jueves, 25 de mayo de 2006
El esquilmo del roble y otra cosas
El esquilmo del roble y otras cosas
Queridos amigos:
Según recuerdo ahora, fueron años y años los que estuvieron sacando camiones y camiones de madera. Se hubiera dicho que allí, en los montes de Velilla, había bosques de robles interminables. Claro que entonces éramos niños e inocentes. Tan inocentes que si hubiera pasado Herodes con el cuchillo, nos hubiera degollado sin resistencia ninguna, lo mismo que si hubiera pasado el hombre del saco, al que tampoco vimos jamás. Fuimos, de verdad, unos niños felices que comíamos perdices…
Un abrazo
La carretera de Vega, que hasta cierto punto es la carretera de Velilla, es más estrecha que el río, pero discurre junto a él y tiene muchas más curvas. ¿Será porque es mujer? Antes era un camino de carros por el que, no obstante, durante el largo período de mi escolaridad, transitaban a diario unos camiones que tenían sed de madera.
Por entonces, los niños éramos diablillos revoltosos, pero inocentes, que andábamos muy lejos de cuestionar ciertas cosas que sólo muy dudosamente comprendían los adultos. Y no todos. Y no todo. Por ejemplo, si los camiones andaban con gasoil, o gasolina ¿por qué tenían sed de madera? Pero ésta es una contradicción que, al parecer, nadie se dignaba observar. ¿Y quién iba a observarla, si palabras como contaminación, depredación, medioambiente, biodiversidad, ecologismo... quedaban aún tan lejos de salir a la luz y de ser mínimamente beligerantes?... Pues bien, a nosotros nos gustaba jugar y jugábamos con lo que había, que no era poco. Sin embargo, nos faltaba la novedad, y en una época en la que por la carretera pasaban las horas y el silencio, pero no los coches, aquellos renqueantes camiones cargados de madera eran motivo de diversión....
También nos gustaba el chocolate, claro, pero chocolate no había y nos teníamos que conformar con leche en polvo, aquel subproducto americano de bidón que en los recreos se tomaba de desayuno, y no precisamente con diamantes y mucho menos para la eternidad, sino más bien con tropezones de pan y un par de cucharadas de azúcar. Con ello se lograba un producto peleón, muy propio del subdesarrollo y prácticamente indigerible; tanto como el vino de Justel, el pueblo de Santiago y cierra España que, aunque nada tenía que ver con Las Uvas de la Ira, americanas ellas, de Steinbeck, no dejaba de ser un vino agrio hasta la provocación involuntaria de la risa. Rite, coño ¿Qué? Que eches un trago, hombre, que éste hace reír.
Sin embargo, la de la leche era una contradicción generalmente aceptada por un razonamiento de necesidad y de ahorro, aunque por entonces todo el mundo tenía una vaca parida, que era el equivalente local de una vaca lechera, tolón-tolón, y sabía exactamente que la leche de vaca era una excelente persona ¿Por qué me amargas la vida, cariño, con estos grumos? A mí me gustaban los polvos secos de leche mucho más que la leche licuefactada, hecha tazón insoportable, con más o menos azúcar: Isidro, no derrames la leche, coño, que es pecado mortal. Coño, es pecado mortal. Coño es pecado mortal. Y además irás al infierno, que es la leche. Coño, la leche es buena. El infierno no es malo del todo: polvo seco de leche, coño, que se derrama. Coño que se derrama.
Así esquilmaron los robles. Con camiones sucesivos y ruidosos que, durante años y años, subían y bajaban por este viejo camino que antes estaba sin asfaltar, que aún lo está en sus últimos tramos, los que se adentran directamente en Velilla: la ciudad de los robles y de los lobos ¡Uh, que te come! Camiones viejos y lentos de los que nosotros buscábamos siempre la trasera, para colgarnos. Estábamos muy lejos todavía de sentir en nuestras carnes el Dulce pájaro de juventud y podíamos buscarles las traseras a los camiones sin que nadie te saliera por bulerías de muy torcida intención, que aún no se daban en los contornos y hubieran resultado incomprensibles de todo punto de vista, como lo era la barba de una mujer de la que decían que era machorra... ¿Qué quiere decir machorra, papá? Soltera, hijo, soltera y sola en vida ¿Por una mala partida? No, por la simple gracia de Dios ¿Cómo las ovejas que no paren? Eso, como las ovejas que no paren ¿Y también como las mulas? Sí, también como las mulas…
- ¿Te das cuenta, Antonio, hasta dónde llegaba la inocencia?
