martes, 22 de enero de 2008

Cogito, ergo sum o la duda metódica

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Cogito, ergo sum o la duda metódica

El criterio de autoridad mantuvo al silogismo de pie durante veinte siglos. Gracias a él se pudo sostener sin socavones el llamado “criterio de verdad”, con el cual se confundía. En la Edad Media, cuando alguna controversia se extremaba, al defensor de lo establecido le bastaba dejar caer con más o menos énfasis: “lo dijo Aristóteles” o “eso es lo que dice la Biblia”, para zanjar inmediatamente el asunto. El cuerpo de doctrina pagano armonizaba muy bien con las creencias de la tradición cristiana y los principios generales (premisa mayor, método deductivo) se alcanzaban por la fe o quedaban avalados por la autoridad de Aristóteles o de la Iglesia ¿Quién iba a osar tocallos?

Tuvo que pasar mucho tiempo para que alguien empezara a ponerlos en duda, cosa que no ocurrió hasta principios del siglo XVII, cuando un gran filósofo llamado Francis Bacon estableció el criterio empírico (método inductivo, experiencia sensible) como criterio de verdad, y otro gran filósofo, René Descartes, apoyado en la solidez, certeza y evidencia de las verdades matemáticas, estableció el criterio de evidencia racional (claridad y distinción), en el que iba a apoyarse toda la filosofía cartesiana, llamada también racionalista.

En un primer paso, Descartes empezó a dudar de las ciencias entonces existentes (todas ellas compuestas), salvo de las matemáticas, hasta llegar a las naturalezas simples elementales: cuerpo, extensión, figura, magnitud y número. Pero estaba el escollo de Dios, que era todopoderoso y bien podía hacer que los humanos viéramos blanco donde sólo había negro, es decir, que bien podía engañarnos en cosas que nos parecían evidentes. Claro que, si Dios era bondad suma y principio de toda verdad, ¿cómo iba a hacer algo así? Entonces se sacó de la manga al famoso geniecillo maligno, cuyo poder sobre nosotros, unido a la maldad intrínseca que le confirió, le sirvió a Descartes para dudar -ya sí- absolutamente de todo.

Y cuando el escepticismo era completo, se encontró con que había algo de lo que no podía dudar, y ese algo era su pensamiento: “Pienso, luego soy”. (Soy como ser pensante, no como cuerpo con brazos y piernas y barriga). Un principio general irrefutable y absoluto, que era precisamente lo que él andaba buscando. Toda la filosofía idealista moderna se apoya en esta proposición, alcanzada, como hemos visto, por el procedimiento que conocemos como duda metódica.

Nota: recordarle estas cosas a un filósofo es como recordarle a un matemático el triángulo de Tartaglia, pero esto no está escrito para filósofos, sino, precisamente, para todos aquellos que andan muy peces en filosofía. Al fin y al cabo, lo que a mí me interesaba al escribirlo es que los peces llegaran al cogito con la lección aprendida

Un abrazo

Cogito, ergo sum o la duda metódica

Descartes, con su duda, puso a prueba
la espléndida sapiencia del pasado.
Llenó de tachaduras el legado
e hizo en el borrón la cuenta nueva.

Dudó del corazón, de Adán y Eva,
de Ulfilas, de Platón, del vino aguado.
Y puso en el montón lo más sagrado:
Espacio y aire y fuego y agua y gleba.

Mas fue la misma duda, su manceba,
aquella que, extremando en lo dudado,
le hizo proferir: “pensar me es dado”.

“Existo” –concluyó-, “como lo aprueba
el no poder dudar de lo sobrado.
De aquí vendrá la luz: estoy preñado”.


Del libro “Vientos de soledad” (1984)

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog http://paisajes.blogcindario.com

Tags: Cogito, ergo sum

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Y contestó el caballo de Calixto:
Viendo en su cuello atada la cebada
¡Que bueno es esto de comer de baba...!
¡Que bueno es esto ¡Pienso!, luego existo...!

(Perdona Mariano por la bufonada)
Me apetecía.
Pero te quiero. Tu lo sabes.
santos suarez sanchez


Que me place, queridos Santos, pero…

La cebada es un pienso cojonudo
y merece un caballo más guerrero.
El de Calixto no, que es muy menudo
y a cojones le gana el de Espartero.

El cariño es mutuo
Un abrazo


Me palce comprobar como dos grandes "rapsodas" se enfrentan co la palabra.
Enhorabuena amigos.


¡Que coños dice mi querido Estrada!
¿Que es menudo el caballo de Calixto?
Si es menudo... lo suple con ser listo
Los cojones son poca cosa, o nada.

Me place enfrentar nuestra yeguada
¡A ver que es lo de darse tanto "pisto"!
Que no es bueno dictar, sin haber visto,
Sentencias que desprecian mi camada

Mucha leyenda tuvo El Espartero
Su caballo y sus huevos fastuosos
Sin embargo ¿Fue aquello verdadero?

Mas bien pienso que, a fuer de ser piadosos,
En su estatua - caballo y caballero -
Exageraron huevos muy modosos


Reconocimiento y rectificación

Querido Santos:

Espoleado por las revelaciones de tu soneto, he encontrado en los archivos rusticanos de la caballería ligera de Isabel II, comandada por los generales O’Donell y Espartero, un documento sobre los atributos del caballo de este último, que viene a desinflar el suflé y a poner las verdades en su sitio. Dice el autor que, más que caballo, se trataba de un equino de constitución no definida.

Parece, no obstante, que el escultor de la estatua a la que te refieres no sólo no tuvo acceso a semejante información, sino que le calentaron la cabeza con el tamaño que debían tener las colgaduras:

Pero una vez desclasificados los documentos por Zapatero, sabemos que:

Sobre ese equino de aire berroqueño
se ciernen importantes nubarrones.
Por error le esculpieron los cojones
que adornaron las ingles de su dueño.

De manera que:

Calixto gana hoy, bendito sea,
que vaya a retozar con Melibea.

Un abrazo