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El ogro de la colina de las flores
Queridos amigos:
La historia que dejo hoy aquí no está tomada directamente de la realidad, pero pasó realmente. Me la contó una persona de confianza que, ella sí, la tomó del escenario en el que, con mayor o menor implicación, su propia vida se desenvolvía. De forma que la vivió muy de cerca y la conocía muy bien. Después de escribirla, hace ya algunos años (¿veinte, quizás?), fue directamente a un cajón, en el que ha estado esperando una oportunidad que, sin embargo, yo creí que no iba a darle nunca ¿Por qué? Quizás porque pensaba reescribirla algún día, ya que tal como había quedado no me gustaba. O no me gustaba mucho, o no me gustaba del todo. Vamos, que no me convencía en absoluto ¿Y ahora sí, señor exigente? Pues no, pero, ya sabes: “Quod scripsi, scripsi”. De manera que no pienso cambiar ni una coma. Y no por capricho o por pereza, sino porque me he parado a pensar y creo que hay razones de peso para que siga siendo como es. Ella misma.
El ogro de la colina de las flores
A Antonia Estrada
En mi cabeza de niño nunca se configuraron los ogros como seres humanos. Los veía, nebulosamente, como una mezcla de animal y demonio: con fauces y cuernos.
Aquellos cuentos terribles de mi niñez, donde el ogro se guiaba por el olor de la carne humana, me ponían los pelos de punta. A veces, en la soledad de mi cuarto, por la noche, trataba inútilmente de contener la respiración para no sembrar el aliento en las sombras, porque éstas llevaban a mis ojos horripilantes figuras que, sibilinamente, andaban al acecho de un bocado de niño.
Mis experiencias posteriores me llevaron a la conclusión de que los ogros temidos eran puro invento de los mayores, especialmente de los abuelos.
Mucho tiempo después, cuando mi edad iba siendo más propia para contarlos que para oírlos, vine a enterarme de que los cuentos de ogros no habían nacido exclusivamente de la fabulación de nuestros antepasados. Supe entonces que los ogros existían de verdad y que los cuentos, con su carga indudable de fantasía, se fundaban en esa real existencia. Pero mis miedos ya se había diluido en los años y, además, los ogros que descubrí cometían sus desmanes en países remotos. Así que de nada me sirvió el conocimiento de su real existencia, ni siquiera para alterar las ingenuas figuraciones que de ellos tenía. Es más, el asunto había caído en un pozo de olvido y, de no se por un acontecimiento reciente, que voy a relatar, es probable que ahí hubiera quedado “usque ad mortem” y los ogros hubieran seguido siendo, como los ángeles o las hadas, recuerdos maravillosos de la niñez, una vez desposeídos de su realidad tenebrosa.
Hoy he tomado conciencia de los ogros; y tengo que decir de ellos no sólo que existen, sino que existen de una forma tan cruda que me han penetrado la mente con erizamientos de horror y repugnancia, como un día ya lejano lo hicieran las víboras. Tan espeluznantes se me hacen que sin duda nuestros abuelos se mostraron para con ellos excesivamente benevolentes, acaso para evitar que nuestros miedos agridulces se convirtieran en amargas torturas.
El ogro del que voy a hablaros era efectivamente antropófago. Por fortuna ya ha muerto. Habitaba la Colina de las flores, o Cementerio de vivos, en un lugar lejano de la selva africana. Hasta el día 7 de noviembre de 1983 era “El Gran Jefe Angaa” de la tribu Mayogó. Su nombre de guerra era “Piel de leopardo”. Sus dominios, aparte de la maravillosa Colina de las flores, abarcaban una extensa zona de la jungla con todo lo que en ella palpita: árboles, leones, hierbas, elefantes…, incluyendo el derecho de pernada y el título de propiedad sobre una treintena de esposas, sus favores, sus hijos, su trabajo. Tenía, además, una legión de lacayos que le procuraban para alimento la comida más suculenta que puedan imaginarse los ogros: carne humana.
