Queridos amigos:
Yo tengo un escáner al que últimamente no le estaba sacando rendimiento ni le daba ninguna utilidad ¿Qué pasa?-me dije- y me puse a escanear como un poseso.
Pos eso es lo que ha
pasao, y ahora no sé cuando parar porque mi casa es una fuente de documentos y de fotografías. Salen por todas partes, como las ratas en las alcantarillas de Nueva York
En fin, que le he cambiado al Blog la fotografía de mi posesa persona ¿Que qué fotografía?
Pos esa, la del perfil público del propietario, que soy yo, porque la otra estaba de frente y se daba una cierta incongruencia entre el nombre y la cosa, o, si así lo preferís, cierta contradicción en los términos. Podemos concluir que la de ahora es una suerte de semiperfil semifrontal, que, quieras tú que no, abarca más aspectos de mi anatomía cráneo-facial, ahora poseída por un escáner Epson Perfection 1640SU (lo sé porque acabo de mirarlo).
Y bien -me dije-, aprovechando que el Amadorio pasa por Villajoyosa, voy a darles un poco de alegría macarena a los artículos.
Y entonces fue / cuando te besé. Después inserté mi fotografía en el inmenso espacio blanco y… ¿Y qué hago ahora? –argüí- ¿Con qué relleno todo esto?
Menos mal que uno tiene ciertos amigos que, además de buenas personas son excelentes escritores y hacen fotografías literarias con la misma facilidad con que los magníficos fotógrafos hacen fotografías de papel. Y me estoy refiriendo al profesor de la Universidad de Alicante, Ángel Luis Prieto de Paula y al fotógrafo Fernando Medrano, al que Benidorm le viene pequeño y
ahorita se la está pasando en Vietnam.
Os dejo, pues, con la semblanza, puesto que la fotografía ya la habéis contemplado. Lo que no sabéis es que luego vais a encontraros con la portada del un libro. Escaneada, por supuesto. Ahora lo escaneo todo. O casi. Puede que lo intente con la memoria emocional, que tiene mucho atractivo.
M. Estrada
Semblanza de Mariano Estrada
Mariano Estrada es autor de una obra ya abundante, aunque, por las circunstancias en que se ha ido publicando, sólo muy recientemente ha comenzado a divulgarse de modo regular. La edición de sus primeros libros (
Mitad de amor, dos cuartos de querencias, 1984;
El cielo se hizo de amor, 1986;
Tierra conmovida, 1987;
Trozos de cazuela compartida, 1991) corrió a cargo del propio poeta, y su ámbito de difusión no superó el de sus amistades. Su acceso a la escritura se produjo, probablemente, saltando de Gabriel y Galán a Eladio Cabañero, si nos fijamos en el ruralismo temático de sus poemarios iniciales; o a Carlos Sahagún, si lo hacemos atendiendo a la atracción reminiscente de la niñez; o al Claudio Rodríguez de
Conjuros cuando la poesía de Estrada se viste de fiesta, en la que queda en suspenso el laboreo del mundo elemental y campesino de su infancia... Lo sorprendente es que, en una poesía de tan clara raigambre costumbrista, aparezcan jirones de un lirismo
naïf que nos coloca frente a una suerte de
docta ignorancia, claro que muy distinta a la de los espirituales españoles del XVI. Mariano Estrada es un poeta caracterizado por la efusión sentimental, un pathos encendido y emotivo, y una notable fertilidad léxica y metafórica. Cuando es el mundo de su niñez el recreado, entonces los poemas se articulan en estrofas tradicionales, populares o cultas, como el romance, la soleá, la coplilla popular, el soneto..., que sirven de freno al desparramamiento de una sensibilidad exuberante. A esta inclinación coadyuva una actitud civil beligerante. Por ejemplo contra el infierno de cemento de nuestras ciudades (aunque lo que enciende esa indignación parece la chispa de una nostalgia paradisíaca de su pueblo en la infancia zamorana). Por el contrario, una punta de socarronería impide a veces que la emoción se precipite sin freno hacia la evidencia sentimental. A partir de
Azumbres de la noche (1993) nos encontramos con un poeta que, solidario en lo esencial con lo anterior, presenta tales novedades temáticas, estilísticas y métricas que a muchos lectores superficiales les parecerá hallarse ante
otro poeta. Es, el citado, un libro de amor a pulmón pleno, tan desbordado por el tema como por la escansión rítmica, pues un verso absolutamente desatado se enseñorea de todo el poemario. El amor, abandonado a cualquier proclividad al ensimismamiento, agavilla los elementos de un mundo que se muestra en el ápice de su sensualidad. Esta misma sensualidad, volcada explícitamente ahora a la calcinación mediterránea, se manifiesta en
Desde la flor del almendro (1995), donde la prodigalidad verbal y sensorial no encuentran contrapeso en una llamada al ascetismo. Sí existe ese contrapeso en
Hojas lentas de otoño (1998), pues una luctuosa aunque no del todo palmaria circunstancia biográfica invita a la interioridad y a la mesura, represando la tendencia natural de Mariano Estrada a la compulsión sentimental y al desarrollo anecdótico: surgen así unos versos hondos, ajustados, palpitantes.
Ángel L. Prieto de Paula, año 2001
Del libro
Alimentando Lluvias,
Poesía en Alicante: una antología