jueves, 15 de mayo de 2008

“El amor y la nada” (JL Ferris): prefiguración de una espléndida biografía



 
Foto F. Medrano
Ver portada libro: http://album.miarroba.com/Mariano.Estrada/119/285/

"El amor y la nada” (JL Ferris): prefiguración de una espléndida biografía

 

Lo mucho que José Luís Ferris y yo tenemos andado juntos sólo lo sabemos nosotros y las estrellas (incluidas las de Muelas de los Caballeros), pero acaso podía resumirse en la dedicatoria que me dejó escrita en el libro “El amor y la nada”, que es del que hoy vamos a hablar. La dedicatoria es ésta: Para Mariano, por todo lo que le debo y lo mucho que nos damos. Por la amistad limpia e infinita que nos hace mejores. Ni que decir tiene que lo que él me debía a mí no era más que lo que le debía yo a él, lo que dejó meridianamente claro en las palabras que seguían a la presunta deuda: y  lo mucho que nos damos. Porque éstas sí decían la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

 

Quiero añadir, no obstante –y sea añadido como anécdota-, que en una lejana noche de invierno de aquellos mismos días, cuando nos estábamos despidiendo en el vestíbulo de mi casa, se produjo, entre otros, este retazo de conversación:

-Me gusta el anorak que llevas, José Luís –le dije, cuando él se lo estaba enfundando.

-Pues puedes quedártelo, si quieres –contestó él- Es tanto lo que te debo…

 

Pero si él insistía en declarar esa deuda –me diréis vosotros-, ¿no será porque algo te debía? Pues bien, lo que pasaba en realidad es que él había tenido unos problemas con el corazón y durante la convalecencia venía bastante por aquí, lo que nos dio a ambos la ocasión de compartir muchas cosas en el ámbito de esa “amistad limpia e infinita” a la que él se refiere en la dedicatoria, tales como charlas alargadas hasta unas horas inciertas en las que huele mucho el jazmín, salidas nocturnas que rozaban también lo intempestivo (alguna de las cuales acabó en un baño en calzoncillos en la Playa Centro de Villajoyosa); cenas formales o informales que terminaban en versos dedicados y escritos en servilletas de papel, sentadas en el chiringuito de la Playa del Paraíso repasando las canciones de todas las décadas que en el mundo han sido, prodigiosas o no; paseos a lo largo de la playa de Levante de Benidorm desgranando canciones de Serrat…

 

Fue una época densa en la que, solos o en compañía de familiares y/o amigos, compartimos afinidades, intimidades, palabras, pensamientos, penas, alegrías…O simplemente el aire y el sol de las montañas de las Marinas altas y bajas. O bocadillos de miel en el valle de Senija. O una “olleta de blat” en el Trestellador de Benimantell. O los luminosos campos de Tárbena durante la gozosa epifanía de los almendros.

 

Aclarado, pues, que la expresada deuda, de ser algo, era un sentimiento mutuo y se anulaba en la felicidad compartida de tantos buenos momentos, lo que ahora quiero deciros es que en una de aquellas conversaciones informales, mantenida en el porche de mi casa, casi masticando el silencio, casi oliendo a mar, José Luís me reveló la idea que revoloteaba persistentemente en su cerebro y que iba a ser el origen de su segunda novela, “El amor y la nada”. Idea que a él le había surgido porque le parecía imposible que un hombre, poeta y buena gente, un día le dijera a una mujer “Te me mueres de casta y de sencilla” y otro día, no lejano en el tiempo, le espetara “siempre tu pie de liebre libre y loca” ¿Se le pueden decir estas dos cosas a la misma mujer o se las dijo a dos mujeres distintas? ¿Tuvo Miguel Hernández, en esos huecos de vida sin rellenar durante sus estancias en Madrid, algún amor que no se llamara Josefina? Los poemas de “El rayo que no cesa”, ¿fueron inspirados por una sóla mujer, como se venía creyendo hasta entonces, o lo fueron por dos o más mujeres, como a José Luís le hacía pensar la lectura atenta de los mismos? He ahí lo poco, o lo mucho, que se necesita para desarrollar una historia de amor, la protagonizada por Manuel Gilabert y Marcela Duarte, unos nombres falsos que, sólo dos años después, en una impresionante y minuciosa  biografía,  serían sustituidos por otros que no sólo serían verdaderos, sino también familiares y conocidos: los del poeta Miguel Hernández y la pintora Maruja Mallo, ésta última en cuanto amante temporal y destinataria de una gran parte de los poemas de "El rayo que no cesa". (Por cierto, de la pintora Maruja Mallo también ha escrito José Luís una magnífica biografía)

 

Os dejo con el comentario que, tras una sosegada lectura en el porche de mi casa, casi masticando el silencio, casi oliendo a mar, yo escribí entonces sobre el libro.