- ¿Eso es inocencia, Isidro? Yo diría que es más bien ignorancia.
- No sé, no sé... Yo pasé una niñez (en la que, por cierto, la palabra maricón era un grito de guerra que, con el significado diluido, estaba en boca de todos) sin sospechar ni de lejos la existencia de la homosexualidad. Puedo decirte seriamente que entonces no tenía ni idea de lo que era realmente un maricón, para el que, no obstante, había varios nombres, incluso alguno muy específico: “jodioporculo”. Y menos aún una lesbiana.
- ¿Y qué me dices de la machorra?
- Con los ojos de entonces, poco, muy poco: para mí era un misterio por el que no me sentía atraído en absoluto, puede que incomprensiblemente.
- Un misterio con barba, Isidro
- Sí, sí, tanta como San Antón... Admito que era raro, pero yo no sentía interés por profundizar en el asunto. Es más, para mí no había exactamente un asunto, sino que era una cosa natural, como en el caso de las ovejas: esta pare, esta no pare. La que pare, trae corderos al mundo. La que no pare es machorra. Sanseacabó. Y si enigma no había, ¿cómo iba a haber curiosidad?
Mariano Estrada
Del libro “Aguablanca: caminos de ida y vuelta”
Nota:
Los montes de Velilla se sitúan en el Norte de La Carballeda zamorana, pertenecen a los pueblos de Justel, Muelas de los Caballeros y Vega del Castillo y lindan con la comarca leonesa de La Cabrera. Lo que aquí se relata ocurría por los años cincuenta.
Queridos amigos:
Según recuerdo ahora, fueron años y años los que estuvieron sacando camiones y camiones de madera. Se hubiera dicho que allí, en los montes de Velilla, había bosques de robles interminables. Claro que entonces éramos niños e inocentes. Tan inocentes que si hubiera pasado Herodes con el cuchillo, nos hubiera degollado sin resistencia ninguna, lo mismo que si hubiera pasado el hombre del saco, al que tampoco vimos jamás. Fuimos, de verdad, unos niños felices que comíamos perdices…
Un abrazo
La carretera de Vega, que hasta cierto punto es la carretera de Velilla, es más estrecha que el río, pero discurre junto a él y tiene muchas más curvas. ¿Será porque es mujer? Antes era un camino de carros por el que, no obstante, durante el largo período de mi escolaridad, transitaban a diario unos camiones que tenían sed de madera.
Por entonces, los niños éramos diablillos revoltosos, pero inocentes, que andábamos muy lejos de cuestionar ciertas cosas que sólo muy dudosamente comprendían los adultos. Y no todos. Y no todo. Por ejemplo, si los camiones andaban con gasoil, o gasolina ¿por qué tenían sed de madera? Pero ésta es una contradicción que, al parecer, nadie se dignaba observar. ¿Y quién iba a observarla, si palabras como contaminación, depredación, medioambiente, biodiversidad, ecologismo... quedaban aún tan lejos de salir a la luz y de ser mínimamente beligerantes?... Pues bien, a nosotros nos gustaba jugar y jugábamos con lo que había, que no era poco. Sin embargo, nos faltaba la novedad, y en una época en la que por la carretera pasaban las horas y el silencio, pero no los coches, aquellos renqueantes camiones cargados de madera eran motivo de diversión....
