domingo, 02 de marzo de 2008


Foto tomada de www.hablandodetodo.net
http://album.miarroba.com/Mariano.Estrada/97/240/

Queridos amigos:

 

Gracias a la atracción en la que me tenía envuelto de niño, mi abuelo siempre ha sido para mí un motivo de inspiración literaria. De hecho, creo que la primera vez que cogí en serio una pluma fue para escribir un cuento en el que se reflejaran ciertos aspectos de su  vida que me resultaban especialmente atrayentes.

 

Después imaginé un poema sobre su muerte que quedó recogido en el libro “Tierra conmovida”. Dejo aquí unos párrafos del cuento para facilitar, si cabe, la comprensión del poema.

 

Fragmentos preliminares de “El abuelo”

 

Mi abuelo, además de una cara simpática, tenía un mueble de rinconera para guardar sus secretos. Su cuarto era grande, sobrio, misterioso… Aquella manta casera que cubría la cama, el escapulario que siempre pendía del enorme cabezal, el crucifijo colgado de la pared, las contraventanas de roble entornadas, el suelo recubierto de irregulares maderas, la mesita de noche, la misteriosa mesita de noche donde mi abuelo colocaba la vela o el farol o el viejo candil de aceite para leer… También recuerdo aquel arca, aquella madera de generaciones, fantasmal, grande, aquel baúl pesado del que yo siempre esperaba que salieran los muertos…

 

Sí, su cuarto era el recinto de las almas en pena, la magia que envuelve los misterios de la noche, la caja de las ánimas… Y aquel viejo mueble de rinconera, aquella dependencia mágica donde guardaba sus libros ¡Ay! Las coberturas negras de sus libros, la enlutada encuadernación de tanto misterio. Ese era el límite de mi curiosidad. Allí me plantaba yo, atraído y repulsado por lo posible-imposible. Allí había un letrero que decía: no pases, con letras encantadas, temblorosas. Allí empezaba el mundo de los espíritus, de las fuerzas invisibles, de los poderes ocultos. Allí fundaba yo la existencia de los milagros… la concepción de la carne por medio de las ventosas, la espantada del dolor mediante las friegas, la predicción del futuro de los recién nacidos en función de la menudencia de los estornudos…

 

Allí estaban los demonios, las brujas, las reuniones secretas, las presencias invisibles, la explicación de los remolinos de viento… Allí estaba el poder de la secta, los espiritistas que lo envolvieron durante sus años en Cuba, los espiritistas de los que huyó cuando se vino a su patria, de los que no pudo huir, ya nunca, ni siquiera con la ayuda de Dios en la solemnidad de las misas concelebradas de las fiestas. Cruces y demonios, fantasmas y ritos, cabras y corderos. Magia, magia… Comunión con la muerte, conversaciones con las almas de los desaparecidos. Tormentos de la imaginación, persecuciones, cantos y liturgias, engendramientos de invisibles demonios: “Esa alma que llevas en el vientre será la perdición de la casa. La engendró Satanás”. Y también santos remedios para la curación de los males: derramamientos de ceras, invocaciones a los espíritus, quema de estopas, responsos, viáticos caseros, imprecaciones y exorcismos: “Ah, Satán, yo te arrojo al averno de las ceras hirvientes, yo te arrojo del alma de las criaturas inocentes” “Ah, Satán, cébate en la sangre de esta cabra que para ti sacrifico. Huye de esta casa donde se adora a Dios, tu Señor”…

 

Mi abuelo era alegre como el rabo de las lagartijas, pero también era triste como los ojos de un perro. Viajaba de las alturas de Dios a las profundidades del Demonio. Estaba en comunicación directa con los espíritus malignos, los hijos de Satán, pero también se sentía atraído por el poderoso imán de los ángeles. Iba a la Iglesia de Dios y adoraba a Dios y al Diablo; hasta creo que llegó a confundirlos en una misma persona…

 

El poema:

 

El abuelo, el nieto y el cura

 

Tomó con prisa la calle

y fue a la casa del cura:

 

-Señor, se muere el abuelo

y está en pecado, sin duda.

Sin duda tiene el demonio

y a usted le pete la cura.

 

-¿Es él quien manda el recado?

-Es cuenta mía, no suya.

-Y el curandero, ¿qué dice?

-Ya le ha mandado una purga.

-¿Se la ha tomado?

-Parece.

-¿Y no hay mejora?

-Ninguna

-Es yerba mala, tu abuelo.

-Señor, la trajo de Cuba.

