
Elizabeth Piña Estrada. Faro de Calpe. Foto de Fernando Medrano
Palomas desprendidas de un alero de barro
La palabras que dejo a continuación, en cursiva, pertenecen a un pequeño prólogo del libro “Palomas desprendidas de un alero de barro”, incluido en “Azumbres de la noche”. Fueron escritas en las proximidades del año noventa. No es un texto del que, formalmente, me sienta especialmente orgulloso, sino que tira más bien a normalito. Lo que sí me parece destacable es que, a pesar de haber cruzado yo la barrera de los sesenta años, hoy puedo reafirmar exactamente lo que en ellas se dice. Y es que, para bien o para mal, hay cosas que uno no puede elegir, sino que, invocando una vez más a JL Borges, son ellas las que eligen por uno.
En cuanto a los poemas que dejo, poco que añadir a lo que pueda desprenderse directamente de una reposada lectura. Tan sólo recordar que son tres de aquellas palomas que “Iban a volar incontenibles. Para eso nacieron. En vano las codiciaba la muerte”.
Un abrazo
El pequeño prólogo.
Una de las cosas que quisiera conservar de por vida es la capacidad de sentir: condición que creo suficiente para andar por este mundo con el pecho descubierto, evitando no sólo las abulias e hipocondrías, sino también los estímulos bastardos o artificiales.
Naturalmente, soy consciente de que los sentimientos a menudo son dolorosos, pero no lo soy menos de que “al dorso de un dolor puede haber un pámpano de felicidad”. Dicho de otra forma: sin esa capacidad de sentir no puede haber sentimientos, y, sin sentimientos, no puede haber dolores o felicidad ¿Y qué otra cosa es la vida?
En mi alma se cruzan de continuo –acaso alguna vez de consuno-, los hilos de tan opuestas corrientes, dejándome en los ojos aluviones de gozo o de pena, de desamparo o de amor.
Esta es la causa por la que, frisando los cuarenta años de vida, el barro que me constituye ha engendrado unas candorosas palomas. Que el dios me las permita engendrar largo tiempo, porque creo que es un modo muy lúcido, y muy digno también, de mantener a raya a la muerte.
Mariano Estrada
Los poemas
OYE ESTA PALABRA
Oye esta palabra mínima,
ala de ave, apenas mariposa,
que vuelve sobre ti
en un arpegio tenue.
Óyela, concíbela otra vez,
como si fuera el halo
de nuestra lírica luna: la primera.
Deposítala en la flor que tuvo el alma
sobre el pecho herido,
recortado en el papel
y el viento.
Óyela temblar.
atiéndela en regazo de paloma,
con calor de niño,
con caricia suave
desprendida de la yerba.
Mira este potrillo desherrado,
esta gota de agua
caída de una lluvia incontenible.
Ámala otra vez en el camino
lento
que nos dio la tarde.
Pruébala, recíbela,
tómala en tu vientre enamorado
y apártale esa nube procelosa, mala,
en la que ¡ay!, sin darse cuenta,
huyó de tu candor
para dejar de ser ángel
.
TE DIRÍA
Te diría que templaras el acero
refundiendo el corazón
en una artesa antigua de sangre,
que ocuparas el dosel de la caricia añeja,
que fueras el temblor de lo vital, de lo sagrado,
levadura del pan, perfume bueno.
Te hablaría de palomas mutiladas,
de gérmenes truncados por la mala yerba,
corazones desangrados por las aves de rapiña y
dejados gravitar hacia una muerte en sombra.
Te hablaría del desierto, del vacío,
del tren que no es un tren
si no lo espera nadie,
del escaso dios que deja
la batahola gremial de los narcóticos.
Te hablaría del infierno, si supiera.
Pero yo, constante humo,
me he esparcido en el aire y...
ya ves, ya ves...
Sólo se hablar de la rosa.
LA NEGACIÓN
¿De dónde viene, dime, tu negación a la vida,
si no has tenido tiempo de pasar a olerla?
Decir que los abrojos son amargos,
que te duele el aire de aspirar derrotas,
es abrir un cauce al corazón
para que el pecho no se ahogue en las lágrimas.
Pero ¿negarte a la vida?
Negar la proyección de tu mirada,
la savia que los años ascenderán por tu cuerpo,
el andar que cansa y purifica…
Negar la sed, la fuente,
negar también el camino,
la ansiedad de penetrar en un incierto mañana,
el cielo descampado después de las tormentas…
Negarlo todo, todo,
Incluso una segura felicidad
al cabo de tan ásperas congojas…
Negarnos a nosotros que también sufrimos
porque amamos el rincón de donde salen tus llantos…
¿De dónde viene, dime, tu obstinada idea?
Has probado un ápice de acíbar
y pretendes que vivir es amargura.
Lo es en buena parte,
pero tiene atemperancias tan pobladas de dicha…
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com
Poemas recreados: http://groups.google.com/group/paisajes-literarios
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