
Mírame, ven y olvida
Queridos amigos:
Os dejo tres poemas de Azumbres de la noche que vienen a atender el deseo, voluntariamente expresado, de nuestro amigo Luís Teódulo, que quiere recibir en su alma atribulada el delicado cauterio de las palabras mínimas, la expresiones leves, los cantos hilvanados por el susurro de una voz inconsútil.
Y yo lo atiendo gustoso porque, aunque “mi bandera se yergue sobre las aras del fuego”,
El tiempo ha sido la azuela
con la que he pulido el verbo del amor:
amar, amante, amigo, amado.
Y en esa forma breve
voy llegando a la orilla de la calma.
Ya no busco el mar,
que es siempre ola,
ni el vértigo del viento
cuyo soplo es remolino y obsesión,
sino el alma de la tierra,
lentamente cálica,
donde el tiempo fluye
de una caricia constante.
Veo que al final son cuatro poemas y no los tres anunciados. Es decir, un cuadrivio en lugar de una troika. Este que acabas de leer, querido lector, pertenece también al libro Azumbres de la noche y se titula “El tiempo” ¿No le pega? ¿Sí? Pues lo vamos a denunciar por malos trotes.
Un abrazo
Los poemas:
MÍRAME
Mírame por fin, callada pena,
sobre el hombro atribulado de un amargo pretérito
que ya refiere cuentas indoloras, desembarazadas.
Mírame y ahonda
tu mirada antigua
en el tálamo central de estas arterias,
o piélagos de sangre,
crecidas en laurel de largo exilio.
Mírame del todo, mírame
con ojos redivivos, con mirada libre,
por cuenta de una amor que ha sido pájaro enjaulado,
que acaso es melodía victoriosa,
pero puede ser aún
el hambre
la asolación de una guerra descastada.
Mírame y olvida la costumbre
de mirar en sueño,
porque ya podemos ser palabra viva,
realidad y carne.
Mírame hasta el poso de esta nube venal
y dime si ha de huir o desatarse.
Un instante, uno, mucho más que un martirio,
es el tiempo que tiene para ser incertidumbre.
VEN A ESTA VENTANA AMANECIDA
Quede en el arcano tu rasgada pena,
pero no en tus ojos.
Que huya el huracán, que cese el llanto,
que la guerra intestinal disponga olor a victoria
y el seno calmo del alba traiga luz a las criptas.
Basta ya
de tierra malhadada,
de infestada sombra,
de fétido sabor, de adipocira...
No se permita a la noche desenterrar más cadáveres.
¡Basta!, digo.
Y con ello digo ¡Venga!
Venga el borbotón primaveral,
el cálido rumor, la risa,
los geniecillos del aire.
Vengan los ejércitos del sí,
el sol, la música, los astros,
las simientes líricas.
Venga el renacer, la afirmación, el brote nudo,
la noche despojada de sus ácidos venenos.
Venga un mar de amor.
Y tú, gaviota leve, ven... Ven haciéndote ola.
Ven a esta ventana amanecida
y mírame en el tiempo y en la calma.
OLVIDA
Porque no es la sed quien nos ahoga
quiero poner un verano en tu lengua
para que olvide…
¡Olvida!
La eternidad es la llama.
La llama es un catarro arrepentido
que reclama nube,
que requiere viento.
Viento, nube, llama,
fronterizos del mar hacia lo cálido.
Gotas líricas de amor, vapores entrañables
sin posible olvido.
¡Olvida!
Porque no es la sed,
el frío es el verdugo,
el hielo es el culpable de las gargantas ahogadas.
¡Olvida! ¡Olvídalo!
No se entumezcan tus ojos
en los híbridos confines
o la duda.
El agua es sólo un bálsamo
para no alcanzar la muerte por un fuego absoluto.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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