viernes, 13 de octubre de 2006

La eternidad

Queridos amigos:

Para leer este texto hay que situarse en los años ochenta, que es la época en la que fue escrito ¿Por qué? Primero porque es cuando los ovnis, y de ovnis se trata, estaban realmente de moda. Y segundo, porque algunas de las cosas expuestas en el mismo están sobrepasadas actualmente por el cine de ciencia-ficción. No obstante, sigue teniendo un desenlace sorprendente, ya que, siendo en cierto modo visual, no puede ser mostrado adecuadamente por una cámara a cuyo objetivo se le niegan todavía las capturas de hiperrealidad metafísica y otras manifestaciones de la intuición. M.E.


La eternidad

Me doy perfecta cuenta de que, a estas alturas del tiempo (expresión que implica formalmente al espacio, como es fácil de ver), exhibir una aventura con extraterrestres no puede considerarse anormal, sino todo lo contrario: se exhiben a menudo, con gran despliegue de medios y con gran prolijidad de detalles. Ésta es la causa por la que mi caso no ha de llamar la atención, por mucho que se adorne de flores ¿A quién puede importarle una historia, supuestamente alienígena, sin la parafernalia de un platillo volante? ¿Serviría de algo que yo, rudimentario mortal, dijera a mis congéneres que los ovnis son trasuntos de nuestra formidable ignorancia, evidencias de nuestra patente limitación, metáforas de lo que no tiene respuesta? Pues eso y más diré, porque todo lo que he visto y, en cierto modo, vivido, está tan alejado de nuestra comprensión que finalmente sólo puede ser tomado como fantasía, incluso por aquellos que, supuestamente, están en el secreto de la realidad ufológica, si es que existe una realidad ufológica.

El mundo de los ovnis, que se alimenta de publicidad y esoterismo, requiere constantemente una noticia sensacionalista. Es decir que, para que un avistamiento tenga acogida en los medios de comunicación e impacto en la sociedad, se hace imprescindible un cierto número de testigos que lo hagan verosímil y algún implicado directo, que lo cuente más o menos así: “Un objeto brillante se detuvo ante mis ojos; después de unos segundos, descendió con lentitud hasta posarse en el suelo; se abrió una puerta, una luz cegadora bajó de su interior, bajaron unos seres gigantes que, dirigiéndose a mí, me hicieron indicaciones de que les siguiera; yo les obedecí ciegamente pues, ante tanta maravilla, había perdido el dominio de la voluntad. Me subieron a la nave, me llevaron a una estancia cuyo techo reproducía el firmamento, me mandaron acostar sobre una mesa de vidrio, me aplicaron unos bornes a la cabeza: aquí y aquí, mire, aún están las señales. Después se me cerraron los ojos y, ya ve, al despertar me encontraba muy lejos del lugar de los hechos. No había nadie, me dolía la cabeza, tenía seca la boca, estaba cansado...”

Frente a esto, ¿cómo voy a oponer yo una experiencia que si bien es diversa, rica y absolutamente fantástica, carece del aliciente mediático de los avistamientos y se reduce a una multiplicación de actos extraordinarios e increíbles contemplados en soledad y, por lo tanto, susceptibles de invención, o incluso sospechosos de provenir de algún trastorno mental o de alguna sustancia alucinógena? El ente que me vino a visitar (digo ente por llamarle de algún modo, pero su aspecto era de hombre), hablaba el mismo idioma que yo. Desde luego hablaba otros, tal como supe después, pero ése fue el usado para comunicarse conmigo ¿Qué me dijo? Muchas cosas. Procedía de un lugar cuya existencia, por no estar limitada por el espacio, ni siquiera sospechamos los hombres. Nuestras máquinas, supuse que aludía a los cohetes espaciales, eran pasatiempos ciertamente curiosos, y el misterio de los ovnis, cuyas brumas nos maravillan, quedaba diluido a muy escasas alturas: eran puros intentos de trasponer los umbrales de la razón, buscando en el espacio la comprensión de las cosas. La carne de aquellos a los que llamamos extraterrestres era igual que la mía y las leyes a que estaban sometidos no eran otras que las que me afectaban a mí…

En cambio, y esto ya es realmente sustancial, él había cruzado el espacio sin servirse de ninguna máquina o montura y, por supuesto, a más velocidad que la luz. Tenía muchos años o ninguno, porque los años son cuentas que en ese mundo no existen. Hablaba con la naturalidad del que tiene estas cosas por costumbre. Se mostraba cortés y parecía interesado en lo que yo le decía; y yo, que de las ciencias del cosmos entiendo muy poco, ¿qué iba a hacer?, le hablé de los incomprensibles misterios del espíritu. No es que yo sea un experto pero, justo en ese tema, me dio la sensación de que él era un cándido ¿Cómo es posible, pensé, que un ser trans-espacial, extemporal, superlumínico, no tenga conocimiento del alma?

