viernes, 17 de noviembre de 2006
¿Son los premios de poesía la medicina de un enfermo?
¿Son los premios de poesía la medicina de un enfermo?
Yo creo que la poesía, a pesar de su valor comercial, que es nulo por el gracioso dictamen de las musas, sigue gozando de un razonable prestigio entre la gente corriente, vamos, la que no se dedica a los negocios ni a la política, que es la gran mayoría de la población. Es verdad que nadie sabe mucho de ella y que a nadie le preocupa demasiado, pero conserva entre el público ese halo mágico de elemento misterioso que, irremisiblemente, la hace ser tenida en estima, lo mismo que es tenida en estantes, dormida eternamente, a veces empolvada y rara vez extraída de su inexpugnable letargo, como extraen a la Virgen de su nicho, para que interceda ante el dueño de la lluvia, cuando la tierra ya tiene tres faltas. También es tenida como referencia, a la hora de contemplar, expresar o definir un paisaje de los que dejan sin habla a los observadores, salvo tal vez a los observadores de la ONU, que se han vuelto insensibles a las puestas de sol, a causa de las últimas puestas de uranio enriquecido, que está entre el Plutón eliminado y el Orlando furioso.
¿Por qué ese respeto enigmático y reverencial? Tal vez sea porque el valor de la poesía no es intercambiable con los valores del dinero y del poder, que son los que estimulan de verdad a los que viven marcados por el sello de los negocios y de la política, especialmente donde éstos se unen o se rejuntan. Y no es que esté más alta o más baja, es que se escapa a todo intento de apropiación, es que es evanescente e inasible, es que no aguanta la manipulación ni la mentira, es que no quiere ser pagada cuando se entrega, es que quiere ser como es: libre, graciosa, escurridiza, ingrávida, inconsútil, sin tara, sin patrón, sin atadura... Y, a pesar de todo ello, quiere ser de este mundo traidor, en el que “nada es verdad ni es mentira”.
¿Soluciones? No sé, a lo mejor es necesaria la revolución de las mesas. Acaso debieran suprimirse los premios literarios, tal como ahora están concebidos, y, desde luego, los que son directamente apoyados o patrocinados por la llamada cultura oficial, que es una cultura de oficio sin oficio. Tal vez hubiera que dejar que la poesía floreciera por sí sola, sin empujones espurios, sin riegos pseudoprotectores, sin ayudas rimbombantes e interesadas, sin interferencias ajenas a la creación. No importa que el que escribe carezca de medios edulcorados y cosas por el estilo. Si dentro hay poesía, la poesía saldrá de sus oscuras mazmorras. Yo creo que el poeta tiene que tener una profesión, como todo el mundo, y vivir de ella. La poesía hay que escribirla por añadidura, en el tiempo libre, en el tiempo que otros dedican a la caza, a la pesca, al dominó, al parchís, al golf, al senderismo... ¿Y si el poeta, además de trabajar, quiere hacer también algunas de estas cosas? Que se apañe como Dios le de a entender, que programe y elija ¿Y no debe de haber algún tipo de premio? Posiblemente sí. Tal vez hubiera que premiar a aquellos que, en las condiciones expuestas, consiguieran el apoyo de los lectores, entre los que, naturalmente, deberían estar los críticos y los estudiosos.
Dicho esto, quiero aclarar inmediatamente que de las soluciones propuestas no estoy nada seguro. De lo que sí estoy seguro es de que, tal como están motadas las cosas en la actualidad, los premios existentes y los estímulos oficiales valen exactamente de muy poco. O de muy nada, monada. Decidlo por ahí, a la pandilla.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com
Os dejo un poema que, en cierto modo, puede venir muy a cuento
SILENCIOS IMPLICADOS
Te colmarán de aplausos
efusivos y generosos.
Llenarán las paredes de tu casa
de laureles y reconocimientos.
Paradójicamente,
nada te pedirán a cambio
de tanta exaltación, ni tan siquiera
que les abones el terreno.
Bastará con que calles
cuando los duendes lo recalifiquen
y ellos mismos lo pongan
en posición “especular”.
Después te atusarán el hombro,
con esmerada fruición,
y acaso te dirán por lo bajini:
“Me gustas cuando callas
porque estás como ausente”...
Gastado el oropel,
habrá una realidad, que es ésta:
ellos se habrán enriquecido
y tú serás el óxido
irrisorio de unas metopas
sobredimensionadas.