Efectivamente, todo ser humano que, vadeando el río, se internara en la Colina de las flores, tenía asegurado un hermoso cementerio para sus huesos. Su carne, como ya se ha dicho, era alimento de dioses. Y el dios era él, el Gran Jefe Angaa, de la tribu Mayogó, el que ordena y manda y, si tiene hambre, come.
Sin embargo, está escrito que a todo dios ha de llegarle su hora, como a todo cerdo su sanmartín, por más que se disfrace de ogro, de jefe de tribu o de espíritu puro. El 8 de noviembre de 1983 aparecía en los medios de comunicación de de República del Zaire la noticia de que el corazón del Gran Jefe Angaa, de la tribu Mayogó, había dejado de emitir sus venerados latidos. Paro cardíaco. El parte médico no dejaba lugar a la duda. En la selva se respiraba la densidad tensa de una gran calma. La noticia, propagada con rapidez por todos los medios posible, incluidos los tambores, era en cierto modo increíble ¿Muerto? ¿El Gran Jefe muerto? ¿No sería acaso una broma?
Mientas el eco mortuorio se extendía por los confines tribales, afectando a unos de superstición y a otros de creencia divina, los que gozaban de una mayor proximidad decidieron embalsamar el cadáver. Y, ciertamente, decidieron con sabiduría, pues, como luego se supo, había que esperar a un hermano suyo que era Comisario de Estado en esa misma República. Los desplazamientos hacia el corazón de la selva suelen ser arduos y engorrosos; el viaje podía durar largo tiempo.
Entretanto pasaban los días y… las noches. Noches misteriosas y alucinadas por el fuego y la danza: el destello del fuego y el clamor penetrante de la danza. El ambiente estaba cargado de niebla, una niebla mística que, a pesar de ser invisible, se podía masticar y laceraba las mentes de unos hombres que, ignorantes y crédulos, humillaban sus cabezas y retorcían sus cuerpos en ritos de obediencias resignadas y temores desconocidos. El Gran Jefe ha muerto. El Gran Espíritu vive. Tú eres el dios, oh Gran Jefe. Protégenos.
Finalmente, tras ávidas y medrosas esperas, llega el Comisario de Estado y hermano del difundo. Los tambores multiplican sus mágicos lamentos; el fuego aviva sus llamas, la danza alcanza su culmen y su éxtasis, la muerte tiene en el aire su inextinguible hoguera nocturna.
Desde una seriedad insondable, el hermano da su aquiescencia. Fiat. Puede procederse al entierro. Los cuerpos diplomáticos acreditados, desde sus embajadas en la capital, Kinshasa, pudieron comunicar a sus respectivos gobiernos que el Gran Jefe Angaa, de la tribu Mayogó, tras una muerte digna, había sido encomendado Dios, recibiendo cristiana sepultura. Y en ello había cierta verdad. Oficialmente era cristiano y como tal fue enterrado. Las autoridades estaban presentes, y lo vieron. El pueblo estaba presente, y lo vio. El Clero roció en cadáver con oraciones y agua bendita. “Requiescat in pace”.
Sí, el entierro fue genuinamente cristiano y, de los ritos tribales, tan sólo se prodigaron unas tímidas danzas. Sin embargo, el ambiente estaba impregnado de misterio. Subyacían a la oficialidad del acto muy distintas y apenas controladas apetencias. La primera mujer del difunto, seguida de las otras veintinueve con sus derechos subordinados, se arrastraba hacia el cadáver con la humilde pretensión de arrojar a la fosa sus ropas, sus objetos personales, sus amuletos y reliquias. Naturalmente, no le fue permitido.
No hubo otro rito, pues, que el cristiano. Pero a nadie se le escapó que el rito tribal quedaba pendiente. La sepultura no fue cerrada del todo ¿Por qué? Las razones aducidas no convencieron a nadie. Todo el mundo sabía, y quien no lo sabía lo intuyó, que aquel adiós cristiano no era en absoluto el definitivo. Pero el Clero se fue, las autoridades se fueron, los cuerpos diplomáticos quizás no engañaron a nadie. El Gran Jefe Angaa, enterrado cristianamente, había sido ganado para la civilización con una ejemplaridad meridiana.
