martes, 26 de septiembre de 2006

Génesis democrática

Génesis democrática


Queridos amigos:

Hace unos meses, hurgando sin excesivo interés en cajones de uso ya insólito, llegué a una carpeta que llevaba veinte años cerrada y, al abrirla, ha aflorado un texto como éste que me ha sorprendido dos veces: una, por el tipo de literatura exhibido y, otra, por el tema tratado. No es que al leerlo me haya embargado la emoción, pero sí, como digo, la sorpresa. Lo que pasa es que resulta un poco largo, por lo que, antes de enfrascaros en la lectura, deberíais tomar un buen reconstituyente: un jamón de Castuera, por ejemplo, con un vino de Toro. Y como luego no podréis con el alma, os vais a dar un paseo, que siempre será más provechoso que aproximarse vagamente a Solón y a los otros sabios de Grecia.

Un abrazo

Génesis democrática

Los siete sabios de Grecia, cuya actividad esencial era el estudio del hombre, se negaron a admitir la adivinación entre las huestes de su multiplicada sabiduría.

Presumiblemente, las artes adivinatorias (por otro nombre mañas, de donde algunos detractores hacen derivar artimañas), no eran administradas por sabios, sino por gentes de muy bajo abolengo. Pero he aquí que un buen día, Protágoras de Beocia (sabio esquilmado a la posteridad, como veremos, y sustituido en el podio por Periandro de Corinto) se descolgó de la ciencia con un tinte de adivinación. La historia fue la siguiente.

En el decurso de un tiempo muy corto, Atenas había contemplado la muerte de muchos hombres ilustres. La de uno de ellos, Epígenes de Cefiso, había consternado hondamente a Cleóbulo de Lindos, a consecuencia de una antigua amistad. (Se decía que, si bien no eran hermanos, el pecho que los había alimentado era el mismo).
Así, pues, Cleóbulo, cuya inteligencia había quedado temporalmente abstraída, trataba de acallar los sentimientos con las luces de la razón, para lo cual no había encontrado otra forma que el descargo de la animalidad a través de los golpes de un hacha (La leyenda dice que era un hacha bipenne). En esas lides andaba, en efecto, cuando Protágoras acertó a pasar por su puerta:

- Cleóbulo –dijo- Las Parcas se han llevado a tu amigo.
- Así es, Protágoras, cada cual tiene asignada su hora.
- Pues de apariencia era un roble.
- Quizás, pero la procesión va por dentro.

Protágoras se quedó unos instantes pensativo y prosiguió:

- ¿Sabes una cosa, Cleóbulo?
- ¿Cómo voy a saberla, Protágoras, si aún no me la has dicho?
- Ello no es óbice, hermano. La facultad de la mente puede anticiparse a los hechos. En cuanto a Epígenes, cuyo cuerpo repose en los jergones del Orco, yo tuve la evidencia de su muerte. Así se lo hice saber aquella triste mañana y, ya ves, al día siguiente murió.
- ¿Me estás diciendo, Protágoras, que te has vuelto adivino?
- Te digo que la luz ha entrado en mi alma y que, incluso cerrando los ojos, veo con gran claridad. Antes de que Epígenes muriera, yo había visto ya su cadáver.
- ¿En serio? ¿Y a quién le toca ahora, Protágoras, podrás decírmelo a mí?
- Ahora hay un campo vacío, Cleóbulo, pero el entorno está oscuro y en él destellan los ojos de las Parcas. Cualquier momento es propicio para el zarpazo.

Cleóbulo sintió el odio en lo más hondo del pecho. Furiosamente, arrojó aquella enorme hacha, a través de la cuál trataba de descargar su amargura y, dejando a Protágoras con la palabra en la boca, corrió a buscar a Solón.

- Solón –dijo conteniendo los pálpitos- Protágoras no es digno de guardar la llama divina. Epígenes murió bajo el hechizo de su torva mirada.
- ¿Sugieres que ha habido un mal de ojo?
- No lo sé, Solón. Puede que un mal presentimiento.
- No es igual, Cleóbulo; una cosa es matar y otra muy distinta que haya visto llegar a la muerte. El discernimiento de la verdad es oficio del sabio; cebar una obsesión es alimentar las malas pasiones. Protágoras es hombre de muy nobles creencias, pero también de muy vastas alquimias. Quién sabe si, estrujándose el magín, ha podido anticiparse a la muerte. Después de todo, la ciencia está ahora en pañales.
- Vamos, Solón, deja que esas cosas las digan sólo los necios. Protágoras ha visto más allá de sus ojos ¿No es eso adivinación?
- Lo es, Cleóbulo.
- Y al que ejerce la adivinación ¿no lo condenan las leyes?
- Ciertamente, así es.
- Reunamos, pues, al Consejo.

