lunes, 27 de marzo de 2006
Sin justicia no puede haber paz
Sin justicia no puede haber paz
El historiador Stanley G. Payne, en un artículo publicado hoy en El Mundo, nos ha recordado que el Presidente del Gobierno español, don José Luís Rodríguez Zapatero, no ha tenido nunca otro oficio productivo que no sea el de la política, de donde deduce que quizás el Presidente crea ingenuamente que todo el monte es orégano, o sea que, en este mundo traidor, todo consiste en una suerte de manipulación política en la que él es tremendamente habilidoso, tal vez mucho más habilidoso que los que le han precedido en el cargo, los cuales se acabaron estrellando sin remedio contra el frío muro de ETA, que es tan impasible como aquel viejo "ademán", hoy felizmente superado por esta democracia imperfecta de futuro más bien indefinido. Finalmente, piensa el prestigioso historiador que acaso Zapatero se haya forjado una opinión excesivamente elevada de su talento ¿No habrá querido decir de su talante? Lo cual sería un problema, y esto ya es un mendrugo de mi zurrón, porque tanto los talentos como los talantes, cuando se suben a la parra, tienen la costumbre de agriar mucho el vino. Ver Felipe González, ver José María Aznar. Y un vino agrio de parra vuelve a los hombres soberbios y a los gobernantes soberbios y tarumbas, sin que esto signifique que Zapatero lo sea. ¿Lo es, lo será, loewe?
La verdad, yo ignoro si esto es como dice el Sr Payne, pero, de serlo, correríamos el peligro de que toda opinión que no fuera la suya (la de Zapatero), resbalara sobre él como una gota de agua resbala sobre un cuerpo embadurnado de aceite, cosa que es fácil de comprobar en el verano, cuando las gotas se deslizan por la piel hacia la arena. O hacia el ombligo. Mal nos irían las cosas si, lejos de oír las opiniones de la sociedad, las de los representantes de sus estamentos y las de sus ciudadanos, se empeñara en seguir a machamartillo los dictados de su leal saber y entender y, desde esa plataforma personalizada, que en la antigüedad era privilegio de los dioses, se permitiera repartir entre unos pocos lo que manifiestamente no es suyo. Dicho de otra forma: a lo mejor el Presidente, desde un iluminismo trascendental, cae en la tentación de entregar a los verdugos lo que sin duda es patrimonio de sus víctimas: las directas, las indirectas y las circunstanciales; es decir, patrimonio de la sociedad, patrimonio de todos los españoles.
Me refiero a la justicia, por supuesto. Porque en contra de la ligereza verbal y del talante acomodaticio del Fiscal General del Estado, el Sr. Conde-Pumpido, y en contra también de los silencios y eufemismos del propio Presidente del Gobierno, que llama accidentes a lo que debiera llamar simplemente atentados, los que creemos en el Estado de Derecho como garantía de nuestra convivencia, pensamos que sin pasar por el camino de la justicia no se puede llegar a la meta de la paz. Y en esto, los atajos serían totalmente arbitrarios. De manera que es imprescindible hacer cumplir la justicia y, una vez que ésta se cumpla, es cuando debemos esforzarnos en ser también generosos. Yo no dudo de que las víctimas lo serían, y ahora me refiero a las de máximo grado. Lo han sido siempre, incluso en los duros momentos de soledad y de abandono ¿Cómo no van a serlo si se sienten arropadas y retribuidas por la justicia?
Mariano Estrada
El historiador Stanley G. Payne, en un artículo publicado hoy en El Mundo, nos ha recordado que el Presidente del Gobierno español, don José Luís Rodríguez Zapatero, no ha tenido nunca otro oficio productivo que no sea el de la política, de donde deduce que quizás el Presidente crea ingenuamente que todo el monte es orégano, o sea que, en este mundo traidor, todo consiste en una suerte de manipulación política en la que él es tremendamente habilidoso, tal vez mucho más habilidoso que los que le han precedido en el cargo, los cuales se acabaron estrellando sin remedio contra el frío muro de ETA, que es tan impasible como aquel viejo "ademán", hoy felizmente superado por esta democracia imperfecta de futuro más bien indefinido. Finalmente, piensa el prestigioso historiador que acaso Zapatero se haya forjado una opinión excesivamente elevada de su talento ¿No habrá querido decir de su talante? Lo cual sería un problema, y esto ya es un mendrugo de mi zurrón, porque tanto los talentos como los talantes, cuando se suben a la parra, tienen la costumbre de agriar mucho el vino. Ver Felipe González, ver José María Aznar. Y un vino agrio de parra vuelve a los hombres soberbios y a los gobernantes soberbios y tarumbas, sin que esto signifique que Zapatero lo sea. ¿Lo es, lo será, loewe?
La verdad, yo ignoro si esto es como dice el Sr Payne, pero, de serlo, correríamos el peligro de que toda opinión que no fuera la suya (la de Zapatero), resbalara sobre él como una gota de agua resbala sobre un cuerpo embadurnado de aceite, cosa que es fácil de comprobar en el verano, cuando las gotas se deslizan por la piel hacia la arena. O hacia el ombligo. Mal nos irían las cosas si, lejos de oír las opiniones de la sociedad, las de los representantes de sus estamentos y las de sus ciudadanos, se empeñara en seguir a machamartillo los dictados de su leal saber y entender y, desde esa plataforma personalizada, que en la antigüedad era privilegio de los dioses, se permitiera repartir entre unos pocos lo que manifiestamente no es suyo. Dicho de otra forma: a lo mejor el Presidente, desde un iluminismo trascendental, cae en la tentación de entregar a los verdugos lo que sin duda es patrimonio de sus víctimas: las directas, las indirectas y las circunstanciales; es decir, patrimonio de la sociedad, patrimonio de todos los españoles.
Me refiero a la justicia, por supuesto. Porque en contra de la ligereza verbal y del talante acomodaticio del Fiscal General del Estado, el Sr. Conde-Pumpido, y en contra también de los silencios y eufemismos del propio Presidente del Gobierno, que llama accidentes a lo que debiera llamar simplemente atentados, los que creemos en el Estado de Derecho como garantía de nuestra convivencia, pensamos que sin pasar por el camino de la justicia no se puede llegar a la meta de la paz. Y en esto, los atajos serían totalmente arbitrarios. De manera que es imprescindible hacer cumplir la justicia y, una vez que ésta se cumpla, es cuando debemos esforzarnos en ser también generosos. Yo no dudo de que las víctimas lo serían, y ahora me refiero a las de máximo grado. Lo han sido siempre, incluso en los duros momentos de soledad y de abandono ¿Cómo no van a serlo si se sienten arropadas y retribuidas por la justicia?
Mariano Estrada

