lunes, 30 de octubre de 2006
Del dolor de la muerte
Del dolor de la muerte.
La relativización, la temperancia, el desapego... son algunas cosas que, a cambio de juventud, nos van dando los años. Desde ellas, y llegado el momento, se puede razonar el dolor de la muerte, aceptando con serenidad que nada es del todo.
Desde ese punto de vista, la muerte va del quebranto a la consunción, moderándose, escalonándose, soltando gravedad y sombra. De este modo podemos entenderla, pues la verticalidad, que es desgarro y precipicio, se va volviendo declive, que es ya sólo pesadumbre y distancia. Es decir, el sentimiento (amor-dolor), trasciende la exclusividad y se desbrava pero al mismo tiempo se expande y se universaliza. Ya no se ama a un ser, sino a una vida. Ya no duele un ser, sino una vida. Y la vida es el curso de los años, de las cosas: el espacio y el tiempo.
Yo creo, además, que el dolor de la muerte es el desbordamiento, más o menos incontrolado, de la capacidad amorosa, y un amor de lustros jamás se desborda totalmente porque tiene mucho de arraigo y de poso: hogar, familia, paisaje, paisanaje... De ahí la racionalidad del dolor y de ahí también la panteización de la muerte, si así puede decirse; pues si bien es cierto que nada muere del todo, también es verdad que todo muere algo o, al menos, que todo es afectado algo de muerte.
En cualquier caso, el concreto dolor que ha dado origen a este libro, devenido de una muerte concreta, se ha transformado en una lluvia ancha que cae del amor y va hacia el amor, que mana de la tierra y va hacia la tierra. Espero que en ella fructifique porque es ahí, abundando en el barro, sobre el lomo gozoso del paisaje, donde ha volcado sus bayas la memoria.
Mariano Estrada Vázquez, 05-06-95
Fluye de lumbres recordadas
un sahumerio de amor, un vaho
dulce que brota en la ceniza...
INVIERNO
Ha dejado el otoño
desnudas arboledas, témpanos
de nieve, viento frío...
Las calles amontonan soledad
y los intensos chaparrones
han tejido en mi alma
tremedales de barro.
Me refugio en las íntimas
estancias del amor
-donde persiste la memoria-
y opongo a esta humedad
las llamaradas de la leña.
Pero...
¿Quién templará mi corazón
si la tristeza ocupa el norte
oscurecido del invierno?
TE DIGO AMOR
Te digo amor
y estoy diciendo otoño:
ocaso, lluvias, árboles desnudos...
Y no me pesa el labio por decir
amor y estar diciendo muerte.
Amor y muerte, sí,
pues digo consunción
y surge un crisantemo.
Y digo oscuridad o noche
y estoy diciendo luz de madrugada...
Te digo amor, te digo tierra,
y acaso estoy diciendo
eternidad o lirio.
MEMENTOS
Los altos cirios, las coronas
nimbadas de los ángeles,
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos solozos, la oración,
el negro catafalco...
Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.
Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.
El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria...
Confines del otoño. "Requiem
aeternam dona eis, Domine".
La cruz, el mármol, los inciensos...
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito...
Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida,
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.
Mariano Estrada
Del libro “Hojas lentas de otoño”
La relativización, la temperancia, el desapego... son algunas cosas que, a cambio de juventud, nos van dando los años. Desde ellas, y llegado el momento, se puede razonar el dolor de la muerte, aceptando con serenidad que nada es del todo.
Desde ese punto de vista, la muerte va del quebranto a la consunción, moderándose, escalonándose, soltando gravedad y sombra. De este modo podemos entenderla, pues la verticalidad, que es desgarro y precipicio, se va volviendo declive, que es ya sólo pesadumbre y distancia. Es decir, el sentimiento (amor-dolor), trasciende la exclusividad y se desbrava pero al mismo tiempo se expande y se universaliza. Ya no se ama a un ser, sino a una vida. Ya no duele un ser, sino una vida. Y la vida es el curso de los años, de las cosas: el espacio y el tiempo.
Yo creo, además, que el dolor de la muerte es el desbordamiento, más o menos incontrolado, de la capacidad amorosa, y un amor de lustros jamás se desborda totalmente porque tiene mucho de arraigo y de poso: hogar, familia, paisaje, paisanaje... De ahí la racionalidad del dolor y de ahí también la panteización de la muerte, si así puede decirse; pues si bien es cierto que nada muere del todo, también es verdad que todo muere algo o, al menos, que todo es afectado algo de muerte.
En cualquier caso, el concreto dolor que ha dado origen a este libro, devenido de una muerte concreta, se ha transformado en una lluvia ancha que cae del amor y va hacia el amor, que mana de la tierra y va hacia la tierra. Espero que en ella fructifique porque es ahí, abundando en el barro, sobre el lomo gozoso del paisaje, donde ha volcado sus bayas la memoria.
Mariano Estrada Vázquez, 05-06-95
Fluye de lumbres recordadas
un sahumerio de amor, un vaho
dulce que brota en la ceniza...
INVIERNO
Ha dejado el otoño
desnudas arboledas, témpanos
de nieve, viento frío...
Las calles amontonan soledad
y los intensos chaparrones
han tejido en mi alma
tremedales de barro.
Me refugio en las íntimas
estancias del amor
-donde persiste la memoria-
y opongo a esta humedad
las llamaradas de la leña.
Pero...
¿Quién templará mi corazón
si la tristeza ocupa el norte
oscurecido del invierno?
TE DIGO AMOR
Te digo amor
y estoy diciendo otoño:
ocaso, lluvias, árboles desnudos...
Y no me pesa el labio por decir
amor y estar diciendo muerte.
Amor y muerte, sí,
pues digo consunción
y surge un crisantemo.
Y digo oscuridad o noche
y estoy diciendo luz de madrugada...
Te digo amor, te digo tierra,
y acaso estoy diciendo
eternidad o lirio.
MEMENTOS
Los altos cirios, las coronas
nimbadas de los ángeles,
las músicas de Bach y Palestrina,
los trémulos solozos, la oración,
el negro catafalco...
Van cayendo las hojas
sobre el barro vencido del crepúsculo,
en tanto que el dolor,
entrecortado y lento,
responde a un interludio de campanas
gravitadas en muerte.
Los mementos se agolpan en los labios
callados de la piedra, y en el polvo
desnudo de esta carne última
que huye de la luz
por torrenteras de ceniza.
El grillo de las hojas adelgaza
los cantos gregorianos
y el hisopo rocía los barnices
asépticos que cubren la memoria...
Confines del otoño. "Requiem
aeternam dona eis, Domine".
La cruz, el mármol, los inciensos...
Misereres de amor, sobrepellices
de cera derretida, llantos, penas,
crisantemos de luz y de granito...
Como gotas de paz,
como estertores ácidos de lluvia,
van cayendo las hojas del dolor,
las de la savia interferida,
las que miran el barro desde un
velo de luz desesperada.
Mariano Estrada
Del libro “Hojas lentas de otoño”
Añadir comentario
bueno me gusto tu forma de expresarte aserca de la muerte y me gusto mucho los versos o poemas no se que seran pero me encanto
y te felicito por lo que escriviste y de todo corazon te deseo mucho exito .
y te felicito por lo que escriviste y de todo corazon te deseo mucho exito .
Gracias, Invitado anónimo, por el elogio que haces, tanto del texto en prosa como de los tres poemas que le siguen, todos llenos de versos.
Como no has dejado una dirección, te dejo aquí mi respuesta. Un abrazo.
Como no has dejado una dirección, te dejo aquí mi respuesta. Un abrazo.