- ¿Qué es el alma? –preguntó con curiosidad
- ¿El alma? –repliqué- En esa exploración, llamada teológico-filosófica, han gastado los hombres muchos siglos de su tiempo. Si ello no ha sido suficiente para esclarecer nuestras dudas, ¿cómo puede explicarla un ignorante en unos pocos segundos?
- Ya lo has hecho –repuso- El alma es la justificación de vuestra vida. Cuando los filósofos os la puedan explicar abiertamente, la vida habrá perdido el significado. Pero no lo harán jamás, porque ese Dios que dices ha soplado muy fuerte. Nosotros no tenemos doblez, somos pura materia; pero no es menos verdad que multiplicamos infinitamente la forma y que no tenemos sangre ni dolor. Estamos más allá de la muerte porque estamos más allá del nacimiento, inmensamente alejados de vuestra comprensión, que se limita a rudimentarios diagramas sobre la relatividad del espacio y del tiempo. Estamos desafectados de la llamada gravitación universal y disponemos a voluntad de la velocidad y el reposo.
- Si estás desafectado de la gravedad, ¿cómo es que no flotas o levitas?
- Justamente por lo que acabo de decir ¿comprendes? Yo puedo andar de arriba hacia abajo, o viceversa, lo mismo que tú andas de un lado hacia el otro, con la diferencia de que tú estás sometido al cansancio y yo no tengo trabas con el rozamiento. Mi movimiento es como tu respiración o como tu vista, pero sin otras limitaciones que mi voluntad.

Después de considerarlo unos instantes, le dije que en la tierra (sé perfectamente que debí decir en el cielo), había un santo que tenía por costumbre no creer en resurrecciones hasta no meter el dedo en la llaga. Que a mí me picaba una sarna parecida y, sinceramente, que creía tener el derecho a un razonable escepticismo, a una módica duda. En vista de lo cuál, poniéndose a mi entera disposición, comenzó sus increíbles demostraciones: que si sube, que si baja, de cabeza, de costado, al tresbolillo... Todo ello en el aire, naturalmente. Por último, cuando juzgó que mi asombro había convertido mis incredulidades en creencias, se sentó de nuevo a mi lado.

- ¿Qué opinas ahora? –preguntó con naturalidad
- Que como mago no tienes precio. En otras civilizaciones podías pasar por un díos, pero ahora son frecuentes los prestidigitadores y los ilusionistas.

No vi de dónde extrajo el cuchillo; sólo pude ver que era grande y filoso. Con él, y ante mi inútil perplejidad, se atravesó varias veces el cuerpo. Cual no sería mi asombro al comprobar que no manaba la sangre y que, al retirar el acero, no quedaba ni rastro de la herida.

- Entre mis semejantes –dijo- soy un elemento corriente. Aquí parezco un dios, pero no soy un dios. Soy una parte infinitesimal de la materia de la que estamos constituidos, que tiene a su disposición una cierta energía. Con ella me transformo a voluntad y puedo ser también como tu gato o tu perro. Mi aspecto exterior es una adaptación continua a las circunstancias y al medio, lo que quiere decir que mi esencia es una suerte de potencialidad permanente, sin limitaciones de forma y despojada de su condición de futuro, aunque revestida siempre de mimetismo ¿Quieres que me quite el caparazón humano para que contemples mi forma de ventana? Dicho a tu manera: ¿quieres que me transforme en ventana?

¿Qué les puedo decir, señores, sino que mis ojos presenciaron atónitos tan magnífica transmutación? ¿Se imaginan una mano convertida en cremona, una pierna en falleba y el costillar en cristal? Pues eso hubo, mi visitante se había convertido en ventana. En cierto modo resultaba gracioso. La seriedad vino luego, cuando yo miré a su través...¿Qué que vi? Inútil intentar describirlo, porque es sencillamente imposible ¿Cómo describir una visión que abarca de una vez el universo, el antes y el después en un pasmoso presente, los habitantes planetarios (los que nos conocen y los que nos ignoran), las galaxias infinitas que se escapan a los ojos del hombre, el hombre mismo y su minúscula significancia en la maraña celeste? ¿Cómo explicar la sensación de contemplar a mis hijos al tiempo que a mis padres y a mis tataranietos? ¿Y la de verme a mí mismo, simultáneamente, en los diversos estados de la vida? Frente a esto, ¿qué significan las luces cegadoras de los ovnis, su no identificada procedencia, sus personajes de circo con dos metros y medio de estatura?

Cuando volvió a su anterior apariencia, la de hombre, pudo ver cómo a mí se me había transformado la cara.

- Ya sé, ya sé –me apaciguó- Tus ojos han visto maravillas. En realidad no las han visto tus ojos: las ha sentido tu ser porque, aunque a ti te resulte incomprensible, durante unos instantes has estado en el cuerpo de la eternidad. Por ello no eres más sabio, sin embargo. Se han de apagar las estrellas de innumerables galaxias antes de que sepas quién eres. Pero no te desanimes, la eternidad es tan larga que incluso los mortales la alcanzaréis algún día. Tan sólo habéis de aprender a desligaros de la carga del tiempo.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com
Del libro “Vindicación de JL Borges”

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