miércoles, 09 de abril de 2008

Sobre la gratitud


Daniel y María, padres de M. Estrada. Lo siento, fotos de Dios no tengo

Sobre la gratitud

 

-Este texto data de hace muchos años y fue escrito un poco al desgaire

-Pues va a leerlo Rita, la Cantaora

-Tampoco hay mayor  inconveniente

-¿Para qué lo cuelgas, entonces?

-Para quitármelo de encima

-¿Y te quedas tan ancho?

-Pues, mira, ya que soy bajito…

-Bajito, sí; pero tienes una cara muy dura

-¡Qué vamos a hacerle! Fue curtida en el frío carballés, como los robles

-Y luego fue enlucida en Portland, como el cemento.

-Puede ser

-Puede ser, no. Es. Y punto.

-Vale: Portland punto es. Aquí lo dejo, para que lo leas a escondidas

-Ni por pienso

-Porque no existes

-Joder, Mariano, ¿cómo es que tú decir tantas chorradas juntas?

-Porque mi gustar Manneken Pis ¿Comprendes?

-Ni torta

-Pues ya sabes, my friend: go home

-Ya, y dejo todos los frentes abiertos

-Es Ou Es. Los frentes, los costados y las perspectivas axonométricas

-Vete a tomar por el saco

-Vale, nos vemos en los créditos

 

Sobre la gratitud

 

Hasta hoy, la vida me ha tratado con una prodigalidad que no sé si merezco; pero como ello es así, así lo digo, y nadie puede hacer nada para cambiarlo. Ni siquiera Dios, para quien todo es posible. Cierto es que pudo ser de otro modo, pero la suerte se puso de mi parte desde que un cura, cuya estola se me hace lontananza, roció mis fontanelas con abrenuncios y agua bendita. No en vano me puso Miguel Ángel, nombre que agradezco no a él, sino a mis padres, que, teniendo el santoral a su antojo, bien pudieron llamarme Jeremías, e incluso Prudencio o Romualdo.

 

Y aquí se inicia un dilema que, con auras de gratitud, participa de la fe no menos que de la incredulidad y del escepticismo. Dicen -y habría que decir dogmatizan, pues creo que lo hacen apodícticamente-, que todo cuanto tengo debo agradecérselo a Dios; y a mí, la verdad, no me acaban de convencer estas cosas. Ya he dicho que el nombre se lo debo a mis padres: ¿debo entender que a mis padres se lo puso Dios en las mientes? ¿Y qué son ellos, entonces, meros transmisores de su voluntad? Por el contrario, si mi nombre fue arbitrio de mis padres, ¿cómo es que debo agradecérselo a Dios? ¿O también en estas cosas hay que partir diferencias, diciendo, por ejemplo, gracias a Dios que mis padres me pusieron Miguel Ángel? A propósito, mi apellido no es Buonarroti.

 

Y dejando a un lado el nombre, otra cosa que tengo es una buena presencia (El epíteto no me hace justicia, pero un cierto pudor me tira de la lengua hacia abajo). Y esta buena presencia, si hacemos caso del dicho, debo agradecérsela a Dios, pero a mí me asalta esta duda: ¿qué hacía Dios en la copulación de mis padres? Me consta que los rasgos corporales se transmiten genéticamente, lo que ignoro es si Dios ha andado por medio, depositando en los genes sus influencias divinas.

 

Si ustedes me preguntan que adónde voy a parar, les digo que no lo tengo muy claro. Lo que sé perfectamente es que, como la vida es generosa conmigo, me veo en la necesidad de darle a alguien las gracias. Y cuando ya las palabras se me asoman a la lengua y a punto estoy de decir (y esto es sólo un ejemplo): gracias, papá, las dudas se me ponen en la frente, con el trasunto de Dios, y a un tris he estado de llamarle Dios a mi padre. Nada más, la lengua recoge sus puntillas y yo reculo en silencio.

 

Pero aún me ocurre otra cosa: por lo general, la belleza me enternece y las mujeres me gustan ¿Qué es lo que puedo decir cuando ambas cosas se unen? En casos de esta especie yo no tengo palabras; lo que tengo es abierto el corazón para gozar sus sabores. Y dado que los gozo a menudo (el rigor no me permite la modestia), quisiera agradecérselo a alguien, pero ¿a quién, a las mujeres? Y en sus trasfondos, ¿a quién? ¿Habrá designo de Dios en mi alargada fortuna? ¿Por qué me quieren tanto las mujeres hermosas? ¿Por esta buena fachada? ¿Acaso por mi cara bonita? ¿Por mis ojos arrobadores, entreverados de mar y de cielo?

