martes, 21 de marzo de 2006

Primavera

Primavera

Queridos amigos:

Ayer, a la hora en punto de la primavera, la sangre se me alteró de tal forma que ya no pude dormir... (En realidad, ayer me dieron una patada en el fútbol y tenía la sangre más bien encogida, pero bueno, hagamos de tripas corazón). Es cierto que la vida se enciende con la primavera, pero no ocurre de golpe y porrazo ¿O sí? A ver, son ya las 5 en punto de la tarde, acaba de entrar el toro de la primavera, tienes la obligación de estar encendido, chaval, como una bombilla roja, como un leño cogido de la fragua de Vulcano...

No sé, quizás la primavera puede surgir ocho horas antes o cuatro horas después, ¿no? En realidad, yo creo que la mayoría de las veces nos pilla un pelín despistados: “La primavera ha venido / dime tú como ha sido”.

Pues eso, dime tú cómo ha sido.

Un abrazo
Os dejo este canto de primavera al que, quizás por el empuje de la savia, no le puse fecha de caducidad.


PRIMAVERA


Un asiduo lector de esta columna y, por encima de ello, amigo, me sugiere la posibilidad de componer un canto de primavera. Bien sabe él que para mí, antes que un canto, la primavera es una ardiente necesidad, como tantas otras cosas que, de uno u otro modo, han formado parte de mi felicidad y mi infancia. Si algo se puede comparar a la belleza rotunda de esa primavera recordada -tan real sin embargo-, es la urgente blancura del almendro en este enclave de luz de La Marina, su belleza fugaz y procelosa, su asomo desbocado al infinito azul que, en una fimbria lejana, une al cielo y al mar...

Y esa flor profusa del recuerdo, que nadie ha destronado todavía y voy a oler en mayo, nuevamente, se sitúa en un rincón querido de La Carballeda (Zamora), comarca cuyo hecho diferencial, además de relincho de caballo, es aullido de lobo. Allí hay un viaje pendiente que, con tristeza resignada, quedó atrapado en mis sueños de hace un año y es inspirador de estas líneas, las cuáles, a sugerencia de parte -pero ciertamente con gusto-, ofrezco a mis amables lectores y, de una forma especial, a los que tienen contubernios con la lírica. Son éstas:

"En la rabiosa actualidad de mis cuarenta y nueve años cumplidos, uno de mis íntimos deseos, tal vez el mayor, es el de sumirme en el paisaje vigoroso de la niñez, que es de felicidad y de roble. Y no hablo en un sentido literario, que puede estar regido por la ficción y conllevar un afectado apasionamiento, sino en un sentido auténtico de realidad y de vida. Y más concretamente, desde este mayo lírico y azul -que el mar impregna de músicas-, no voy a evocar el invierno o el otoño, la desnudez y la calma, el dolor, el frío, la seroja..., porque hoy, a la distancia de un llanto contenido, mi pensamiento está lejos de la muerte, mi sangre es un río de inocencia, mi compromiso es la vida. Tampoco evoco el verano, que es amor maduro, favorecido y reciente...

En este ahora preciso -reflexivo instante de un tiempo insatisfecho-, necesito la erupción primaveral, con su explosión de júbilo y de yemas; la ternura del árbol y sus lenguas de candor y de virginidad; la abeja encaramada en sus montañas de libación, la miel, su olor premonitorio... Necesito las hierbas de los prados, sus aguas subyacentes, como mares de ensoñación; las faldas de los montes, que vierten arroyuelos de cristal y enternecimiento... Y la flor, la intensa plenitud de una belleza indescriptible, pero múltiple y generalizada, ante la cuál me reclino, largamente, con la humildad del que sabe que es depositario de un gozo".

Mariano Estrada

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