Narciso
Hace sólo unos días, al despojarme de las ropas interiores y contemplar con benevolencia, y también con una chispa de humor, la forma actualizada de mi desnudo, me vino a las mientes la imagen de una chica que conocí en mi juventud y que tenía un espléndido cuerpo, sin duda uno de los mejores que he tenido el placer de contemplar en mi vida.
Durante los días que duraron sus vacaciones, que no fueron pocos, se iba a un lugar concreto de la playa donde, con un estudiado automatismo, extendía los bártulos y se quedaba en top-less. Al poco rato, los entornos sometidos a su irradiación corporal, se poblaban de jóvenes admiradores de su atrayente y envenenada belleza.
Pero ella no miraba a ninguno, ni siquiera con el rabillo del ojo -que es como miran realmente las mujeres-, ni siquiera con el perezoso mohín del desdén. Porque ella tenía un espejo en la mano y a través de él contemplaba, minuciosa y constantemente, cada una de las partes de su mortal, pero casi insuperable anatomía. Yo me hubiera enamorado de ella como un tórtolo, eso nadie lo dude, lo que pasa es que se llamaba Narciso.
No he vuelto a verla jamás, ni tengo noticias de su ya dilatada biografía. Pero no me sorprendería nada saber que su reproducción, si la ha habido, se ha realizado por esporas.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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