 

Miró a la cara del mozo

Por ver si hablaba de chunga:

 

-Yo me refiero a la casta,

y digo sólo que es dura.

La yerba mala no muere.

-Tampoco mueren las pulgas.

-¿Se ha arrepentido siquiera?

-¡Quién sabe!

-¿No lo aseguras?

-No sé las cuentas que lleva,

la habitación está a oscuras.

-¿Y no se le oyen los rezos?

-Las quejas.

-¿Y pide ayuda?

-Ayuda, ayuda, sí pide;

pero es al diablo, no al cura.

Demonios es lo que tiene,

que, enfermedades, ninguna.

 

Salió por fin a la calle

como un guerrero a la lucha.

Sus armas, contra el demonio,

hisopo, incienso y casulla.

 

-¡Que Dios me ampare, muchacho!

-¡Amén, Señor, Aleluya!

 

Mariano Estrada, www.mestrada.net P. Literarios

Blog http://paisajes.blogcindario.com

Del libro “Tierra conmovida”


Tags: El abuelo, el nieto y el cura

Publicado por Mariano.Estrada @ 3:12
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Comentarios
Publicado por Javier
domingo, 02 de marzo de 2008 | 9:08
Salud, Mariano! Salud y bien!

Que no tenga que venir el cura con casulla e hisopo a echarnos fuera los demonios... Al fin y al cabo, si hasta los demonios "son" nuestros, hemos de mantenerlos con nosotros; con cariño, incluso!... Una amiga -buena amiga, ¡demonio de amiga!-, dirigiéndose a su hombre por escrito, le decía:"Juan, brutico de dios, a Javi le encanta ver como te debates con tus demonios pero a mí lo que me pone es verte hecho un demonio, mi fiera." Imagino la escena y me sale la tiña...


Hablando de escenas...Qué cosa, jodío! Qué bien escenificas el recuerdo de aquellas habitaciones grandes, grandes, -en penumbra, mejor- donde moraban nuestros "mayores", cuando nosotros éramos niños! El misterio inundaba el ambiente; las tablas irregulares del suelo se convertían en senderos de selva virgen...

Lo dicho: un lujo tu literatura de aquel tiempo ya ido...
Publicado por Invitado
domingo, 02 de marzo de 2008 | 10:24
Cómo será la muerte,
tras esta vida,
sabremos cuándo el sol o cuándo la nieve
sabremos, en ese reposo silencioso,
cuándo alzará su vuelo el águila
o cuándo el pez se estremecerá
en su camino de agua.
Sabremos cuándo llorará la niña en su cuna
o cuándo la palabra se alzará airada
hasta rebotar en los muros.
Sabremos cuándo la lluvia
y cuándo los vientos
cuándo el alba y cuándo la noche.
¿Y nuestras palabras,
aquellas que dijimos o escribimos,
seguirán siendo nuestras?


Cuídate, amigo.
Luis Teódulo
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 02 de marzo de 2008 | 11:18
Querido Javier:

El caso que relata el poema no se dio nunca en mi abuelo. Sólo fue imaginado por mí, como posibilidad “ex-futura”, puesto que, cuando yo escribí el poema, él ya había fallecido. En el cuento tenía una muerte distinta, ya que se ahogaba en las profundidades de un pozo. Distinta, pero consecuente con su personalidad, ya que en el propio cuento se informa de que “Mi abuelo tenía una vena de metafísico inverso”.

Aquellas maderas irregulares eran, cómo no, de roble. En la última rehabilitación de la casa, mi hermana Charo ha conservado las de la planta de arriba, aunque, eso sí, las ha nivelado un poco mediante un conveniente acuchillamiento. Han quedado muy bien, deberías ir a verlas. Cuando esté yo, en verano…

(Continúa)
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 02 de marzo de 2008 | 11:19
Me alegro de que hayas captado el ambiente, pues era una parte fundamental en la generación de mis miedos. Otra eran los libros, unos libros que, para mi decepción, no contenían nada de lo que yo les atribuía. Algunos los tengo ahora en mi casa. Había incluso un catecismo de 1917. Lo curioso es que está escrito en catalán.

Y ya en lo referente a tu amiga: desengáñate, Javier, a las mujeres les gustan los ángeles que, cuando la ocasión lo requiere, saben transformarse en demonios.

Salud, Txaval. Un abrazo.
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 02 de marzo de 2008 | 11:45
Querido Luís:

Te veo muy activo últimamente. Y eso es bueno, supongo.