Mariano Estrada
Del libro “A este lado del Paraíso”
Yo creo que la poesía, a pesar de su valor comercial, que es nulo por el gracioso dictamen de las musas, sigue gozando de un razonable prestigio entre la gente corriente, vamos, la que no se dedica a los negocios ni a la política, que es la gran mayoría de la población. Es verdad que nadie sabe mucho de ella y que a nadie le preocupa demasiado, pero conserva entre el público ese halo mágico de elemento misterioso que, irremisiblemente, la hace ser tenida en estima, lo mismo que es tenida en estantes, dormida eternamente, a veces empolvada y rara vez extraída de su inexpugnable letargo, como extraen a la Virgen de su nicho, para que interceda ante el dueño de la lluvia, cuando la tierra ya tiene tres faltas. También es tenida como referencia, a la hora de contemplar, expresar o definir un paisaje de los que dejan sin habla a los observadores, salvo tal vez a los observadores de la ONU, que se han vuelto insensibles a las puestas de sol, a causa de las últimas puestas de uranio enriquecido, que está entre el Plutón eliminado y el Orlando furioso.
¿Por qué ese respeto enigmático y reverencial? Tal vez sea porque el valor de la poesía no es intercambiable con los valores del dinero y del poder, que son los que estimulan de verdad a los que viven marcados por el sello de los negocios y de la política, especialmente donde éstos se unen o se rejuntan. Y no es que esté más alta o más baja, es que se escapa a todo intento de apropiación, es que es evanescente e inasible, es que no aguanta la manipulación ni la mentira, es que no quiere ser pagada cuando se entrega, es que quiere ser como es: libre, graciosa, escurridiza, ingrávida, inconsútil, sin tara, sin patrón, sin atadura... Y, a pesar de todo ello, quiere ser de este mundo traidor, en el que “nada es verdad ni es mentira”.
¿Soluciones? No sé, a lo mejor es necesaria la revolución de las mesas. Acaso debieran suprimirse los premios literarios, tal como ahora están concebidos, y, desde luego, los que son directamente apoyados o patrocinados por la llamada cultura oficial, que es una cultura de oficio sin oficio. Tal vez hubiera que dejar que la poesía floreciera por sí sola, sin empujones espurios, sin riegos pseudoprotectores, sin ayudas rimbombantes e interesadas, sin interferencias ajenas a la creación. No importa que el que escribe carezca de medios edulcorados y cosas por el estilo. Si dentro hay poesía, la poesía saldrá de sus oscuras mazmorras. Yo creo que el poeta tiene que tener una profesión, como todo el mundo, y vivir de ella. La poesía hay que escribirla por añadidura, en el tiempo libre, en el tiempo que otros dedican a la caza, a la pesca, al dominó, al parchís, al golf, al senderismo... ¿Y si el poeta, además de trabajar, quiere hacer también algunas de estas cosas? Que se apañe como Dios le de a entender, que programe y elija ¿Y no debe de haber algún tipo de premio? Posiblemente sí. Tal vez hubiera que premiar a aquellos que, en las condiciones expuestas, consiguieran el apoyo de los lectores, entre los que, naturalmente, deberían estar los críticos y los estudiosos.
Dicho esto, quiero aclarar inmediatamente que de las soluciones propuestas no estoy nada seguro. De lo que sí estoy seguro es de que, tal como están motadas las cosas en la actualidad, los premios existentes y los estímulos oficiales valen exactamente de muy poco. O de muy nada, monada. Decidlo por ahí, a la pandilla.
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com
Os dejo un poema que, en cierto modo, puede venir muy a cuento
SILENCIOS IMPLICADOS
Te colmarán de aplausos
efusivos y generosos.
Llenarán las paredes de tu casa
de laureles y reconocimientos.
Paradójicamente,
nada te pedirán a cambio
de tanta exaltación, ni tan siquiera
que les abones el terreno.
Bastará con que calles
cuando los duendes lo recalifiquen
y ellos mismos lo pongan
en posición “especular”.
Después te atusarán el hombro,
con esmerada fruición,
y acaso te dirán por lo bajini:
“Me gustas cuando callas
porque estás como ausente”...
Gastado el oropel,
habrá una realidad, que es ésta:
ellos se habrán enriquecido
y tú serás el óxido
irrisorio de unas metopas
sobredimensionadas.
Mariano Estrada
Del libro “A este lado del Paraíso”
Añadir comentario
Para un poeta ningún premio es más importante que la satisfacción que da haber creado algo sublime y hermoso, eso solo lo puede sentir el poeta y una madre. Los políticos casi ninguno, y los de grandes negocios, nadie.JMP