Allí queda el secreto del clan, cortando el aire, flotando en la espesura de la selva, circundando con su niebla la hermosa Colina de las flores. Es el espíritu del Gran Jefe muerto, que sobrevuela la atmósfera clamando su encarnación en el Gran Jefe vivo, con todas las prebendas y prerrogativas. El rito se celebrará con todo rigor. Habrá otro ogro que seguirá devorando alimentos humanos, preferentemente niños. Las noches se suceden en celebraciones fúnebres; el manto de niebla se vuelve cada día más espeso. El pensamiento de los más allegados, repetida e insistentemente, se concentra en un único punto. Ha llegado la hora. El Gran Jefe ha muerto. Hay que comer al Gran Jefe. Esa es la ley. Hay que devorar al devorador para que su espíritu se encarne en el afortunado heredero. Porque el Gran Muerto no muere, no puede morir. Más allá de su carne, su espíritu vivirá por los siglos. Ahora está penando en las sombras de la noche, a la espera de que otra carne le reciba y de nuevo le tributen veneración las mentes humilladas, los corazones humildes.
Así, pues, el ogro se sucede a sí mismo. Su nombre variará, pero no su esencia: seguirá comiendo hombres, seguirá siendo padre de incesantes hijos, seguirá siendo dueño de inúmeras esposas, seguirá acumulando poder… Y acaso siga siendo cristiano.
Si acabara aquí, ninguna novedad habría en esta historia. El ogro sería devorado por los hambrientos candidatos y su espíritu se metería mansamente en la carne del divino heredero. Sin embargo, en esta ocasión, las cosas se complican por interferencias extrañas. En el tránsito amargo hacia la muerte, y aún después de la muerte, el Ogro fue sometido a medicación y no era posible comerlo. La ley no puede ser transgredida. Pero la ley es sumamente previsora y, hasta cierto punto, el sujeto comestible puede ser modificado. Así, la suerte habrá caído sobre uno de sus múltiples hijos ¿Cual de ellos? Los hechiceros lo saben, ellos son los visionarios, ellos son los que penetran el más allá para el bien de la tribu, los que harán la elección con inapelable justicia. Con toda seguridad, la suerte caerá sobre un retoño tierno e inocente que morirá en el más absoluto secreto, que será devorado en el místico placer de los que ambicionan el mando, los poderes, la gloria. Con este bocado tierno y exquisito, el Gran Jefe volverá de nuevo a la vida; su espíritu descenderá de la niebla para encarnarse en el Gran Elegido y habrá paz para todos. Tan sólo queda un detalle: si el Gran Jefe no va a ser devorado, ¿qué hacer con su cuerpo? Su tumba será provista de algunas comodidades de entre sus vastas pertenencias: una mujer, unos vestidos, unos afeites, unas reliquias. Por eso no cerraron la fosa ¿Cómo había de entretener la otra vida? ¿Cómo había de entretener la soledad, el tiempo incesante, el incesante reposo?
Las danzas continúan. Las noches son aullidos de espíritus que vagan sin cuerpo, aullidos penetrantes de cuerpos vacíos, almas a la deriva que codician los ojos abultados de los poderosos ¿Quién será el elegido? Los hechiceros de la secta se reúnen, con ellos se reúne el futuro. Van a hacer deliberaciones sobre el inminente banquete ¿Cuál de los hijos tendrá la carne más fresca?
Quien me ha contado esta historia vive precisamente en ese lugar, hace ya muchos años. Es una misionera española. Sus noticias sobre el caso acaban de la siguiente manera: “En mi próxima carta te diré sobre cual de los hijos ha caído la suerte. Es probable, según dicen, que caiga sobre un alumno mío del Colegio Kizito, que estudia sexto de bachiller”.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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