
Un abrazo