 

Todo ello nos vuelve a remitir a mis padres, naturalmente, pero ¿no partimos del dicho de que todo cuanto tengo debo agradecérselo a Dios? Y si no existiera Dios, lo cual es ciertamente posible, ¿tendría al fin que agradecérselo todo a mis padres? He aquí una proposición tentadora: nos echamos al regazo maternal y ya podemos dormirnos en los laureles, sabemos dónde asar las castañas. Ahora bien, comidas las castañas, ¿a quién le echamos la culpa de las ventosidades? Y más allá de las ventosidades, ¿a quién le echamos la culpa de la monstruosidad, la deformación, las anomalías? Hablando de otro modo: si mi porte no fuera atractivo (lo cual constituiría un desafuero), sino repelente, ¿a quién le imputaría la responsabilidad? ¿Puede un ser repulsivo inculpar a sus progenitores? Y en cuanto a Dios, ¿debemos agradecerle cuanto tenemos, aunque ello sea de un orden teratológico?

 

He dicho antes que la vida me ha tratado espléndidamente; luego, en buena ley, las gracias se las debo dar a la vida. De hecho, algún agradecido anterior lo entendió de esta manera, y así lo dejó escrito a la posteridad, ribeteado de música: “Gracias a la vida / que me ha dado tanto”. Pero esto es no decir nada, o muy poco; las trampas del lenguaje son asaz numerosas y a menudo la lógica es absurda. Si vamos más allá, veremos que el agradecimiento trasciende la vida para llevarnos al autor de la misma. Entonces tropezamos otra vez, y siempre con idéntica piedra ¿A quién le debo la vida? No sé, la vida es algo que tengo, como el nombre y la presencia, y dicen que cuanto tengo debo agradecérselo a Dios. Lo que no me gusta mucho es que se salte por alto a mis padres.

 

Llegados a este punto, se me suscita otra duda: ¿es qué se apoyan mis padres para llamarme desagradecido? Lo digo como supuesto, naturalmente, porque mis padres no me han llamado nunca tal cosa (Lo que quiere decir, quizás, que mi corazón ha estado siempre a su lado, latiendo una gratitud enternecida). Pero vayamos al caso: supuestamente, yo soy un bala con puntas deletéreas y, como tal, conculcador de morales y de preceptos ¿Tendrán derecho mis padres a exigirme gratitud, o, invirtiendo la oración, a llamarme desagradecido? La respuesta es rigurosa: no sólo el derecho, sino también el deber y la necesidad, pues ¿qué iba a ser de la vida si se perdiera el decoro? Otra cosa es que mis padres, además de progenitores, fueran recaderos de Dios y mediadores ignaros de su voluntad, con lo que toda gratitud tendría destino en el cielo (Acaso fuera la forma de servir a dos amos a la vez, que, como bien sabe Dios, es empeño imposible).

 

Pero en tanto se comprueba esta hipótesis, yo concluyo que me siento más seguro, y más humano también,  con el corazón pegado a la tierra. La distancia nos roba identidad, acaso identificabilidad, y las alturas son nauseas donde los hombres se pierden.

 

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios

Blog http://paisajes.blogcindario.com


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¡Uff ¡ qué enredo “Sr., Miguel Ángel”. Mejor es que la vida se mueva en alas del viento que, no sabe ni de donde viene ni a donde va. De esa manera romperá su furia o su caricia en Alguien para decirle: tu gratuidad me enternece o me exaspera, pero vivo. Soy agraciado o desgraciado. Y ¿qué culpa tienen mi cadena genética? Ah, parece que toda. Pues si se hubiera alterado seria un fenómeno, tanto por carencia como por exceso. Entonces la “gratuidad” podría ser un reproche o una alabanza.
Qué complicado es ésto. Mejor no filosofar, por mi parte, y menos “cientificar” que soy ignorante. A mi me va mejor la simplicidad del carbonero. Ni se quien soy, ni de donde vengo ni a donde voy (viento o polvo de estrellas que arrastra el viento) pero digo desde el fondo de mi corazón: ¡Gracias mi Dios que me has creado! Estoy contenta de ser como soy.
La foto de nuestros padres, qué recuerdos tan bonitos. Gracias a ellos tu existes, nosotros existimos. Patseluyo


Enredas mucho la madeja, amigo. Puede ser que tú y yo andemos por el mismo sendero, a oscuras y perdidos. Pero siempre queda la luna, el alba, la belleza, las palabras mágicas y la música.

