sábado, 09 de septiembre de 2006

Kiev: crónicas espontáneas, 1

Kiev: crónicas espontáneas, 1

Percheska Lavra


Queridos amigos:

Hace poco más de un año, mi mujer y yo estuvimos en Kiev, ciudad donde mi hermana Antonia, monja dominica y misionera pertinaz, ha fundado con otras compañeras y un ingente esfuerzo (y también con un número importante e indeterminado de colaboradores anónimos), una institución para ayuda de los niños. De hecho se llama Dim Ditey, que en ruso quiere decir “La casa de los niños”.

En la semana que estuvimos allí, ocupando una habitación de la buhardilla y agasajados por una cálida hospitalidad, coincidimos con algunos otros huéspedes, entre ellos un cura mejicano llamado Germán y un fotógrafo vasco que viajaba en bicicleta y se llamaba Jesús. Entre los muchos regalos que nos hicieron, Marina fue de los más sobresalientes. Marina, además de una persona servicial, paciente y muy amable, es una guía instruida y perfectamente documentada. Conoce, por tanto, la ciudad, la historia de la ciudad y la historia de sus instituciones y de sus gentes. No en vano lleva treinta y tantos años en Kiev, aunque su origen es argentino.

El Monasterio de la Lavra, en el que invertimos casi un día completo (comimos en un restaurante que hay dentro del recinto), fue una de nuestras primeras visitas. El día anterior, por la mañana, habíamos visitado el centro de la ciudad, donde quedan mayormente las actividades comerciales y, por tanto, los chiringuitos de cambio de moneda que, curiosamente, pagan mucho más que los bancos. Y, por la tarde, visitamos el Museo Nacional, guiados nada menos que por la Directora del mismo, la señora Lila.

Debo decir que no tomaba notas, lo que es exactamente normal, puesto que nunca las he tomado. Sólo al volver a casa, por la noche, escribí algunas crónicas en el ordenador de mi hermana para los amigos del Foro de Muelas, que es mi pueblo y el vuestro.

Un abrazo

Kiev: crónicas espontáneas

1.- Pecherska Lavra

Al monasterio de la Lavra se llega por una avenida de castaños que desemboca en una plaza-balcón donde hay un obelisco a la memoria de los muertos de la segunda guerra mundial, custodiada discretamente por el fuego eterno. Quiero decir que en la base del obelisco hay una llama discreta que no se apaga jamás.

Desde aquí, el panorama es realmente magnífico. Además del río Dnieper, en toda su anchura, se ve parcialmente el Monasterio de la Lavra y una masa de árboles impresionante por la que en Canarias darían lo que no se puede mentar, que lo calcule Natalia, porque creo que ella me entiende muy bien. Sólo me queda una pena, y es que este hermoso paisaje, ante el cual me desnudo y me arrodillo, no pueda verlo en otoño, un otoño del que, por más que imagine el esplendor, tan sólo hay unos leves indicios…

El Monasterio Pecherska Lavra es llamado “la madre de los monasterios rusos”. Y yo me alegro mucho de que haya madres y madres, porque aún está tierno el recuerdo de la cercana guerra del Golfo, que siendo madre también, lo fue de todas las guerras.

El recinto es una enorme extensión de terreno en el que se ubican varias iglesias, una catedral, una fortaleza, dos impresionantes catacumbas con sus muertos momificados y un puñado más de relevantes edificaciones, donde no sólo no hay polución, sino que se respira materialmente la paz. Pero no la paz que sucede inmediatamente a la guerra, sino la paz que necesitamos nosotros, los precipitados occidentales, para acallar tanto grillo revuelto en el interior de nuestras conciencias. En primer lugar, no hay coches, en segundo lugar, no hay ruidos. En tercer lugar, no hay perritos calientes…Lo que hay es un profundo silencio por el que se mueven respetuosamente los turistas con sus cámaras en mano, dispuestos a llevar a su casa un reflejo de la belleza.

De vez en cuando un monje con su apariencia sencilla, sus sandalias, su sotana oscura, que está muy alejada de los patrones estéticos de la actualidad, incluida la ucraniana, y un halo intimista, tal vez un aislamiento espiritual del mundo que los contiene y los rodea. Pecherska Lavra. Iglesia de la Santa Trinidad, Iglesia de Todos los Santos, Catedral de la Dormición de la Madre de Dios. Catacumbas del fraile Antonio. Aislamiento perfecto y refractario a la natural comprensión de los mortales, Gran Campanario del Monasterio, Gran Muro, Gran fortaleza de la paz.

Los árboles me siguen llamando la atención, y en el recinto los hay a montones, todos hermosos. Algunos son tan grandes que, por encima de ellos y dependiendo de la distancia y de la perspectiva, sólo salen las torres doradas o verdes de las Iglesias. Como estaba con nosotros Germán, el cura mejicano, yo le sugerí la posibilidad de que La Iglesia estuviera resurgiendo nuevamente, ahora como un brote de la mismísima naturaleza. Pero era tan sólo una maldad porque, siendo él católico, ¿iba a hacerle gracia el florecimiento ecológico de la Iglesia Ortodoxa? Rió la gracia, y lo hizo con sinceridad. Porque es un cura bueno. Tan bueno que yo no lo veo como cura…

También rió Marina, que es nuestra guía inestimable y tal vez un tanto desaprovechada e inmerecida, porque ella se empeña en enseñarnos lo muchísimo que sabe del Monasterio, mientras nosotros, como niños, a veces nos ponemos a “chistear” o a perseguir fotografías emulando a nuestro amigo Fernando Medrano. Rosa nos llama la atención, pero Marina tiene más paciencia que el labrador que espera la lluvia. En cuanto a Jesús, el fotógrafo vasco, le hace fotos a todo, y no desperdicia la oportunidad de fotografiar a las chicas ucranianas que no sólo se arreglan cantidad, sino que también son guapísimas. Esbeltas, cuerpidivinas, ojipreciosas…

Antonia no nos ha acompañado porque, además de que tiene mucho que hacer, ya ha visitado el Monasterio unas cuantas veces. Sólo se ha perdido los chistes. Es decir, nada, porque eran todos muy malos…

Mariano Estrada

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