Casualidad o corazonada, el caso es que profetizando la muerte de Epígenes se había ofendido ominosamente a la sabiduría; y al autor de aquel desaguisado, Protágoras de Beocia (quien paradójicamente no advirtió la inminencia de su caída), empezaron a mirarle sus colegas de formas muy sorprendentes: unos con recelo, otros con ojos impresionados e imputadores de culpa).
Por encima del criterio de Solón, que amén de ser razonable y objetivo, era secundado solamente por Tales de Mileto, primaba la superchería de los demás que, a partir de aquella hora, empezaron a ver en Protágoras una amenaza para sus vidas. Tanto fue así que, antes de reunirse formalmente la mesa, se hizo un conciliábulo en el que los adictos a Cleóbulo tomaron la decisión de que el nombre de Protágoras no volvería a salir de sus bocas. Hecho lo cuál, a Quilón de Lacedemonia se le ocurrió una buena pregunta:

- ¿Y cómo le vamos a llamar, si puede saberse?
- Claro que puede saberse, Quilón –respondió Cleóbulo- ¿Cómo se llama a los que roban?
- Ladrones, Cleóbulo, para eso no hace falta ser sabio.
- ¿Y a los que cogen?
- Co... lega... Vaya, me lo has puesto tan a huevo que casi te cito los sinónimos.
- Pues apliquemos el cuento.

Aquellos que, además de ser sabios tenían una mentalidad razonable, se miraron a los ojos con interrogaciones muy hondas. Y no ya por la gracia, que sin duda estaba fuera de lugar, sino por la propia cohesión del razonamiento. Pitaco de Mitilene, que pasaba por persona de muy sólidas luces, preguntó:

- ¿Qué has querido decir, Cleóbulo?
- Amados todos –respondió éste- Estaréis de acuerdo conmigo en que cada hombre se mide por la cualidad de sus actos: el bueno por la bondad, el amante por el amor, el bebedor por la bebida... Y aunque a veces la etimología nos gasta malas pasadas (no hay más que ver que a quien poda los árboles no se le llama podenco), se puede aseverar que, por lo común, los epítetos se constituyen sin trampas y con un derivación transparente. Pero ¿qué diremos de un hombre que, apoyado en la ignorancia general, utiliza la sabiduría como sustento de la adivinación? “Sofía” y “manteia” no tienen nada en común ¿Comprendéis, amigos?
- Perfectamente, Cleóbulo –respondió Pitaco- Lo que pasa es que ignoramos adónde vas a parar. El nombre de los que cogen nos ha inducido a despiste.
- Pues bien, ínclito amigo, en la praxis quiero decir lo siguiente: ¿es ladrón el acusado?
- De ninguna manera, Cleóbulo –respondieron tres voces en una.
- ¿Es cojón, por ventura?
- Ni por ventura ni por el forro.
- ¿Es reo de brujería?
- ¡Sí! ¡Sí!... ¡Crucifícale!

En los ojos de Cleóbulo brilló una luz triunfadora. La venganza estaba servida. En adelante, las cosas del saber no volverían a ser tomadas a chunga.

- Puesto que así lo queréis –convino- así se hará: el nombre del culpable será relegado al silencio ¿Algo que objetar, Solón?
- Sí, Cleóbulo, que tu alma está resentida y has montado en un odio que tiene la pendiente hacia abajo. Protágoras ha visto más allá de la cuenta, ciertamente, pero tú no ves a tres en un burro. Lo malo es que has cegado a los demás y todos rodaremos por ese mismo talud, incluso los que estamos en contra, como Tales y yo, pues siendo como somos minoría nos vemos envueltos en la inercia.
- ¿Debo entender –se extrañó Cleóbulo- que acatáis la decisión aun con los deseos en contra?
- La acatamos, Cleóbulo; supeditamos nuestra opinión a la voluntad de la mayoría ¿Qué modo hay mejor de vindicar una futura democracia? Pero que consten dos cosas: una, que nuestro voto es contrario; otra, que el corazón nos queda afligido.
- Entonces no hay más que hablar, señores: le llamaremos el Brujo, en atención a sus prédicas visionarias, y desde ahora le condenamos al Hades. Sepan, pues, los hombres que, a expensas de lo que mañana decida el Consejo, la sabiduría de Atenas tiene un puesto vacante. Quien traiga aspiraciones sobre el mismo, entienda sabiamente que vacante no viene de vaca. Los dioses sean profusamente loados.

La Historia testifica que, unos años después (o antes, quién sabe), Solón fue nombrado Arconte de Atenas. En el acto de la proclama, afirmó: “Sólo la ley puede unir la coacción con la justicia”.
La democracia vino más tarde, pero él sembró una semilla que las generaciones de los hombres han multiplicado en el tiempo.

Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com

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Yo me lo he leido dos veces, y la principal conclusión que he sacado, ha sido que no se debe dejar en manos de una sola persona los grandes juicios y decisiones, porque a veces, nos invade la pasión y la venganza.


Un abrazo


Interesante y (con perdón de Cleóbulo) clarividente pieza, Mariano. La democracia histórica contiene lecciones útiles para quien quiere verlas, o para quien no quiere repetir los errores del pasado. vcarbona