lunes, 29 de mayo de 2006

¿De quién son los ríos?

¿De quién son los ríos?

Los ríos, que desde tiempos inmemoriales han sido lazos de unión, han empezado a ser motivo de discordia, especialmente entre los altos profesionales de la política. “Este río es de mi tierra y mi tierra soy yo. A su lado vivo, de su agua bebo, en él me reconozco y me solazo. Luego este río es mío y de este río me río”. (De la vena fluente de un político apócrifo que al rioja le llamaba River-ja).

El Ebro, que antes guardaba silencio al pasar por el Pilar, porque no quería despertar a la Virgen, ahora es motivo de gresca entre las dos grandes fuerzas políticas de España, camisa blanca, como consecuencia del fallido Plan Hidrológico Nacional. En su día, el Cabriel fue motivo de duros enfrentamientos entre las Comunidades de Valencia y de Castilla-La Mancha, en el punto concreto de sus Hoces. Unos, aparentemente, por preservar la belleza; otros, aparentemente, por mejorar la comunicación. Y ahora le toca al Guadalquivir, al que parece que quieren meter en un Estatuto, tal vez en una Realidad Nacional, lo que tiene mucha minga, Dominga. Pero ya les ha dicho Ibarra que son un poco chorlitos o cabezabuques, porque algunos afluentes del Guadalquivir nacen precisamente en sus tierras. Además, ¿quién puede asegurar que un día Sevilla no pida anexionarse voluntariamente a Extremadura? ¿Ein? No sé, pero tal como andan las cosas…

Antiguamente, los ríos pasaban por aquí y por allá y los ciudadanos aprovechaban sus aguas para regar sus tomates y cebollas, para moler sus centenos y cebadas, para darse un chapuzón o para pescar algún que otro barbo, pero luego se desentendían de ellos y los olvidaban porque alguien había sentado un precedente muy sensato que, si no sentaba cátedra, servía al menos de jurisprudencia: “agua que no has de beber / déjala correr”. Había ríos que, al menos en alguna de sus partes, corrían tan olvidados que un prestigioso poeta se vio obligado a cantar: “Río Duero, río Duero / nadie a acompañarte baja”. Bien es verdad que Gerardo Diego hacía la salvedad de los enamorados, ya que estos ponían a los ríos como testigos de sus grandes amores.

Y hemos de hacer también la salvedad de algún pájaro de cuenta que, con la nocturnidad requerida, bajó a borrar las huellas de un odioso crimen: “Amor mío, si te vas / no bebas agua del Duero / que lavaron el puñal / con que mataron a Diego”. De hecho, había ríos tan libres y tan respetados que, aun siendo muy modestos en su caudal y en su recorrido, la gente les pedía permiso para pasar, tal es el caso del Manzanares, que, a su paso por Madrid, bien podía haberse hecho colchonero de pro. Discurrían tan libres y tan limpios que, cuando algo se interponía en su camino y los perturbaba, enseguida se hacía público y notorio. Este es el caso del Nervión, por el que un día dijeron que bajaba un bicho extraño…

Que yo sepa, nunca antes los ríos habían tenido un carácter particular, como el patio de mi casa, sino que siempre habían sido bienes comunes y públicos. Daba igual dónde estuvieran, porque eran igualmente de todos. Miños y geniles, tajos y bernesgas, mundos y jalones, eslas y guadianas, fontirines y júcares, arlanzas y cuervos, jaramas y seguras. Bueno, el Jarama era un poco de Ferlosio, pero sólo en un plano simbólico y honorífico. De manera que todos eran ríos de todos. Todos eran ríos de nadie. Y en Andalucía, particularmente. De hecho, el famoso Río de Miguel Ríos no se sabe cual es, porque ni siquiera tiene nombre. Es más, los autores de la universal Macarena son Los del río, pero ¿de qué río?

Solo usted, señor Chaves, pretende que el Guadalquivir tenga dueño. Y que este sea un sujeto jurídico llamado Realidad Nacional Andaluza. O algo así. Que vaya si tiene cojones. No me extraña que Ibarra se cabree, aunque yo ha he descubierto que Ibarra se cabrea solamente de boquilla, justamente por donde suele morir el pez. Luego se tragará el Guadalquivir con todas sus poluciones como un día no lejano se tragó el Estatuto de Cataluña, que ese sí que es un río, pero de tinta. Y tiene asimetrías como sapos. Y monstruos de lesa financiación.

Si empezamos a pegarnos por los ríos ¿qué será de nosotros y de nuestras vidas? Todos sabemos que “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. Nos lo dijo Jorge Manrique, ya hace muchos años. Yo estoy de acuerdo con él, y no me gustaría nada que el pequeño río de mi vida fuera esclavo de ningún politicastro con ambiciones ni de ninguna entidad jurídica con rango de eufemismo nacional.

La prueba más contundente de que los ríos no son de nadie es que, en realidad, nadie los ha podido nunca hacer suyos. Ya lo dijo Heráclito, el filósofo de Éfeso: “No te bañarás dos veces en el mismo río”. Señor Chaves: el Guadalquivir no es un río, sino muchos ríos, infinitos ríos. Cuando usted quiera apropiarse de uno de ellos, este empezará a sonreírle desde las proximidades de la costa, que es donde los ríos remansan. Y luego desde el mar, que es al que voluntariamente se entregan.

Mariano Estrada

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Me recuerda unos versos que leí en

Selección-de-poemas.blogspot.com

Se titulan COMO EL AGUA DEL RÍO. Ahí van:

De acuerdo con Manrique en que
nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
pero también entre tanto
los recodos, los afluentes
las caídas, los remansos
los meandros, los remolinos
sus crustáceos, esturiones
anguilas, salmones, truchas
-pero mira cómo beben
los peces en el río-
castores, ratas de agua
los juncos de las orillas
los árboles que se riegan
las acequias que se nutren
las esclusas que se abren
embarcaderos fluviales
sed o calor que se calman
-frío frío como el agua del río-
bañistas que chapotean
niños cogiendo guijarros…
Y aunque también dice Jorge
que llegados son iguales
quizá lo que más importe
sea el cauce, la travesía.