lunes, 20 de noviembre de 2006

El burro como metáfora

El burro como metáfora

El burro es un animal torpe y lento, pero seguro, como aquel producto de Ausonia que se anunciaba tanto en la tele. En realidad, el burro es un personaje entrañable que, por razones que luego se dirán, prácticamente llegó a desaparecer de nuestra vista. Sin embargo, ciertas noticias esperanzadoras nos informan de que últimamente se ha producido una inflexión en la curva de existencias asnales, que desgraciadamente tendía hacia una inexorable extinción. Parece que, por suerte –y porque algunos se han dejado la piel en el empeño, supongo, ya que hay asociaciones para su conservación y defensa (Cela pertenecía a una de ellas)-, el número de ejemplares se ha incrementado bastante en estos últimos años. En Cataluña, concretamente, el incremento ha sido espectacular, de lo que uno naturalmente se congratula.

Para mí, que viví la niñez no en un pueblo, sino en varios, el burro era una parte del paisaje, casi una parte de la comunidad de vecinos, casi una parte de la mismísima familia y, desde luego, tan útil como algunos de sus miembros, dicho sea sin pretensión de ofender. En Muelas de los Caballeros, aunque no con la fuerza del fabuloso Burro Flautista o del literario Platero de Juan Ramón, hubo burros que gozaron de una cierta fama. Por ejemplo: el burro de ti Antolín, que la mereció por los calostros, según las prolongadas ironías de la gente. El burro de Belarmino, que la tuvo por las cosquillas en el lomo, a consecuencia de las cuales, estimuladas a tiempo y con malicia, los incautos se llevaron algunas buenas patadas. El burro de Benito, del que mis hijos creyeron defenderse metiéndose en un callejón sin salida cuando corría juguetonamente tras ellos...

La causa de que los burros se hayan ido extinguiendo, sin duda hay que buscarla en el hecho de que, por una u otra razón, el trabajo se ha ido acabando. Me refiero al trabajo del campo, que es donde han ejercido siempre los burros (Sin prados y con ascensores, la ciudad no ha sido nunca para ellos). Digamos que, perdida su utilidad y su función, quedaban sólo de adorno. Y la gente, claro, no podía permitirse esos lujos. Al final, los burros trabajaban tan poco que hasta llegaron a ser objetos de envidia, como pude comprobar con mis oídos en la conversación que recoge este poema.


Un abrazo


EL BURRO COMO METÁFORA

Con el jumento a su rabo
Benito va por la calle.
Al banco de los mirones
tan sólo van holgazanes.
Ambrosio es largo de lengua
y sin querer se le sale:

- ¿Adónde llevas el burro?

- A las pradizas, que paste.

- Como esa vida que él lleva
¡quién la llevara, compadre!
Sin brega, palo ni arenga,
la andorga llena y de balde.
¡Quién fuera burro y, como él,
le diera boches al hambre!

- Ninguna ley con justicia
prohibe a un hombre que ande
a cuatro patas, si quiere,
a cinco incluso, si sabe.
Afanes como los tuyos
son relativos afanes,
porque el oficio del burro
sin aprenderlo se sabe.

- Según se miren las cosas.

- Están miradas ecuánimes.

- A mí me dice el caletre
que el rebuznar es un arte,
que el diente debe ser largo,
la oreja debe ser grande...
Y en apetencias del buche
el asno tira al forraje.

- ¿En qué quedamos, entonces?
¿Quieres nadar sin mojarte?

- Quisiera holgar como el burro
pero entre mazas de carne.
¿Qué no es posible? Ya veo
que no es asunto muy fácil.
Y, pues peculio no tengo,
no tengo más que aguantarme.
Donde termina la linde
sanseacabó... y a otra parte.
Descargue el burro en las yerbas
sus apetitos asnales,
que yo me voy con los piensos
a los bocados del aire.

Mariano Estrada
Del libro “Trozos de cazuela compartida”

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