lunes, 16 de octubre de 2006

El labrador

El labrador

El hombre que una mañana de julio de 1958, con las manos impotentes y el alma acongojada, vio arrasar su cosecha por el granizo, pensó rabiosamente que el futuro de las personas no debiera supeditarse a los caprichos de la Naturaleza. Pensó también en el Dios que permitía desatar estas furias inmisericordes y destructivas, y no precisamente para ofrecerle una loa. Pero nada dijo a nadie. Sobre un llanto rodado hacia su alma, juró con amarga decisión que, a poco que pudiera, la boca de su hijo jamás dependería de las veleidades del tiempo. A la mañana siguiente, dejando atrás una alfombra de desolación, tomaba un autobús hacia el futuro insondable de su querido retoño.

La escasa información de que disponía, le llevó a visitar a un aspirante a sacerdote (casi lo era ya), con cuyo padre había trabado amistad en los rigores de la guerra, allá por el 36 y sucesivos. Sabía que el muchacho estaba justamente de vacaciones esos días y en ello proyectaba sus encomiables propósitos. Aunque pequeña, una luz brillaba en el desolado horizonte y, de algún extraño modo, iluminaba la senda por la que iba a andar su hijo. Este, no obstante, informado con bastante superficialidad sobre el asunto, iba un poco asustado, pensando en que, de una forma o de otra, habían de cortarle las alas.

El pueblo al que se dirigían distaba en línea recta alrededor de 30 kilómetros. Sin embargo, debido a los vaivenes de un jumento que trazó una carretera sin haber estudiado ingeniería, debían recorrer en autobús unos 60 y luego andar otros 6 por un camino rústico que, dependiendo de las estaciones del año, podía ser de polvo o de barro. Pero esto no suscitaba cuestión en unas mentes como las suyas que si de algo disponían era de tiempo y de paciencia. Tampoco tenían una expresa conciencia del paisaje que los iba rodeando a cada momento, aunque éste fuera de una belleza elocuente, debido a que el paisaje era algo consustancial con sus vidas, como las caras de la luna o el enorme corpachón de las vacas.
-Papá –dijo el niño de pronto.
-¿Qué, hijo? –contestó a su vez el padre.
-¿Vas a mandarme a los curas?
-Seguramente
-Pero yo no quiero ser cura.
-Tú harás lo que se te ordene.

El niño agachó la cabeza y, durante unos cuantos minutos, anduvieron los dos en silencio, pero ambos tenían las mentes ocupadas en devanar aquel rumio; especialmente el padre que, habiendo hecho uso de una contumaz prepotencia, trataba de encontrarle justificación a la misma.

A la izquierda del camino, entre viñedos frondosos, había un pequeño campo de frutales, recientemente plantados. Se detuvo junto a ellos y dijo:
-Mira, hijo, la obediencia a los padres está por encima del gusto; más aún, por encima del bien y del mal ¿Ves esos árboles de ahí?
-Sí, papá, son manzanos.
-Bien, ¿qué harías tú si te mando romper uno de ellos?
-Pues… no sé…
-¿No sabes? ¿Cómo que no sabes? Lo rompes y se acabó. A ti te corresponde la obediencia, a mí la responsabilidad ¿Comprendes?
-Sí, pero…
-No hay pero que valga: lo rompes y se acabó… ¿Qué miras?... ¡Venga, a romperlo ahora mismo!

Ni que decir tiene que como el niño se negó a la barbaridad, recibió unos cuantos azotes, pero el padre no quedó satisfecho. En sus fueros más íntimos sabía que la razón no le acompañaba del todo. Ciertamente, el niño le negaba la obediencia, cosa terrible, pero no era menos cierto que él estaba abusando de su autoridad. Así que cuando estuvieron ante el futuro sacerdote, de quien habían solicitado consejo, y éste orientaba al muchacho hacia la obediencia y el servicio de Dios, el padre se incorporó de la silla:

-Creo que perdemos el tiempo, hermano –dijo categóricamente- El niño no quiere obediencia, sino justicia. Tú podrás decir que la justicia emana de Dios, que sabe la razón de las cosas, y que nosotros, sus hijos, le debemos obedecer ciegamente. Pero yo pregunto: ¿qué razón tiene Dios para mandar romper un manzano? ¿Qué Dios no haría tal cosa? Ya lo creo que sí: sin ir más lejos, ayer dobló los cañones de toda una cosecha de trigo. Y lo que es peor, también vació las espigas ¿Dudaría, pues, en mandar romper un manzano? No señor, mi hijo quiere justicia y yo me he dado cuenta de que sus deseos son justos.

Cumplido el objetivo de la visita, y habiendo recordado con su amigo, el dueño de la casa, algunas batallas campales, padre e hijo emprendieron el camino de vuelta. Ambos iban absortos en sus pensamientos hasta que, de pronto, el niño se apartó del camino y, acercándose a uno de aquellos manzanos, lo rompió sin ninguna vacilación. Los ojos asombrados del padre no pudieron contener una lágrima. Tampoco los del hijo que, abrazado a su cintura, entendió que se libraba de los infiernos.

Parece un poco arbitrario decir que, en lo sucesivo, la justicia fue el norte de su vida. Lo que puede asegurarse es que como hombre fue justo. También fue un buen labrador.

Mariano Estrada, 1986 www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com

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