lunes, 07 de noviembre de 2005
Sobre la Reforma del Estatuto de Cataluña
Sabemos que actualmente todas las instituciones de Cataluña están impregnadas del nacionalismo imperante, que es avasallador, agresivo, excluyente, sordo y ciego.
En cuanto a las interpretaciones del Debate sobre la admisión a trámite de la Reforma del Estatuto, yo vi a un Carod-Rovira muy suave, es decir muy Pérez, como lavado con perlán. A Manuela de Madre, confundiendo la velocidad con el tocino. A Mas, un tanto gallito, tal vez un punto matón. A Zapatero, exactamente metido en sus zapatos, que son menos el camino de España, de cuyo nombre se enamoró de repente, que el de los ponentes de la Reforma, entre los que parecía uno más. Y Rajoy, efectivamente, defendió en solitario la idea de una España unida y de la vigente Constitución, la cual ofreció reformar en un acuerdo pactado para solucionar los problemas suscitados por el nacionalismo insistente. No estoy de acuerdo en que el tono fuera tranquilo, sino que yo percibí en él un tono chillón, incluso innecesariamente exaltado. Y lo dice alguien que en las discusiones verbales se calienta tanto como después lo deplora.
En fin, creo que los ponentes catalanes se propusieron pasar por el Congreso sin excesivos alborotos para no causar alarma en la población y rebajar en lo posible el malestar que en días anteriores se masticaba en la calle. Y creo que en parte lo consiguieron. En cuanto a Zapatero, con su tono sosegado y su voz aterciopelada (ésa que gusta tanto a las mujeres), consiguió holgadamente sus premeditados propósitos, que consistían en pasar el camello por el ojo de la aguja, además de golpear en la boca a uno de los máximos oponentes dentro de su propio partido: Alfonso Guerra, a quien citó para recordarle que él también decía en otro tiempo que España era una nación de naciones. Así que, en la práctica, Rajoy estuvo más brillante, en efecto, pero fue Zapatero quien consiguió llevarse el gato al agua, ese gato parlamentario del que Felipe González había dicho que no importaba el color, sino los ratones que cazara. Por cierto, Felipe González también ha salido perdedor indirecto, al menos por ahora.
Otro que pierde es José Bono, por ir picando en todas las flores, como mariposa volandera, para acabar aceptando su condición, que es de personaje relumbrón de muy segunda fila.
Yo creo que, al margen del término nación, del que luego hablaré y del que los expertos del Psoe dicen que es de un orden “teorético” para no borrar de un plumazo el escenario, la organización territorial de España podía ser perfectamente federal, siempre que el Estado garantizara la cohesión y la solidaridad interterritorial, cosa que se consigue mediante la recaudación de una parte de los impuestos y la distribución pertinente de los mismos. En fin, lo que se entiende por un Estado centrípeto. Por supuesto, la soberanía no puede ser compartida, puesto que entonces estaríamos hablando de un Estado Confederal o un Estado versión Ibarretxe, que es el de Libre Asociación. Los vascos siempre dando la nota. Y ahora , además, se sienten despechados, tal vez con razón.
Y volviendo al termino nación, yo creo honestamente que, desde el punto de vista cultural y, sobre todo, lingüístico, Cataluña es una nación. Otra cosa es lo que pueda decirse desde un punto de vista jurídico o político, por los que probablemente no pueda admitirse ese término.
Por último, estoy de acuerdo en que el Estatuto es farragoso, que intenta abarcar lo inabarcable, meter las narices en todo, incluso donde no debe, y controlar hasta la náusea las actividades de los ciudadanos. Es decir, promueve una libertad colectiva y cercena la libertad individual. Intenta incluso introducir determinados blindajes frente a los que, de conseguirlo, España (o el Estado Español) tendría las manos atadas.
Resumiendo: mucho pedrusco por pulir, mucha tela para cortar, mucho bacalao de la bahía para poner en la balanza de las negociaciones. Y al final, si se llega a un acuerdo, no dejará de ser un parche adosado a la Constitución y, por lo tanto, susceptible de despegarse en cualquier otro momento para reavivar el desasosiego, la desconfianza y las heridas. Mal comienzo es ése para poner a andar un Estatuto bajo el que puedan organizarse los catalanes y convivir armoniosamente con el resto de los españoles, tal como a uno le gustaría.