 

Villajoyosa, 15-05-2008

 

Un abrazo

 

EL AMOR Y LA NADA

José Luís Ferris

 

Elogiar a un amigo es algo que me resulta especialmente gratificante, pero un elogio falso es peor que un infierno, y yo no lo podría digerir. Conclusión: José Luis Ferris es ante todo un amigo. Estas líneas pueden ser  cualquier cosa,  menos falsas.

 

Si prescindimos de posturas apriorísticas sobre la oportunidad o conveniencia de haber escrito este libro, en el que el escritor alicantino José Luis Ferris desarrolla un supuesto caso de amor en un momento determinado de la penosa vida del poeta de Orihuela, Miguel Hernández, coincidente en el tiempo con la inexorable desintegración de la Segunda República. Si logramos traspasar esa barrera de prejuicios que puede construirse con palabras como legitimidad, oficialidad, política, derecho, respeto, honor, familia, muertos... -todos ellos linderos exteriores-, y nos dejamos llevar por el autor a los terrenos precisos y profusos de la literatura, entonces veremos que, por suerte, aunque no por casualidad,  se trata de una literatura de muy alto nivel, tanto en el aspecto puramente formal o estético,  derivado de la sabia utilización de las palabras, como en el clima creado con las mismas para desarrollar u ofrecer, según los requerimientos, unas situaciones verosímiles, unos personajes adecuados y convincentes -en algún caso profundos- y, en fin,  una historia de amor en la que, entre promontorios y simas, hay flores de cercana humanidad, lirios de desesperación o desamparo, rosas de loor y de grandeza.

 

El hecho de que José Luis Ferris, además de novelista reciente y exitoso, sea un poeta alicantino que, queriendo  o sin querer, ha contemplado idénticos paisajes que el poeta de Orihuela, respirado el mismo aire y gozado o sufrido el mismo sol, además de haber sorbido gota a gota la desbordada sensibilidad de sus versos, es acaso la causa de que la imagen del poeta oriolano perfilada en el libro con el nombre de Manuel Gilabert resulte en realidad una prolongación, mejor dicho, una consecuencia exacta de su obra. O sea que si alguien esperaba en tal sentido una aberración más o menos mostrenca, una salida de tono, una propuesta cismática o vengonzante, se ha equivocado de medio a medio. Manuel Gilabert sigue siendo el Miguel Herández de siempre: pulcro, sin dobleces, sencillo, apasionado, poeta sin remedio y hombre de una pieza. Las cartas de Manuel Gilabert podrían ser las cartas de Miguel Hernández. El amor de Manuel Gilabert es el potro desbocado que habitaba en el pecho de Miguel Hernández, el mismo ímpetu, la misma furia, la misma naturaleza.

 

Que la destinataria de ese amor y esos escritos no sea Josefina Manresa, sino Marcela Duarte, es precisamente lo que justifica este libro. Y es también la causa de que su autor, partiendo de una simple duda -proveniente de una lectura meticulosa de los textos de Miguel Hernández-, haya creado una historia de amor  que sólo puede lograrse desde una determinada sensibilidad, desde una forma de ser y de mantenerse en el mundo en la que es imprescindible una carga adecuada de inocencia. Después de todo, José Luis Ferris es un claro deudor de la poesía. ¿Y qué es la poesía, sino el don inestimable que nos permite seguir siendo inocentes?