En cuanto a las preguntas que te haces en el poema que has colgado, creo que es mejor que se queden en la retórica, ya que saber ciertas cosas de antemano nos iba a poner un tanto nerviosos.

Para la última pregunta, no obstante, hay una respuesta contundente, pero sólo en el caso de ser Jesucristo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Claro que tampoco han pasado las de Aristóteles. Ni las de Zoroastro… Ni las de Whitman…

Un abrazo, amigo
Publicado por Lidia
lunes, 03 de marzo de 2008 | 18:26
Magnífico relato, querido Mariano. Me ha tenido literalmente pegada a la pantalla imaginándote en aquel tiempo mágico de la infancia, sembrado de dudas y descubrimientos. ¡Qué abuelo tan interesante el tuyo! Y qué miedo todo eso del espiritismo, siempre me ha producido terror, y eso que no creo nada...aunque si me da miedo, ¿será que algo creo?

Felicidades por el cuento y por el poema, verdaderamente ingenioso.

Besos espirituales ;)
Publicado por Mariano.Estrada
martes, 04 de marzo de 2008 | 1:27
Es verdad, Lidia, tuve un abuelo interesante. Concitaba mi atención, me divertía, le tenía mucho cariño y era bueno. Lo que pasa es que estaba la cuestión del espiritismo en la que yo, de niño, ni podía ni sabía profundizar. Muchas de esas cosas, sin embargo, eran magnificadas por mi imaginación, como luego supe.
Te dejo un soneto donde todo esto queda descrito:

ANTIGUOS MIEDOS

A mi abuelo,
Progenitor de mis miedos

El alma se me agita en los cajones
del viejo aparador de rinconera.
Antiguos miedos y tan larga espera
me encienden el tizón de las pasiones.

Misterios, magias, libros de oraciones,
pavesas vagas de una ardiente cera...
¿Qué busco? No lo sé, la antigua fiera
que siempre me esperaba en los rincones.

Mi mano, saturada de ficciones,
opone la razón a la quimera
y ataca en su terreno a los leones.

Y abiertas en canal las ilusiones
pregunto en el confín de la madera:
¿adónde estáis, espíritus burlones?

M.Estrada
Trozos de cazuela compartida
Publicado por Invitado
martes, 04 de marzo de 2008 | 12:30
Mariano, magnífica tu descripción y entrañable tu poema.
Como te dice el txaval, sabes meter al lector en el ambiente de una forma marvillosa. Yo me quedo con la primera frase del cuento. Como los diez mandamientos todo queda resumido en dos: su cara simpática y su aparador rinconera.
Publicado por Invitado
sábado, 28 de noviembre de 2009 | 20:58
Precioso relato, Mariano. Me ha transportado a mi propia niñez y mis vacaciones en casa de mi abuelo en Tamames, un pueblo salmantino de gente sencilla y alegre. Regresaron los olores, las voces y los miedos, el crujir de los viejos suelos de madera, el hueco oscuro y misterioso que se deslizaba a la bodega, y, sobre todo, el dormitorio de mi abuelo. Nunca pude entrar en el, sólo asomaba mi cabecita con el corazón desatado, y, recordando la prohibición de mi madre de no traspasar la puerta, huía como del diablo.
Mi abuelo era un hombre bueno, cariñoso y muy trabajador.
Quedó ciego sin haber llegado a viejo. Siempre recordaré sus manos hábiles trenzando redes para los carros, y... sus historias, sobre todo sus historias. Cuando nos sentábamos todos los nietos alrededor de la camilla por las noches y nos divertía con cuentos, recitados, chascarrillos, juegos y bromas.
¡Cuánto quería a mi abuelo y cuánto bien me hace su recuerdo!

Ascensión
Publicado por Mariano.Estrada
domingo, 29 de noviembre de 2009 | 11:05
Hola, Ascensión: los abuelos de antes tenían una gran influencia en la formación de los niños. Digamos que ejercían sobre ellos el el entrañable papel que luego ha desempeñado la televisión (ahora también el ordenador y las consolas), con la consiguiente pérdica de afectividad, de realidad, de calor, de cercanía. Un abuelo era un pozo inagotable de ternura, de cariño y de experiencia que caía sobre los niños y se convería en enriquecimiento
Parece ser que la relación que tuviste tú con tu abuelo fue muy similar a la que tuve yo con el mío, y yo me atrevería a decir que la que tuvo la inmensa mayoría de los niños que tuvieron la suerte de convivir y crecer con sus abuelos.
Creo que tu abuelo daría para escribir una buena historia ¿Por qué no la escribes?
Un abrazo