Mira, me has jorobado; lo que yo iba buscando, además de tus encantadores padres, humanos, cercanos, de carne y hueso, era la foto de Dios, que ya veo que no tienes.
Y mira que tú y yo frecuentamos en su día territorios misteriosos y la fe era una cosa natural, como el jersey que nos poníamos cada mañana.
En algún lugar perdimos el jersey y ateridos esperamos que pase la noche fría y llegue la amanecida.

O vendrá Antonia y nos confortará un poco con su misericordia y con su paciente confianza.

Luis Teódulo


No le des muchas vueltas a este texto, Luís. En el fondo, no pasa de ser un juego literario. Es cierto que plantea algunas cuestiones, pero ya son viejas. Y encima no las resuelve (como es lógico).
Por otra parte, el ser que las plantea está dentro del juego, pero no soy yo, o no me reconozco. Claudio Rodríguez decía que al releer su obra se sentía muy alejado de ella, como si hubiera sido otro el que la escribió. A mí suele pasarme a veces, y con este texto me pasa. No me reconozco en presente, pero tampoco en pasado, como “yo ex-futuro” (que diría Unamuno)

Antonia: aunque no de una forma original, creo que has acertado: la respuesta está en el aire, de modo que pongámonos en sus alas. Yo suelo hacerlo a menudo. Por eso estoy como estoy: como una cabra.

Besos y abrazos


Querido Mariano, ¡hay que ver qué fenomenal galimatías de dudas, preguntas y reflexiones encadenadas nos planteas! Es como lo del huevo y la gallina pero subido a un carrusel de la feria, elevado a la máxima potencia y desarrollado casi hasta el infinito. Me refiero al huevo. O a la gallina. ¡O a los dos! O como el pasillo de un hotel, lleno de puertas tras la cuales no sabemos qué se puede esconder: si una respuesta o todavía más preguntas. En todo caso, muy divertido.

Obviamente yo no puedo dar respuesta a tus preguntas, ¡qué más quisiera! Eso que venga Dios y lo vea...yo sólo puedo decir que de no haber existido tus padres tú no estarías hoy aquí, así que hay que agradecer al Destino (o a quien sea) que los reuniera y que además estuvieran tan inspirados en el momento de la procreación ;)


(Continúa)

Además de bien nacidos es ser agradecidos, o algo así,¿no?

Una fotografía preciosa la de tus padres, tan tierna y romántica...¡gracias por ponerla!

Besos...¿existenciales?

P.D.: ¿Tú tienes algún contencioso con las castañas, eh? (juas, juas)

P.D.2: A ver si buscar la fotografía de Dios, que tengo ganas de verle. ¡O que nos la traiga Antonia, que seguro que la tiene!


No soy Rita la Cantaora, pero no me quedo sin decirte que me bastó sólo leer el primer párrafo para valorar y medir tu agradecimiento filial. Entedí que tus padres fueron para tí lo más grande, la mismísima divinidad. Saludos. Juan


¡Que bonito, Lidia!: Inspirados en el momento de la procreación.
O sea, que soy el resultado de una inspiración amorosa. Sello y rubrico. Y agradezco.

¿Contencioso con las castañas? No, sólo buenos recuerdos, donde se incluyen algunos pinchazos, a los que sin duda te refieres. Por lo demás: otoños, fríos, lluvias, hermosas tardes de cartas. El castaño es un árbol precioso. Eso sí, su madera es blanda, se ve que se le va la fuerza por los erizos.

Fotografía de Dios: mejor que nos la mande Antonia, la mía iba a pecar de literaria. Hasta ahora, la fotografía más corriente de Dios es un ojo.

En cuanto a los besos, se admiten incluso irreverentes y “alevosos”


Azuldelnegro. Interesante.

¿Quién eres, di, que no te conocemos? Te llamas Juan Serrano. Puedo elegir entre dos, pero no me casa ninguno. Está claro que tampoco eres Rita, la Cantaora. Y que te gustan los bocadillos de calamares

Buen análisis, el tuyo.

Un abrazo