Queridos amigos:
El problema que tenemos ahora mismo en la sociedad occidental, es que todas las cosas están tan desnaturalizadas y tan sacadas de sitio, que ya nada encaja en sus moldes originarios y justos. La cultura, por ejemplo, se mide por la cantidad de millones que un excéntrico imbécil o un malévolo traficante de armas ha pagado por un Picasso o por un Van Gogh. El fútbol es un negocio tan desorbitado que es obsceno hasta la náusea. La educación ya veis cómo está ¿Y qué diremos de la especulación? El artículo que dejo aquí es de 1988, cuando un apartamento en Benidorm valía sólo10 millones de cucas (unos 60.000 euros). Ya la hidra era grande, pero desde entonces no ha hecho otra cosa que extenderse a todas las capas de la sociedad. Qué pena, ¿no? Yo creo que no sólo estamos enfermos, sino que estamos realmente heridos de muerte.
Un abrazo
EL HUEVO URBANÍSTICO
O LAS CONFESIONES APÓCRIFAS DE UN RICO HEREDERO
Mis padres me educaron para ser prolongación de su admirable prosapia: un origen humilde, un espíritu recio, aunque sencillo, una vida tendente a la verdad, la austeridad, el amor, la buena convivencia... Ellos fueron felices de ese modo y, si no lo fueron siempre, al menos tuvieron la calma necesaria para pensar y corregir los errores. Epígono de tan sólida progenie, yo he sido siempre el dueño de mis actos; unos actos que, por otra parte, quedaban al abrigo de la más bella rutina... ¿Hay algo más hermoso que vivir para el amor, tenerlo por costumbre, ganarle esa batalla al egoísmo?.
Pero ha ocurrido una extraña contingencia, como veréis, que ha venido a turbarme en esta calma gozosa. Mis padres, además de la mentada educación, me dejaron una casa con todos sus enseres y unas gleras incultas que, de habérselas llevado un huracán, nadie hubiera echado nunca de menos. Y es ahí, precisamente, en esos áridos fundos o bancales, donde concurren al tiempo las más acaloradas fantasías, las más encendidas batallas, los más desorbitados negocios.
Pero vayamos por orden.
Parece ser que en años precedentes -ahora corre mayo de 1988-, la locomotora del gobierno municipal, con su mesnada de técnicos, puso en estas gándaras de mi heredada propiedad un huevo urbanístico altamente calificado. El tiempo lo incubó con la necesaria indolencia y ahora resulta que no sólo se reproduce sino que cubica en apartamentos a la velocidad de un metro de techo por metro cuatrado de ensimimación. Desde aquella fecha lejana, en que fue sembrado el germen sin mi exacto apercibimiento, soy potencialmente rico. Pero es ahora, en este mes de las flores y de María, cuando he sabido el alcance de mi escandalosa riqueza. A decir verdad, soy lo que vulgarmente entendemos por millonario. ¿Me seguís? Dejadme que me explique:
Treinta mil metros brutos de erial calificado, de los que son construíbles veinte mil, aproximadamente, por la más antigua cuenta de la vieja devienen en cuatrocientos y pico apartamentos sin que medie un arquitecto de Liliput. De los cuales, en números redondos, me corresponden doscientos a tenor de las peores ofertas y por esta cara bonita. Lo cual no es baladí, supongo, tratándose del fruto de un canchal que, mira tú por dónde, en los designios de Gea fue concebido estéril como las mulas. Ya veis, cuentas nada galanas que, traducidas a moneda corriente, levantan más pelusa que la vista espeluznante del lobo. Y es que doscientos apartamentos a diez millones de pesetas cada uno son dos mil millones de morbosa satisfacción, según las piernas con gafas del Un, dos, tres.
Todo esto es correcto. ¿Es correcto? Vamos, que todo esto es así, y nada tiene que ver con el linaje del milagro. El problema es que a mí me han extraído de las casillas con toda la educación que recibí de mis padres. Y aún hay más, pues lo curioso de esta historia es que, amén de ser real como la vida, a mí no me ha sido necesario proponer un precio; me ha bastado escuchar la farragosa algarabía de los pretendientes, el empuje irrefrenable de unas lenguas desaforadas para cuyo entretenimiento o espera yo no he tejido/destejido la noche ni la alfombra. Dicho de otro modo: los buitres han caído sobre mis hombros, me han desencajado los oídos y me han llevado al reino de la especulación por arte de birlibirloque. En el fondo, yo no sé si me he dejado querer; lo que puedo asegurar es que, al margen de mi actitud amorosa, algunos me han querido hasta el cuarenta y cinco por ciento.
Con ello me han llenado el bolsillo, ciertamente, pero no me han hecho feliz. Al contrario, me han metido una larva en el cacumen y ahora me salen las ideas penetradas de insatisfacción, que es un virus de vacío y omnipotencia.
Mariano Estrada
Del libro “Canción atribulada”