 

De otro lado, en caso de que el autor hubiera escrito el libro por razones espurias o inconfesables, se podía haber despachado a su gusto a través del personaje central de la novela que, a mi modo de ver, no es exactamente el poeta olezano sino la mujer que inspira ese amor tormentoso, clandestino e incontenible, llamada Marcela Duarte. Esta hermosa mujer, cuya personalidad deja un ramo de flores bienolientes en la de su autor -que paradójicamente es un hombre-, es un personaje que no estaba obligado a un patrón fijo de comportamientos ni de formas o contenidos literarios, a no ser el puramente deductivo, ya que la correspondencia de Josefina Manresa dirigida a la persona de Miguel Hernández ha sido escamoteada o destruida. Pero Ferris no lo ha hecho así, sino que, muy por el contrario, desde esa correspondencia necesariamente apócrifa y libre de condiciones y ataduras,  en la que, por cierto, Marcela Duarte muestra jirones de su creador,  ha mantenido incólume la figura del poeta de Orihuela y hasta creo que, en ese estricto sentido, la ha hecho aún más humana y comprensible.

 

Por lo demás, ¿quién es Marcela Duarte? Pues sencilla y llanamente, una mujer que hace creíbles los arranques amorosos de Miguel Hernández, sus embestidas de pasión, su arrasadora fuerza; una mujer que rezuma humanidad y, por lo tanto, que está abierta al amor, a la ilusión, a la esperanza, pero que es zarandeada y finalmente abatida por el miedo. Una mujer cuya materia constitutiva: cultura, sentimientos y cálculo,  es perfectamente asumible por el común de los humanos, incluidas la mansedumbre y la renuncia, que en realidad son huida. Y no es que fuera especialmente cobarde, no, es que el miedo era un lugar común de la época en que la han hecho vivir. Al fin y al cabo, son legión los mortales que en casos semejantes al descrito, se decantan indefectiblemente por el lado de la seguridad. Julietas hay pocas en el mundo. Quizás Manuel Gilabert hubiera sido un Romeo perfecto.

 

Villajoyosa 08-10-2000

 

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

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Añadir comentario


Querido Mariano, eres una verdadera caja de sorpresas.

Tiene que ser maravilloso asistir al nacimiento de una novela, y mucho más si esa novela tiene por protagonistas a dos personajes de tal fuerza y calibre y tan profundo calado histórico y artístico.

Hace mucho tiempo que quiero leer la biografía de Maruja Mallo. Siempre me ha parecido un ser fascinante e inquietante, como artista y como mujer adelantada a su tiempo, libre, salvaje, impredecible y locamente genial.

Que admiro a Miguel Hernández no es ninguna novedad, así que a la lista de libros pendientes de leer a corto plazo se suma ahora “El amor o la nada”.


(Perdón, “El amor y la nada”, es que soy un poco extremista…:)

Deseo que José Luis Ferris se encuentre completamente recuperado de sus problemas de salud y le felicito de nuevo por estos dos libros que ya estoy deseando leer.

A ti, Mariano, te felicito por este interesantísimo texto y te doy las gracias una vez más por compartir tus vivencias con todos nosotros. Ha sido un verdadero placer acompañaros a ti y a José Luis en esos recuerdos de amistad compartida, de paseos a orillas del mar, de charlas perfumadas de jazmines y estrellas.

Abrazos sinceros a los dos, y que continúe vuestra fructífera amistad por mucho tiempo


Querida Lidia:

Esta caja de sorpresas te anuncia que, además de “El amor y la nada” y la biografía de Maruja Mallo, te espera la biografía de Carmen Conde, que por ahora es la última publicada por José Luís. Al igual que la de Miguel Hernández, estas biografías son trabajos muy minuciosos, muy documentados y muy bien escritos.

Gracias por la generosidad de tus palabras y por esa compañía que nos haces en el recuerdo. He intentado imaginarte en algunas de aquellas situaciones y, la verdad, encajabas muy bien. Te vi suelta la risa y la palabra, y hasta me pareció que tu repertorio musical coincidía bastante con el nuestro y que cantabas desaforadamente con nosotros…

Por cierto, no es tarde aún, se puede repetir alguno de aquellos momentos. No serían los mismos, pero seguro que no les tendrían nada que envidiar.

Un beso


Pues sí que ha sido una sorpresa, y muy agradable por cierto. Ya iba siendo hora de que alguien se atreviese a rescatar del olvido a Carmen Conde, la cual nos dejó una extensa obra de gran calidad literaria y que ha sido injustamente relegada durante tanto tiempo. Una vez más hay que dar las gracias a José Luís por este oportuno y justo rescate.

¡Ay, que se me amontonan las tareas pendientes! Por fortuna son tareas muy atractivas.

¡Besos!