domingo, 12 de febrero de 2006
Democracia: uso y abuso
Queridos amigos:
Hace unos días, en una tertulia improvisada, en Alicante, en la que participaban entre otros un magistrado, dos escritores, un profesor, un sociólogo y un servidor de ustedes, salió a relucir la derivación que había tomado esta democracia representativa que nos dimos en la transición. Curiosamente, todos estábamos de acuerdo en que se había pervertido bastante. Los políticos no hacen lo que el electorado les encomienda, sino lo que le viene bien a sus intereses. Mienten más que hablan, utilizan descaradamente a los electores y, por supuesto, se ocultan al castigo de los mismos en las vergonzantes listas cerradas. Y digo yo: ¿no sería mejor que se implantaran las tontas abiertas?
Dejo aquí este artículo porque, en la tertulia referida, faltaba la opinión de un alcalde anterior a la democracia que, como veréis, tiene mucha enjundia.
Yo sigo preconizando el voto en blanco con representación parlamentaria. Creo firmemente que todos los políticos tenían que enfrentarse a unos escaños vacíos en los que vieran constantemente las orejas al lobo.
Señores políticos: yo ya estoy harto de vuestras mentiras. Tanto es así que, además del voto en blanco, reclamo una especial protección para los niños.
Un abrazo
DE LA DEMOCRACIA A LOS DERECHOS HISTÓRICOS
La palabra democracia posiblemente sea una de las más pronunciadas en la ya larga historia de la humanidad, al menos desde que los griegos la inventaron a esta parte, pero a mí me emociona mucho que siga pronunciándose tanto en nuestros días. Democracia, democracia, democracia... La pronuncian los dictadores, los millonarios, los curas, los demagogos, las personas normales, los políticos... Por pronunciar, la pronuncia incluso un alcalde de la época de Franco, a quien, en los albores de la Transición, ciertas cosas no acababan de entrarle en la cabeza:
- ¿Democracia? – se preguntaba- Aquí la única democracia que ha habido fue cuando yo estaba de Alcalde: se hacía exactamente lo que yo decía. Y no rechistaba ni Dios.
La palabra democracia sugiere conceptos tan hermosos como representación popular, mandato, elecciones, soberanía... Conceptos que nos dicen claramente que somos los votantes los que mandamos no ya sobre nosotros mismos, como corresponde a personas maduras y responsables, sino también sobre los políticos a los que votamos y nos representan. A mí me emociona mucho comprobar que los políticos están tan acostumbrados a obedecernos que ya ni se paran a mirar de dónde les viene el mandato. Haz esto. Sí, Buana. Y lo hacen. No hagas aquello. No, Buana. Y se convierten en estatuas de sal.
De ello se aprovechan los lobbys, que son unos animales de presa que están siempre al acecho de los movimientos del capital, y democracia para ellos quiere decir lo siguiente: vote usted a alguien que le represente para que yo pueda entenderme con él, de manera que salgan adelante y con ventaja nuestros mejores propósitos (business, en inglés).
Está claro que, a estas alturas de la película, la democracia es un sueño diluido, pero ¿dónde está al menos la partitocracia de la que tanto habló Trevijano? El dinero se ha alzado con el poder y no hay Bush and Kerry que se atreva a modificar sus designios en una sola tilde. Y lo que es peor aún, ya no habrá presidente en el mundo que, para serlo, no esté dispuesto a convertirse en un auténtico monigote de feria. Así que: o monigote o tirano. La cabeza y el rabo de esta civilización que nos envuelve y nos arrastra como un tsunami de fuerza universal y aniquiladora.
Posdata. Sería interesante que a algún rey mío de mis amores se le ocurriera reclamar, como herencia legítima, el derecho de pernada que le fue concedido a sus antepasados por un príncipe avaro a cambio de un puñado de tierra. ¿En razón de qué, dirán ustedes? En razón de sus derechos históricos. ¿Y eso qué tiene que ver con este artículo? Nada, pero es que pasaba por aquí el gran caballo de Atila...
