
Daniel y María, padres de M. Estrada. Lo siento, fotos de Dios no tengo
Sobre la gratitud
-Este texto data de hace muchos años y fue escrito un poco al desgaire
-Pues va a leerlo Rita, la Cantaora
-Tampoco hay mayor inconveniente
-¿Para qué lo cuelgas, entonces?
-Para quitármelo de encima
-¿Y te quedas tan ancho?
-Pues, mira, ya que soy bajito…
-Bajito, sí; pero tienes una cara muy dura
-¡Qué vamos a hacerle! Fue curtida en el frío carballés, como los robles
-Y luego fue enlucida en Portland, como el cemento.
-Puede ser
-Puede ser, no. Es. Y punto.
-Vale: Portland punto es. Aquí lo dejo, para que lo leas a escondidas
-Ni por pienso
-Porque no existes
-Joder, Mariano, ¿cómo es que tú decir tantas chorradas juntas?
-Porque mi gustar Manneken Pis ¿Comprendes?
-Ni torta
-Pues ya sabes, my friend: go home
-Ya, y dejo todos los frentes abiertos
-Es Ou Es. Los frentes, los costados y las perspectivas axonométricas
-Vete a tomar por el saco
-Vale, nos vemos en los créditos
Sobre la gratitud
Hasta hoy, la vida me ha tratado con una prodigalidad que no sé si merezco; pero como ello es así, así lo digo, y nadie puede hacer nada para cambiarlo. Ni siquiera Dios, para quien todo es posible. Cierto es que pudo ser de otro modo, pero la suerte se puso de mi parte desde que un cura, cuya estola se me hace lontananza, roció mis fontanelas con abrenuncios y agua bendita. No en vano me puso Miguel Ángel, nombre que agradezco no a él, sino a mis padres, que, teniendo el santoral a su antojo, bien pudieron llamarme Jeremías, e incluso Prudencio o Romualdo.
Y aquí se inicia un dilema que, con auras de gratitud, participa de la fe no menos que de la incredulidad y del escepticismo. Dicen -y habría que decir dogmatizan, pues creo que lo hacen apodícticamente-, que todo cuanto tengo debo agradecérselo a Dios; y a mí, la verdad, no me acaban de convencer estas cosas. Ya he dicho que el nombre se lo debo a mis padres: ¿debo entender que a mis padres se lo puso Dios en las mientes? ¿Y qué son ellos, entonces, meros transmisores de su voluntad? Por el contrario, si mi nombre fue arbitrio de mis padres, ¿cómo es que debo agradecérselo a Dios? ¿O también en estas cosas hay que partir diferencias, diciendo, por ejemplo, gracias a Dios que mis padres me pusieron Miguel Ángel? A propósito, mi apellido no es Buonarroti.
Y dejando a un lado el nombre, otra cosa que tengo es una buena presencia (El epíteto no me hace justicia, pero un cierto pudor me tira de la lengua hacia abajo). Y esta buena presencia, si hacemos caso del dicho, debo agradecérsela a Dios, pero a mí me asalta esta duda: ¿qué hacía Dios en la copulación de mis padres? Me consta que los rasgos corporales se transmiten genéticamente, lo que ignoro es si Dios ha andado por medio, depositando en los genes sus influencias divinas.
Si ustedes me preguntan que adónde voy a parar, les digo que no lo tengo muy claro. Lo que sé perfectamente es que, como la vida es generosa conmigo, me veo en la necesidad de darle a alguien las gracias. Y cuando ya las palabras se me asoman a la lengua y a punto estoy de decir (y esto es sólo un ejemplo): gracias, papá, las dudas se me ponen en la frente, con el trasunto de Dios, y a un tris he estado de llamarle Dios a mi padre. Nada más, la lengua recoge sus puntillas y yo reculo en silencio.
Pero aún me ocurre otra cosa: por lo general, la belleza me enternece y las mujeres me gustan ¿Qué es lo que puedo decir cuando ambas cosas se unen? En casos de esta especie yo no tengo palabras; lo que tengo es abierto el corazón para gozar sus sabores. Y dado que los gozo a menudo (el rigor no me permite la modestia), quisiera agradecérselo a alguien, pero ¿a quién, a las mujeres? Y en sus trasfondos, ¿a quién? ¿Habrá designo de Dios en mi alargada fortuna? ¿Por qué me quieren tanto las mujeres hermosas? ¿Por esta buena fachada? ¿Acaso por mi cara bonita? ¿Por mis ojos arrobadores, entreverados de mar y de cielo?
Todo ello nos vuelve a remitir a mis padres, naturalmente, pero ¿no partimos del dicho de que todo cuanto tengo debo agradecérselo a Dios? Y si no existiera Dios, lo cual es ciertamente posible, ¿tendría al fin que agradecérselo todo a mis padres? He aquí una proposición tentadora: nos echamos al regazo maternal y ya podemos dormirnos en los laureles, sabemos dónde asar las castañas. Ahora bien, comidas las castañas, ¿a quién le echamos la culpa de las ventosidades? Y más allá de las ventosidades, ¿a quién le echamos la culpa de la monstruosidad, la deformación, las anomalías? Hablando de otro modo: si mi porte no fuera atractivo (lo cual constituiría un desafuero), sino repelente, ¿a quién le imputaría la responsabilidad? ¿Puede un ser repulsivo inculpar a sus progenitores? Y en cuanto a Dios, ¿debemos agradecerle cuanto tenemos, aunque ello sea de un orden teratológico?
He dicho antes que la vida me ha tratado espléndidamente; luego, en buena ley, las gracias se las debo dar a la vida. De hecho, algún agradecido anterior lo entendió de esta manera, y así lo dejó escrito a la posteridad, ribeteado de música: “Gracias a la vida / que me ha dado tanto”. Pero esto es no decir nada, o muy poco; las trampas del lenguaje son asaz numerosas y a menudo la lógica es absurda. Si vamos más allá, veremos que el agradecimiento trasciende la vida para llevarnos al autor de la misma. Entonces tropezamos otra vez, y siempre con idéntica piedra ¿A quién le debo la vida? No sé, la vida es algo que tengo, como el nombre y la presencia, y dicen que cuanto tengo debo agradecérselo a Dios. Lo que no me gusta mucho es que se salte por alto a mis padres.
Llegados a este punto, se me suscita otra duda: ¿es qué se apoyan mis padres para llamarme desagradecido? Lo digo como supuesto, naturalmente, porque mis padres no me han llamado nunca tal cosa (Lo que quiere decir, quizás, que mi corazón ha estado siempre a su lado, latiendo una gratitud enternecida). Pero vayamos al caso: supuestamente, yo soy un bala con puntas deletéreas y, como tal, conculcador de morales y de preceptos ¿Tendrán derecho mis padres a exigirme gratitud, o, invirtiendo la oración, a llamarme desagradecido? La respuesta es rigurosa: no sólo el derecho, sino también el deber y la necesidad, pues ¿qué iba a ser de la vida si se perdiera el decoro? Otra cosa es que mis padres, además de progenitores, fueran recaderos de Dios y mediadores ignaros de su voluntad, con lo que toda gratitud tendría destino en el cielo (Acaso fuera la forma de servir a dos amos a la vez, que, como bien sabe Dios, es empeño imposible).
Pero en tanto se comprueba esta hipótesis, yo concluyo que me siento más seguro, y más humano también, con el corazón pegado a la tierra. La distancia nos roba identidad, acaso identificabilidad, y las alturas son nauseas donde los hombres se pierden.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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