Mariano Estrada
En cuanto a las interpretaciones del Debate sobre la admisión a trámite de la Reforma del Estatuto, yo vi a un Carod-Rovira muy suave, es decir muy Pérez, como lavado con perlán. A Manuela de Madre, confundiendo la velocidad con el tocino. A Mas, un tanto gallito, tal vez un punto matón. A Zapatero, exactamente metido en sus zapatos, que son menos el camino de España, de cuyo nombre se enamoró de repente, que el de los ponentes de la Reforma, entre los que parecía uno más. Y Rajoy, efectivamente, defendió en solitario la idea de una España unida y de la vigente Constitución, la cual ofreció reformar en un acuerdo pactado para solucionar los problemas suscitados por el nacionalismo insistente. No estoy de acuerdo en que el tono fuera tranquilo, sino que yo percibí en él un tono chillón, incluso innecesariamente exaltado. Y lo dice alguien que en las discusiones verbales se calienta tanto como después lo deplora.
En fin, creo que los ponentes catalanes se propusieron pasar por el Congreso sin excesivos alborotos para no causar alarma en la población y rebajar en lo posible el malestar que en días anteriores se masticaba en la calle. Y creo que en parte lo consiguieron. En cuanto a Zapatero, con su tono sosegado y su voz aterciopelada (ésa que gusta tanto a las mujeres), consiguió holgadamente sus premeditados propósitos, que consistían en pasar el camello por el ojo de la aguja, además de golpear en la boca a uno de los máximos oponentes dentro de su propio partido: Alfonso Guerra, a quien citó para recordarle que él también decía en otro tiempo que España era una nación de naciones. Así que, en la práctica, Rajoy estuvo más brillante, en efecto, pero fue Zapatero quien consiguió llevarse el gato al agua, ese gato parlamentario del que Felipe González había dicho que no importaba el color, sino los ratones que cazara. Por cierto, Felipe González también ha salido perdedor indirecto, al menos por ahora.
Otro que pierde es José Bono, por ir picando en todas las flores, como mariposa volandera, para acabar aceptando su condición, que es de personaje relumbrón de muy segunda fila.
Yo creo que, al margen del término nación, del que luego hablaré y del que los expertos del Psoe dicen que es de un orden “teorético” para no borrar de un plumazo el escenario, la organización territorial de España podía ser perfectamente federal, siempre que el Estado garantizara la cohesión y la solidaridad interterritorial, cosa que se consigue mediante la recaudación de una parte de los impuestos y la distribución pertinente de los mismos. En fin, lo que se entiende por un Estado centrípeto. Por supuesto, la soberanía no puede ser compartida, puesto que entonces estaríamos hablando de un Estado Confederal o un Estado versión Ibarretxe, que es el de Libre Asociación. Los vascos siempre dando la nota. Y ahora , además, se sienten despechados, tal vez con razón.
Y volviendo al termino nación, yo creo honestamente que, desde el punto de vista cultural y, sobre todo, lingüístico, Cataluña es una nación. Otra cosa es lo que pueda decirse desde un punto de vista jurídico o político, por los que probablemente no pueda admitirse ese término.
Por último, estoy de acuerdo en que el Estatuto es farragoso, que intenta abarcar lo inabarcable, meter las narices en todo, incluso donde no debe, y controlar hasta la náusea las actividades de los ciudadanos. Es decir, promueve una libertad colectiva y cercena la libertad individual. Intenta incluso introducir determinados blindajes frente a los que, de conseguirlo, España (o el Estado Español) tendría las manos atadas.
Resumiendo: mucho pedrusco por pulir, mucha tela para cortar, mucho bacalao de la bahía para poner en la balanza de las negociaciones. Y al final, si se llega a un acuerdo, no dejará de ser un parche adosado a la Constitución y, por lo tanto, susceptible de despegarse en cualquier otro momento para reavivar el desasosiego, la desconfianza y las heridas. Mal comienzo es ése para poner a andar un Estatuto bajo el que puedan organizarse los catalanes y convivir armoniosamente con el resto de los españoles, tal como a uno le gustaría.
Mariano Estrada