También nos gustaba el chocolate, claro, pero chocolate no había y nos teníamos que conformar con leche en polvo, aquel subproducto americano de bidón que en los recreos se tomaba de desayuno, y no precisamente con diamantes y mucho menos para la eternidad, sino más bien con tropezones de pan y un par de cucharadas de azúcar. Con ello se lograba un producto peleón, muy propio del subdesarrollo y prácticamente indigerible; tanto como el vino de Justel, el pueblo de Santiago y cierra España que, aunque nada tenía que ver con Las Uvas de la Ira, americanas ellas, de Steinbeck, no dejaba de ser un vino agrio hasta la provocación involuntaria de la risa. Rite, coño ¿Qué? Que eches un trago, hombre, que éste hace reír.
Sin embargo, la de la leche era una contradicción generalmente aceptada por un razonamiento de necesidad y de ahorro, aunque por entonces todo el mundo tenía una vaca parida, que era el equivalente local de una vaca lechera, tolón-tolón, y sabía exactamente que la leche de vaca era una excelente persona ¿Por qué me amargas la vida, cariño, con estos grumos? A mí me gustaban los polvos secos de leche mucho más que la leche licuefactada, hecha tazón insoportable, con más o menos azúcar: Isidro, no derrames la leche, coño, que es pecado mortal. Coño, es pecado mortal. Coño es pecado mortal. Y además irás al infierno, que es la leche. Coño, la leche es buena. El infierno no es malo del todo: polvo seco de leche, coño, que se derrama. Coño que se derrama.
Así esquilmaron los robles. Con camiones sucesivos y ruidosos que, durante años y años, subían y bajaban por este viejo camino que antes estaba sin asfaltar, que aún lo está en sus últimos tramos, los que se adentran directamente en Velilla: la ciudad de los robles y de los lobos ¡Uh, que te come! Camiones viejos y lentos de los que nosotros buscábamos siempre la trasera, para colgarnos. Estábamos muy lejos todavía de sentir en nuestras carnes el Dulce pájaro de juventud y podíamos buscarles las traseras a los camiones sin que nadie te saliera por bulerías de muy torcida intención, que aún no se daban en los contornos y hubieran resultado incomprensibles de todo punto de vista, como lo era la barba de una mujer de la que decían que era machorra... ¿Qué quiere decir machorra, papá? Soltera, hijo, soltera y sola en vida ¿Por una mala partida? No, por la simple gracia de Dios ¿Cómo las ovejas que no paren? Eso, como las ovejas que no paren ¿Y también como las mulas? Sí, también como las mulas…
- ¿Te das cuenta, Antonio, hasta dónde llegaba la inocencia?
- ¿Eso es inocencia, Isidro? Yo diría que es más bien ignorancia.
- No sé, no sé... Yo pasé una niñez (en la que, por cierto, la palabra maricón era un grito de guerra que, con el significado diluido, estaba en boca de todos) sin sospechar ni de lejos la existencia de la homosexualidad. Puedo decirte seriamente que entonces no tenía ni idea de lo que era realmente un maricón, para el que, no obstante, había varios nombres, incluso alguno muy específico: “jodioporculo”. Y menos aún una lesbiana.
- ¿Y qué me dices de la machorra?
- Con los ojos de entonces, poco, muy poco: para mí era un misterio por el que no me sentía atraído en absoluto, puede que incomprensiblemente.
- Un misterio con barba, Isidro
- Sí, sí, tanta como San Antón... Admito que era raro, pero yo no sentía interés por profundizar en el asunto. Es más, para mí no había exactamente un asunto, sino que era una cosa natural, como en el caso de las ovejas: esta pare, esta no pare. La que pare, trae corderos al mundo. La que no pare es machorra. Sanseacabó. Y si enigma no había, ¿cómo iba a haber curiosidad?
Mariano Estrada
Del libro “Aguablanca: caminos de ida y vuelta”
Nota:
Los montes de Velilla se sitúan en el Norte de La Carballeda zamorana, pertenecen a los pueblos de Justel, Muelas de los Caballeros y Vega del Castillo y lindan con la comarca leonesa de La Cabrera. Lo que aquí se relata ocurría por los años cincuenta.