Mariano Estrada
Hace unos días, en una tertulia improvisada, en Alicante, en la que participaban entre otros un magistrado, dos escritores, un profesor, un sociólogo y un servidor de ustedes, salió a relucir la derivación que había tomado esta democracia representativa que nos dimos en la transición. Curiosamente, todos estábamos de acuerdo en que se había pervertido bastante. Los políticos no hacen lo que el electorado les encomienda, sino lo que le viene bien a sus intereses. Mienten más que hablan, utilizan descaradamente a los electores y, por supuesto, se ocultan al castigo de los mismos en las vergonzantes listas cerradas. Y digo yo: ¿no sería mejor que se implantaran las tontas abiertas?
Dejo aquí este artículo porque, en la tertulia referida, faltaba la opinión de un alcalde anterior a la democracia que, como veréis, tiene mucha enjundia.
Yo sigo preconizando el voto en blanco con representación parlamentaria. Creo firmemente que todos los políticos tenían que enfrentarse a unos escaños vacíos en los que vieran constantemente las orejas al lobo.
Señores políticos: yo ya estoy harto de vuestras mentiras. Tanto es así que, además del voto en blanco, reclamo una especial protección para los niños.
Un abrazo
DE LA DEMOCRACIA A LOS DERECHOS HISTÓRICOS
La palabra democracia posiblemente sea una de las más pronunciadas en la ya larga historia de la humanidad, al menos desde que los griegos la inventaron a esta parte, pero a mí me emociona mucho que siga pronunciándose tanto en nuestros días. Democracia, democracia, democracia... La pronuncian los dictadores, los millonarios, los curas, los demagogos, las personas normales, los políticos... Por pronunciar, la pronuncia incluso un alcalde de la época de Franco, a quien, en los albores de la Transición, ciertas cosas no acababan de entrarle en la cabeza:
- ¿Democracia? – se preguntaba- Aquí la única democracia que ha habido fue cuando yo estaba de Alcalde: se hacía exactamente lo que yo decía. Y no rechistaba ni Dios.
La palabra democracia sugiere conceptos tan hermosos como representación popular, mandato, elecciones, soberanía... Conceptos que nos dicen claramente que somos los votantes los que mandamos no ya sobre nosotros mismos, como corresponde a personas maduras y responsables, sino también sobre los políticos a los que votamos y nos representan. A mí me emociona mucho comprobar que los políticos están tan acostumbrados a obedecernos que ya ni se paran a mirar de dónde les viene el mandato. Haz esto. Sí, Buana. Y lo hacen. No hagas aquello. No, Buana. Y se convierten en estatuas de sal.
De ello se aprovechan los lobbys, que son unos animales de presa que están siempre al acecho de los movimientos del capital, y democracia para ellos quiere decir lo siguiente: vote usted a alguien que le represente para que yo pueda entenderme con él, de manera que salgan adelante y con ventaja nuestros mejores propósitos (business, en inglés).
Está claro que, a estas alturas de la película, la democracia es un sueño diluido, pero ¿dónde está al menos la partitocracia de la que tanto habló Trevijano? El dinero se ha alzado con el poder y no hay Bush and Kerry que se atreva a modificar sus designios en una sola tilde. Y lo que es peor aún, ya no habrá presidente en el mundo que, para serlo, no esté dispuesto a convertirse en un auténtico monigote de feria. Así que: o monigote o tirano. La cabeza y el rabo de esta civilización que nos envuelve y nos arrastra como un tsunami de fuerza universal y aniquiladora.
Posdata. Sería interesante que a algún rey mío de mis amores se le ocurriera reclamar, como herencia legítima, el derecho de pernada que le fue concedido a sus antepasados por un príncipe avaro a cambio de un puñado de tierra. ¿En razón de qué, dirán ustedes? En razón de sus derechos históricos. ¿Y eso qué tiene que ver con este artículo? Nada, pero es que pasaba por aquí el gran caballo de Atila...
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Antonio Garcia Trevijano ya tiene Blog
La República Constitucional
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